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Martes 12 Enero, 2010
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El goce de sentirse superior (o inferior)

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Por Jorge Bruce

En el curvado universo de Internet, cada día más poblado de blogs, trolls, Twitter, Facebook y tutti quanti, hay una peculiar publicación que llega regularmente por una vía que a estas alturas ya parece arcaica: el correo electrónico. Se trata de las Reflexiones Peruanas, que Wilfredo Ardito envía con tenacidad y persistencia a un conjunto de personas entre las que me encuentro. La mayoría de estos textos giran en torno a las variantes de la discriminación en nuestro país. Pero su especialidad, por así decirlo, es el racismo que, cual virus mutante, continúa infectando nuestra convivencia.

¿Qué es, me preguntaba, lo que le proporciona a estas reflexiones esa calidad reveladora a la vez que accesible, incluso amable, pese a la dureza de sus contenidos? ¿Por qué tenemos a menudo la experiencia de un descubrimiento que, aunque en ocasiones nos indigne, con frecuencia nos produce más bien una sensación de comprensión de un fenómeno tan degradante como la discriminación, acompañado por una inesperada esperanza?

Estas reflexiones son el fruto del activismo, y no tan solo de la actividad intelectual solitaria. Detrás de cada una de estas viñetas pensadas hay una combi, un camino, una municipalidad distrital, un taxista, una transeúnte, un amigo peruano o extranjero, personas, lugares y situaciones que los andares de Ardito lo han llevado a encontrar.

Pero hay algo más, no menos importante que este compromiso y esta actividad incansable de una persona consecuente, empeñada en lograr el ansiado cambio en pos de una sociedad menos discriminadora, más justa y democrática. Ese algo es una empatía infalible. Una capacidad sorprendente de ponerse en el lugar del otro. Lo más interesante es que esa capacidad no se restringe a lo que uno podría imaginar, a saber la empatía con los discriminados y desempoderados, con la visión de los vencidos. Lo que hace de esta lectura una experiencia tan reconfortante como aleccionadora es que el autor ejerce su empatía hasta con los malos de la película.

Esto es lo que le permite presentar las situaciones tan variadas que nos relata –porque estas RP se leen también como relatos– con un oído compasivo, siempre del lado de la justicia y la verdad. Esa empatía es la que lo lleva a situarse y entender desde adentro fenómenos tan desconcertantes como la identificación con el agresor. Por ejemplo en los casos de esos agentes de seguridad que se identifican con la ideología segregacionista de sus patrones. O en la extendida autodiscriminación (acaso la resistencia más seria al cambio).

Esto va acompañado de una actitud introspectiva y autocrítica, colocando a menudo bajo su lupa ciertos comportamientos discriminatorios de ONGs. Me complace que recurra a conceptos psicoanalíticos como el narcisismo de las pequeñas diferencias o la alucinación negativa. Ver las teorías de mi profesión aplicadas fuera del ámbito del consultorio, al servicio de una causa justa, me anima aún más a recomendar la lectura de estas Reflexiones Peruanas que ahora están fuera de la pantalla –y leer en libro es a la computadora como el cine a la tv– al alcance de todos.

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