El poder informal (de Odebrecht)

14 Ene 2017 | 19:00 h

Vendrá más antipolítica. Si se quería más confianza en el sistema político y en la democracia, el caso Odebrecht hace la misión –casi– imposible. En nuestro país de tantas distancias y abismos entre el “Perú Oficial” y el “Perú real” (social e informal), se demostrará con hechos reales, montos, nombres y obras, los vasos comunicantes entre el poder y la gran empresa privada.

La teoría de las democracias acechadas por los “poderes fácticos” vuelve con esplendor. Ningún libro de sociología clásica podía haber demostrado mejor cómo la economía todopoderosa adquiere a una política devaluada, con partidos que ya no son partidos reales, sin programas transformadores, con pragmatismo arriba y abajo, sin conceptos y creatividades movilizadoras. Política con antipolítica, pero el Perú no está solo. El país en el que actuaba Odebrecht adquiría preferencias del Estado y la política: presidentes y sus hijos, ministros y viceministros, gobernadores y alcaldes, funcionarios y tecnócracias, familias honorables sin honor. Un “mercantilismo latinoamericano” del Siglo XX al XXI en su más descorazonada expresión.

Con las culpas y responsabilidades políticas y penales señaladas, vendrán sucesivas y plurales cancelaciones. En lo penal las responsabilidades son individuales, pero los costos políticos serán colectivos. No serán creíbles partidos o políticos (nuevos o no) que tengan cercanía con los pecados de Odebrecht y otros; así “no supiera” realmente lo que pasaba a su lado o debajo de él. Los deslindes deberán ser reales y parecerlos; sino para la gente “todos serán lo mismo”. Los grandes empresarios incrementarán aquella desconfianza que la población les tiene (ver encuestas de ProEtica); los políticos acrecentarán exponencialmente ilegitimidad y rechazo. Al parecer desde los años 80 esta empresa ya sobornaba y su ejecución por 16 mil millones de dólares en el Perú, solo desde 1998, hacían a Odebrecht casi virreinal; era la “amiga progresista” de viejas o nuevas izquierdas, centros, derechas e independientes.

En una sociedad radicalmente informal, desde arriba Odebrecht era un gran poder informal, apuntalando decisiones claves. Pero no es el único caso, hay más. El poder es menos institucional, más informal (arriba y abajo), con estados débiles pero con más recursos, con poderes descentralizados sin contralorías eficazmente desconcentradas, con líderes locales sin contrapeso, con más votantes pero menos ciudadanía, con antipolítica radicalizada, con la compra de voluntades y saberes de políticos, tecnócratas y funcionarios. Todo ello, hasta que alguien corte esta gangrena, caiga quien caiga, expulsando a los mercaderes del templo de la buena política.

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