¿Y por casa cómo andamos?

11 Feb 2017 | 19:00 h

Las cifras son de espanto. De las que producen piel de gallina y erizan. Y lo más inquietante es que probablemente no sean los números auténticos, sino apenas estimados conservadores. Una vez más, hablamos solo de la punta de un iceberg. Bernard Barret, un investigador del sitio web Broken Rites (Ritos Rotos), que documenta el abuso dentro de la iglesia católica, dijo a The Guardian que los casos registrados son solo un indicativo de la cantidad real. “Son muchos más los abusadores. Estos datos muestran el número mínimo de responsables”, dijo.

¿A qué datos nos referimos? A los revelados el pasado lunes por parte de una comisión convocada por el Estado australiano sobre abusos sexuales a menores en dicho país, y que viene tomando, hasta el momento, cuatro años. La investigación comprende desde 1950 hasta el 2010. Sesenta años, es decir. Y abarca todos los casos de abuso institucional contra menores en Australia en todo tipo de organizaciones. Y acá el primer apunte que salta a la vista es que, el 60% de los abusos denunciados ocurrieron dentro de asociaciones religiosas. Más claro. Casi dos tercios de esos casos involucraron a representantes del mundo católico.

Lo descubierto por la denominada Real Comisión sobre Respuestas Institucionales para Abusos Sexuales a Niños es un escándalo mayúsculo por donde se le mire. 4,444 incidentes de pedofilia fueron señalados ante las autoridades eclesiásticas, y las denuncias nunca se investigaron. Simplemente, las ignoraron. En algunas diócesis, más del 15% de los curas estarían implicados. El 7% de los sacerdotes católicos australianos fueron acusados de pederastia. El 78% de los denunciantes fueron varones y un 22% mujeres. La edad media de las víctimas fue de 11,6 años en el caso de los niños y de 10,5 en el caso de las niñas. 1,880 personas fueron identificadas como presuntos perpetradores de abusos. De estos, 597, o el 32%, eran hermanos religiosos; 572, o un 30%, clérigos; 543, o un 29%, laicos; y 96, o un 5%, monjas. Del millar y pico de religiosos delatados, 93 han sido altos cargos de la iglesia. El informe final de la llamada Comisión Real recién se dará a conocer a fin de año.

Para que tengan una idea de la magnitud del escandaloso fenómeno en Australia, solamente en el colegio St. John of God Brothers más del 40% de los religiosos fueron imputados como depredadores sexuales. ¿Se imaginan?

El Consejo de Verdad, Justicia y Sanación, creado por la iglesia católica para responder a la escandalera de los abusos, a través de su jefe, Francis Sullivan, declaró: “Estos números son desconcertantes, son trágicos, son indefendibles”. Otro detalle que ha salpicado directamente al Vaticano es que, el cardenal George Pell, la máxima autoridad católica del país durante muchos de los años investigados, es hoy por hoy uno de los principales hombres de confianza del papa Francisco. Pell es el responsable de las finanzas vaticanas.

Ahora bien, hay un dato adicional que se menciona en este reporte preliminar, que es tan estremecedor como los anteriores. Y es que los abusos tardaron, en promedio, 33 años en ser denunciados. El patrón se repite. Como ocurrió con las víctimas del mexicano Marcial Maciel. Y con las víctimas del chileno Fernando Karadima. E igualito que con las víctimas del peruano Luis Fernando Figari.

Por eso, cuando corroboro que esa tardanza tiene que ver con el nivel de daño infligido en los abusados, y luego escucho a estos abogados miserables, que fungen de sicarios y de fantasmones de alquiler, revictimizando a las víctimas con preguntas idiotas, provoca desempolvar los nunchakus. “¡¿Pero cómo?! ¿Apenas abusaron de ti no fuiste corriendo donde tus padres a informarles? ¿Tampoco acudiste inmediatamente donde un médico legista para validar tu denuncia?”, preguntan los infelices.

Como si un niño o un adolescente estuviese capacitado para reaccionar racionalmente luego de una traumática seducción en la que su confianza es traicionada usando el espejo de dios y la religión como embuste y la carismática institución como fachada. Criaturas despreciables. Porque eso es lo que son. Abyectos granujas de cuello y corbata.

¿Es tan difícil de entender que muchas víctimas no se animan a denunciar sus casos por vergüenza? ¿Y que esos traumas toman años de años en digerirse y asimilarse? ¿Si acaso esto último es posible? ¿Es tan trabajoso de comprender? Pregunto.

Como sea. Ojalá, algún día, el Estado peruano responda como ha hecho Australia. Luego de todo lo que conocemos, podemos hacernos una vaga idea de lo que podría estar ocurriendo en estos momentos en tantas instituciones religiosas que funcionan a lo largo y ancho del Perú. En plan Figari, digamos.

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