Testimonios de las noches de terror en Uchuraccay

Justicia esquiva. Más de 135 campesinos, mujeres y niños fueron asesinados por el terrorismo entre 1982 y 1984. Hubo también víctimas de operaciones militares y de las rondas. Tres décadas después, en el pueblo aún reinan el duelo y la impunidad.

20 Feb 2017 | 1:50 h

Les habían advertido. No se podía mezclar una papa podrida con otra sana. Los comuneros no hicieron caso. La venganza les llegó cerca de la medianoche. El falso anuncio de una asamblea los trasladó, uno a uno, hasta la plaza. Ya no podían escapar. Fueron encerrados por la fuerza en la antigua escuela de paredes de piedra. Allí, en medio de la zozobra, uno de los terroristas sacó un papel con una lista.

—¡Daniel Chocce Ayala!

—¡Presente!

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“Así lo sacaron a mi padre”. Abrigada con una manta roja y bajo un sombrero negro, Rinalda Chocce Ñaupa relata los últimos instantes en vida de su progenitor. Era el primero de la lista. Su delito fue haber sido autoridad del pueblo. Había firmado su sentencia el día en que fue al distrito de Santillana a pedir a los militares que instalen una base para defenderlos de los terroristas.

Sendero Luminoso tenía miles de ojos y oídos. Se enteraron de aquella gestión. Lo acusaron de ser yana uma. Hombre que ayuda a los cabeza negra. A los militares.

Daniel Chocce Ayala, desde el punto de vista de los delincuentes terroristas, era la papa podrida. “Por eso lo mataron –explica Rinalda–, por hablar con los militares. Lo mataron con bala. Hasta sus sesos brotaron”.

No era la primera noche de tragedia para esta mujer que por entonces tenía como cinco años. Meses atrás ya había perdido a su madre, Santona Ñaupa Ticlla. “La mataron con hacha, en la casa, pero como éramos tan pequeños, recordamos muy poco”, se justifica.

Las semanas siguientes al crimen de su padre, ocurrido la noche del 24 de diciembre de 1983, en la antigua plaza de Uchuraccay, Rinalda y sus pequeños hermanos se enfrentaron al absoluto abandono.

“Los terrucos mandaban aquí; la casa lo quemaron temprano –relata, en su idioma quechua–. Nos quedamos chiquitos, sin nada que comer. Había quedado un poco de habitas quemadas en el incendio, eso nos pusimos a buscar para comer. Nuestro perrito hacía lo mismo. Ya no teníamos a nadie, ni mis abuelos existían, nos quedamos solos en el mundo. Nos sentábamos en cualquier sitio y cuando llegaba la noche dormíamos en cualquier lugar, ya sea con lluvia o sin lluvia. No teníamos casa”.

Oscuridad prolongada

La masacre de los ocho periodistas, ocurrida un 26 de enero de 1983, había puesto al pueblo Uchuraccay en el centro de la atención internacional. Se creó una comisión presidida por el escritor Mario Vargas Llosa. Hubo investigación fiscal. Tres comuneros fueron a la cárcel. Luego de la tragedia, las cámaras de televisión regresaron a Lima. Los reflectores se apagaron. La oscuridad volvió a Uchuraccay.

En los meses siguientes los terroristas regresaron, siempre de noche. “Quemaron y mataron a la gente, de los dos lados, terroristas y militares. Hablando en realidad, las rondas también. Para Uchuraccay no había escape”, recuerda Justiniano Soto, hoy presidente de la comunidad.

Las campesinas víctimas

En la lucha contra el terrorismo, hubo campesinas líderes que también asumieron un rol heroico. Con un ramillete de claveles en mano, Emiliano Ramos Chávez ha regresado al lugar exacto donde los terroristas mataron a su madre, Téofila Chávez Soto, y a su abuela, Teodora Soto Ticlla. Ambas estaban en la lista, aquella noche del 24 de diciembre de 1983.

“Mi mamá era líder de todas las mujeres –reseña Emiliano–. Siempre organizaba. Como una presidenta de las mujeres era. Vamos a estar juntas y vamos a defender nuestra vida, vamos a luchar contra los senderistas, decía”.

Emiliano estima que tenía cuatro años. Con el tiempo, sus tíos le contaron que su madre había sido asesinada con cuchillo y con un disparo. Él solo guarda borrosos recuerdos de aquella noche. Recuerda que al día siguiente era navidad y a su casa rústica solo llegaron los cuerpos inertes de su madre y de su abuela.

La estrategia de los terroristas era incursionar de noche, en temporadas de fiestas religiosas. Antes habían ingresado a Uchuraccay en los días del Corpus Cristi y en la fiesta de la Virgen del Carmen, para asesinar a otros comuneros.

En la noche de vísperas de Navidad de 1983, los terroristas asesinaron a cinco varones y dos mujeres. Lo recuerda con mayor nitidez el comunero Paulino Figueroa, quien tenía 14 años. Su hermano Lorenzo Figueroa también estaba en la lista.

“Los terroristas entraron al pueblo y jalaron uno a uno”, relata Paulino, en quechua, mientras caminamos entre las paredes de piedra de la antigua escuela donde los comuneros habían sido encerrados. “Después de matarlos se fueron haciendo vivas”.

Fue a fines de 1982, cuando el terrorismo cobró la primera víctima en Uchuraccay. Alejandro Huamán, presidente de la comunidad, fue asesinado por oponerse a la escuela de adoctrinamiento.

Hasta 1984, al menos 135 personas fueron asesinadas en Uchuraccay, según una lista que, décadas después, los comuneros sobrevivientes entregaron a la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Ninguna investigación posterior hubo para el esclarecimiento de estos crímenes.

Han pasado tres décadas y media. Es jueves de feria Uchuraccay. Los comuneros sobrevivientes han implementado un Santuario Ecológico en memoria de sus víctimas, en la plaza antigua. Hay decenas de comuneros. Muchos niños. Las mujeres lucen sus trajes típicos. El color intenso de sus mantas y polleras guarda nítido contraste con el dolor de sus recuerdos y con la sombra de la eterna impunidad.

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