¿Puede haber gobierno de centroizquierda?

17 Jun 2017 | 0:02 h

Mi amigo Alberto Vergara ha declarado hace poco que lo más viable para el Perú sería un gobierno de centroderecha, y que un gobierno de centroizquierda no es verosímil porque, en su pronóstico, es imposible unir a la izquierda. Juntarla sí, pero unirla no, piensa Vergara.

Cabe recordar, al respecto, que nunca hemos elegido un gobierno de izquierda en el Perú (como sí ha ocurrido en varios países vecinos), pero sí ha habido entre nosotros varios ensayos de genuina centroizquierda. Para no referirnos al controvertido Velasco Alvarado, que no fue electo, tal fue el caso de la Alianza Acción Popular – Democracia Cristiana en 1963, cuyas seis reformas fueron boicoteadas desde el Congreso por la mayoría derechista que conformaban el APRA y la Unión Nacional Odriísta, Sus reformas, por cierto, significaban todo lo contrario de lo que la palabra reforma significa hoy día: eran medidas tales como la reforma agraria, la reforma del crédito, la reforma tributaria y la reforma de la educación; en suma, reformas destinadas a crear y a desprivatizar el Estado, no a privatizarlo.

El sentido común y los signos de los tiempos eran entonces todo lo contrario a lo que hoy día se pregona como “pensamiento único”.

El otro gran intento, más débil aún, de gobierno de centroizquierda fue el de José Luis Bustamante y Rivero, entre 1945 y 1948. También entonces los desmanes del APRA, de un lado, y la resistencia oligárquica de los militares, por otro, expresada en el golpe del general Odría, dieron al traste con este experimento democrático y popular.

Pero, sobre todo, hubo en el Perú un gran frente izquierdista que llegó a ser la izquierda electoral más voluminosa de América Latina. Me refiero por supuesto a la Izquierda Unida, un nombre que luego fue retomado en otros países, como España.

¿Qué hizo posible el surgimiento de Izquierda Unida y qué explica su desmoronamiento?

Ante todo, la pobreza y la desigualdad seculares habían tocado fondo en el “Perú profundo”. El sentido común era de centroizquierda. Había triunfado la Revolución Cubana. Frei ganó en Chile con la “Revolución en Libertad”. Los obispos peruanos hablaban oficialmente de construir sociedades socialistas con rostro humano. Había, además, partidos políticos verdaderos, que canalizaban entusiasmos y militancias juveniles. Y hubo un liderazgo singular, el de Alfonso Barrantes Lingán, que, a pesar de sus carencias, sabía hablar el lenguaje cotidiano de la gente (no la jerigonza de los sacerdotes del marxismo leninismo), transmitía humildad y modestia y, sobre todo, sabía concertar y dialogar con el otro. Tenía rivales y contrincantes, no enemigos. Por eso se ganó el respeto de tirios y troyanos.

La IU se terminó por numerosos motivos. Uno de ellos fue, sin duda, la incapacidad de sus dirigentes y voceros (incluso, entre los de orden secundario, como quien suscribe estas líneas). Pero, sobre todo, creo que la coexistencia entre IU y el terrorismo (que se proclamaba la “izquierda consecuente”, aunque no vacilaba en asesinar izquierdistas) hacía poco creíbles las credenciales democráticas de IU, entre cuyos miembros había quienes sostenían la combinación de formas de lucha entre lo electoral y lo subversivo, la famosa “trenza”.

No me atrevo a hacer ningún diagnóstico sobre el presente ni a aventurar hipótesis sobre el futuro. Pero tengo la fuerte impresión de que solo una izquierda que recoja estas cualidades y que mire hacia fuera de sí misma, buscando creativamente sumarse al centro, tendrá posibilidades de jugar un rol protagónico en los próximos años. A Vergara le parece imposible. Yo prefiero terminar tergiversando la frase final del Calígula de Camus: “Bastaría que lo imposible fuera”.

Tengo la fuerte impresión de que solo una fuerte izquierda que recoja estas cualidades y que mire hacia fuera de sí misma, tendrá posibilidades.

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