Odebrecht: A la cárcel los corruptos

14 Ene 2017 | 19:00 h

Ser corrupto no debe ser nada fácil, no si quieres “hacerla bien” y asegurarte de que el brazo de la ley jamás te alcance. Tomemos como ejemplo a cierto personaje que aunque la ley no llegue a alcanzar aún –pese a sus múltiples fechorías– pasará a la historia como el segundo presidente más corrupto de la Historia del Perú (después de Alberto Fujimori, a quien nadie le quitará el indigno título de corromperse no solo él mismo, sino a todas y cada una de las instituciones que hacen que funcione un país en democracia).

¿Cómo se puede ser absolutamente corrupto y escapar una y otra vez de la justicia? Requiere un arduo trabajo de alcantarillado. Tejer corruptas redes de poder es de importancia de primer orden. Luego tendrá que mantenerlas. Eso requiere de una disciplina y constancia de obrero. El corrupto también suda. La interacción permanente con los sostenes de su red es su seguro de vida e impunidad. Hay mucho trabajo de alianzas personales y afianzamiento que se logra ofreciendo y negociando, canjeando. Hay que hacer un trabajo muy tedioso, pero muy eficaz, de infiltrar la corrupción en instituciones claves de la ley y el orden político: Poder Judicial, Fiscalía, Congreso (con su propia bancada o la ajena tan afín a lo corrupto como la propia). Tener un partido es fundamental. Es el soporte primero y último de cualquier amago de desgracia política o judicial. Siempre habrá un pobre diablo dispuesto a hacer de fusible por el partido, por chantaje y temor o por un poco de dinero y poder. Siempre hay secretarios prestos a mentir por el jefe, congresistas a la orden para bloquear comisiones de investigación o transar favores a cambio de enjuagues recíprocos futuros. Y por último, como la plata corrupta se ofrece solita, siempre hay suficiente en alguna cuenta testaferra para huir de la justicia hasta que prescriban los delitos. Y volver gracias a un favor devuelto por el señor tenebroso del SIN. Luego se puede acumular nuevamente poder activo ganando una elección por ser el menos cancerígeno de los cánceres. Y así, seguir lubricando las cuentas con faenones, billetes que bailan y cristos que le rezan a Odebrecht.

¿Y qué pasa si no tienes toda esa red ardorosa, fecunda y trabajosamente elaborada y mantenida? Pasa Toledo. Te llega tu hora rapidito. Sin escudos, sin aliados, sin canjes posibles. Si coimeaste o fuiste coimeado, la merecida guillotina cae veloz. Una pérdida que quien alguna vez representó una nueva forma de hacer política, un quiebre de cara a lo más corrupto del oncenio fujimorista, pueda terminar cayendo en el mismo círculo corrupto de Dante. Allí, mezclado con aquellos contra quienes batalló. Una pérdida para el símbolo que fue. Ese Toledo aguerrido y justiciero por siempre quedará avergonzado del Toledo engolado de poder, arropado por Maiman y corrompido por millones de dólares inexplicados legalmente.

Y aunque jode que otros ególatras con sólidas carreras en la política de la corrupción vayan pasando piola, al momento de juzgar a ambos, caben los mismos adjetivos: ladrones. Ladrones, sinvergüenzas, coimeros, rastreros traidores del pueblo peruano. Les llegó su hora. Se acabó el show de la buena vida a costa del delito y de traicionar no solo al pueblo, sino de ensuciar la democracia y sus valores.

Toledo será quizás el primero, pero queremos ver a todos y cada uno de estos deleznables ladrones de saco y corbata perderlo todo públicamente: perder su libertad, su dinero mal habido, su reputación, su nombre y su dignidad. Y digo públicamente porque en lo privado lo perdieron cuando se corrompieron. Perdieron humanidad al traicionar valores de la vida común y la confianza que los ciudadanos les otorgan para que dirijan un cuerpo tan importante como un país.

Pero que no se sienta triunfante aún el que se balancea en sus redes históricas y las coyunturales. Porque también hay los de las redes, el poder, los favores, los temores, los chantajes, el desfalco, el abuso y el intento de inmortalidad que terminan pudriéndose en una cárcel. Porque en algún momento la ecuación falla, en alguna porción de la vasta red, un nodo se quiebra, se rebela o peca de excesiva confianza. Ni en sus más salvajes sueños imaginó Fujimori, el cínico y corrupto, que su imperio con el tenebroso operador de sus oscuros deseos se derrumbaría poniéndolos tras las rejas. Y es que para beneficio del país, cuando eres sucio y corrupto, algo siempre impensado, algo jamás calculado, sucederá. Como le pasó a Fujimori, Montesinos y su otrora poderosa cúpula, que se creyeron invencibles, inmunes a la justicia, inmortales en su poder. Como les está pasando a los presuntos implicados: Toledo, García, Humala, Kouri, Villarán y Castañeda, y los que tengan que ser procesados y condenados. Aunque eso deje en cenizas nuestro tejido político, adelante. Porque es un tejido corrompido, putrefacto y repudiable. Que paguen todos los que tengan que pagar. Sin piedad ni conmiseración, que se pudran los corruptos.

Te puede interesar