Agua, escasa y cara. Es, sin duda, el recurso natural más importante para la vida, pero también el más vulnerable, pues no solo depende de un delicado equilibrio sino que es el más afectado por el cambio climático, el aumento de la población y como consecuencia de la demanda, el crecimiento desmedido de las ciudades, las industrias, el transporte y un largo etcétera.

El Perú figura entre los 20 países privilegiados del mundo con mayor cantidad de fuentes de agua dulce. Aun así, el acceso al agua potable es uno de los principales indicadores de pobreza e inequidad social en nuestro país. Más de 8 millones de peruanos no cuentan con agua potable, a los pobres les cuesta más, pero la usan menos, más de medio millón de niños sufre de diarrea por consumir agua de mala calidad y, aunque la cobertura de acceso al agua es del 87%, varias ciudades solo cuentan con ella durante 9 horas al día, según datos del Banco Mundial.

La situación se agrava debido a la mala gestión del agua, la falta de capacidad institucional para acceder y aprovechar el recurso, la corrupción e intereses políticos que impiden soluciones como la búsqueda de nuevas fuentes de agua, obras de saneamiento y mantenimiento de las mismas, construcción de reservas e implementación de acciones claras y concretar contra el cambio climático provocado por la deforestación, la minería y tala ilegales. Además de la ausencia de prevención y seguridad hídrica que implique la atención adecuada de la población ante emergencias.

El agua es un lujo y en los últimos días quienes accedemos a ella sin mayor esfuerzo estamos sufriendo en carne propia lo que millones de personas padecen a diario. La alarma provocada por inundaciones y huaicos nos ha llevado a actos desesperados y egoístas como la compra compulsiva e innecesaria de agua en lugares que no fueron afectados por los desastres. Finalmente, el racionamiento de agua en casi toda la ciudad genera impaciencia y airados reclamos sin pensar que hay peruanos viviendo situaciones más críticas. Ojalá todo esto nos enseñe a apreciar lo que a diario desperdiciamos.

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