El factor Kenji

25 Mar 2017 | 19:00 h

La jugada política más audaz de la semana ha estado, otra vez, a cargo de Kenji Fujimori. Una fotografía en el patio de honor de Palacio de Gobierno –montado como gigantesco centro de acopio, clasificación y despacho de ayuda a damnificados– al lado de Nancy Lange, Primera Dama del Perú, es un nuevo mensaje potente a su hermana Keiko. En la foto ambos sonríen sosteniendo un cartel que dice “Una sola fuerza”. No hay nadie detrás, las mesas ya lucen vacías y de lo que Kenji donó, no se hizo aspaviento. La esposa del Presidente, una mujer con olfato político, lo acogió con sonrisas y le agradeció la ayuda.

En la otra orilla, Keiko Fujimori tiene un serio problema de imagen. Las acusaciones de clientelismo político a costa de la desgracia no son pocas y la dejan mal parada frente a su hermano. Un video y audio donde ella dice, en febrero, “que si hubiesen sido gobierno” les llevaba más “cositas”, tiene una implicancia chantajista. La circulación de fotos de bienes repartidos con su nombre o el uso de donaciones acopiadas en el Congreso para ofrecerlas como propias caen fatal. No son noticias que estén en los medios tradicionales, pero se viralizan en redes llegando a millones de personas. Personas a las que esta conducta, de “mala hija, pero buena alumna” no les hace gracia alguna.

Kenji va al corazón del gobierno (en términos simbólicos Palacio lo es) y se une al mensaje de unidad nacional de “una sola fuerza”. Un peldaño más en la escalera de diferenciación con su hermana que lo hace más humano, más cercano y más noble que ella. Quien no entienda que hay una competencia política entre los dos no está entendiendo los retos con que Kenji, con cada vez más intensidad, desafía la autoridad de su hermana. Una reciente encuesta de IPSOS tiene como candidata natural del fujimorismo a Keiko Fujimori pero un nada despreciable 16% apuesta por Kenji. Si él postula, es probable que le parta la votación a su hermana. No llega él, pero le hace el suficiente daño a ella, tal vez para sacarla de una segunda vuelta.

¿Tiene Kenji una ambición personal por el poder político? Lo dudo. Lo único que quiere, la única razón por la que postuló al Congreso dos veces y alcanzó la más alta votación, es para cumplir el pacto de los hermanos Fujimori el 2006: sacar a su padre de prisión. Keiko ha roto, hace mucho tiempo, esa promesa; no por cálculo político, sino por una pelea con el padre que se remonta a la campaña del 2011. Ella no lo visita, ni se ocupa de sus necesidades personales. El que va a ver a su padre y se ocupa de su salud, ropa, medicinas y todas sus necesidades es Kenji. Con su padre estuvo el día que se negó a votar por su hermana, dolido por la traición de ella. Es a su padre al que quiere rescatar y esa demanda ha sido rechazada por su hermana una y otra vez. A una traición, solo puede corresponder otra.

Kenji es Alberto, para ira de su hermana. Es el brazo de su padre, es el candidato de los postergados albertistas, es el “chico bueno” versus “la hermana dictadora”. El último tuit de Kenji, defendiendo la investigación del Sodalicio, repite el apellido Figari, como si no solo se refiera al pederasta fundador de esa organización, sino también al brazo derecho de su hermana Pierre Figari que, con Ana Vega, son sindicados por la “vieja guardia” del fujimorismo como las influencias nefastas en la conducta de Keiko, además de la altamente inconveniente amistad íntima con el investigado por lavado de activos, Joaquín Ramírez.

Por ahora Kenji va a crecer por dentro de Fuerza Popular, sin que los desafíos, que se suman, se conviertan en una ruptura. Asesorado en la redacción de sus textos por Jorge Morelli parece estar siempre en el lado correcto de la historia, tratando de superar sus limitaciones académicas y verbales. Hay una bancada dentro de la bancada de Fuerza Popular que lo quiere, que lo siente mucho más cercano que la distante y altiva hermana y que está permanentemente tentada a adherirse a sus posiciones. En algún momento, ellos serán clave para sacar al padre de la cárcel.

Kenji me recuerda al emperador Claudio del Imperio Romano. Tartamudo, nadie daba ni medio por él, así que no había necesidad de acabar con él. Pero, así, en silencio y viendo cómo sus parientes se envenenaban entre ellos, logró, porque ya no había quién, hacerse del poder.

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