Franco Franco

27 Abr 2017 | 19:00 h

Vivimos en el Perú una época de cacería de la verdad. Un problema con esto es que hay también una intensa actividad paralela de difundir mentiras como si estas fueran verdades. Esto es parte de una crisis de la verdad, en la cual las mentiras se logran imponer en la conciencia del público en aspectos claves de la vida social y política.

El problema es antiguo. Ya el nazi Joseph Goebbels incitaba a sus correligionarios a mentir con insistencia, pues algo de ese contenido se impondría. Desde entonces el proceso de imponer la mentira sobre la verdad se ha sofisticado gracias al avance de las técnicas publicitarias y a la intensificación de las comunicaciones.

Un reciente artículo de Tim Hartford intenta explicar por qué hoy los hechos ciertos no bastan para ganar las discusiones. Es decir que la verdad ya no brilla con luz propia, e incluso tiene problemas para convencer a las personas. Los persuasores ocultos, señala el autor, lo logran en virtud de tres problemas que tienen los hechos ciertos.

Uno es que una falacia sencilla puede ser más convincente que un juego complejo de hechos ciertos, “simplemente porque es más facil de comprender y de recordar”. Otro es que las verdades pueden ser aburridas, mientras que el mundo está lleno de cosas entretenidas que distraen de los hechos.

El tercer problema es que a menudo la gente puede sentir que “la verdad es amenazante, y amenazar a la gente tiende a ser contraproducente”. Estas tres armas, sostiene, son perfectamente conocidas y hábilmente manipuladas por quienes entran a los debates con el propósito de imponerle mentiras a la gente.

Los ejemplos abundan. Hartford ha elegido la mentira según la cual los defensores del Brexit sostuvieron que la Gran Bretaña pagaba 350 millones de libras a la Unión Europea por semana. Muchos se compraron esa mentira, y no hubo manera de que las pruebas concretas de que eso era falso pudieran modificar la situación. La mentira ganó.

Así, en la era de las posverdades, los hechos ciertos necesitan defensores, y antes de eso necesitan voces públicas capaces de diferenciar los dos campos. Salir a buscar la verdad no basta. Si no abrimos bien los ojos, nos podemos encontrar con otra cosa.

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