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Viernes, 2 de Febrero de 2018 | 6:6:00 am

Gonzalo Changana: “Dejé mi trabajo en Aduanas para ser barbero"

Se dice que nuestra historia está escrita, pero lo que no se dice es que depende de cada uno poder cambiarla y reescribir el futuro. Gonzalo Changana tenía un cómodo y prometedor empleo en una empresa aduanera, pero su pasión por cortar el cabello –que nació como un hobby– lo terminó llevando al mundo de la barbería.

¿Fue muy complicado dejar tu trabajo estable por la barbería?

No te imaginas cuánto. Pero estaba en mis 30 y dije es ahora o nunca. Por suerte tengo una mujer estupenda al lado, muy profesional. Así que tuve un pilar donde apoyarme. Tenía un hijo, ya no podía salir al mundo laboral a jugar.

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¿Te iba bien en la empresa aduanera?

Sí, estuve 11 años, escalé profesionalmente. La verdad, los últimos tres años y medio ya estaba como jefe de área, me iba muy bien, no me podía quejar y tenía aún miras para seguir creciendo.

¿Y tu familia cómo asimiló ese cambio radical en tu vida?

Muy bien, ellos sabían del ímpetu que yo tenía con cortar el cabello y las ganas se notaban. Mis acciones delataban mi pasión. Todos me apoyaron, nunca tuve un “pero” ni nada similar.

¿Cómo descubriste el talento que tienes para cortar el cabello?

Bueno, así como jugando se dio esto de la barbería.

Cuéntame…

Hace un par de años me rompí el tobillo montando skate y, en casa, descansando luego de la operación, llegó mi sobrino trasquilado. Yo tenía una máquina con la que me rasuraba la barba y con esa máquina lo agarré y le dije: ‘ven, voy a tratar de arreglar lo que te han hecho’.

¿Cuál fue el resultado?

La verdad hice un zafarrancho, no sé si le habré cortado bien (risas). Le terminé de cortar y dije: ‘sabes qué, ven la próxima vez, yo te cortó de nuevo’.

¿Ahí empezaste a interesarte más sobre el tema?

Empecé a ver videos, me puse a leer y me capacité. Luego me compré una tijera, una capa, una máquina. Todo poco a poco. Y mi sobrino iba viniendo. Siempre venía. Yo quería que le creciera rápido el pelo para seguir practicando (risas).

¿Cuándo lo viste como una idea de negocio?

Cuando la gente (familiares y amigos) regresaban para que le volviera a cortar el pelo. Dije ‘tengo algo en las manos, algo estoy haciendo bien’. Ya me pagaban en ese tiempo, algo módico, pero yo no lo hacía por algo económico, era mi hobby.

Y lo hiciste.

Entonces hablé con mi mujer, me dio luz verde y dije: ‘hay que hacerlo’. Y listo. Pateé el escritorio en mi trabajo, literalmente, agradecí por los 11 años y me fui. Salí a hacer lo mío’.

¿Crees que muchos no corren ese riesgo?

Definitivamente. Creo que a todos los emprendedores nos llega un límite. Esa es la línea en la que muchos emprendedores se quedan. Hay gente con agallas que pasa esa línea, y los que se quedan son maravillas frustradas.