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Miercoles, 17 de Enero de 2018 | 6:6:05 am

El baño del papa

Hablar de Francisco se ha convertido en tema de discusión hasta la saciedad en vísperas de su llegada. Coros de los colegios, iglesias, barrios e incluso familias se preparan a entonar los cánticos más sublimes cuyas voces pretenden elevarse al unísono con las ansias que se eleven también sus almas.

Un sector mayoritario de ciudadanos aprovecha la oportunidad para generar toda una maquinaria de venta a su arribo: comestibles, muñecos (y de quemar), folletines, bufandas, banderolas, sortijas, collares, pulseras, escapularios, preservativos, tomatodos, lapiceros, tazas y hasta mensajes bamba nunca escritos por Francisco impresos en tarjetas que dan a parar a la billetera.

Francisco es el tema del momento y está bien. Para quienes saben de él y para quienes no. Para quienes esperamos una condena contundente al Sodalicio, y que estamos dentro del 76% que quiere que el Sumo Pontífice pida perdón por las denuncias de abusos sexuales; y para quienes su estancia en nuestro país no resulta de mayor interés.

Como leemos, se genera todo un movimiento en torno a él y, sin embargo, ¿estamos dispuestos a escucharlo? ¿Qué significa, realmente, que el papa Francisco esté en Perú?

Durante el 2007 saltó a las salas de cine en Uruguay la película El baño del Papa (ver https://goo.gl/eQgaN8), escrita y dirigida por César Charlone y Enrique Fernández, en la que Beto, un bagayero (vendedor de mercadería brasileña de contrabando en Uruguay), en su búsqueda de dinero, se le ocurre hacer un baño público para los visitantes que se preparan a recibir a Juan Pablo II a la pequeña ciudad de Melo.

Y pese al fervor, los ciudadanos se quedan con exceso de mercadería y no logran rentabilizar su inversión: la fiesta de fe se convierte en una danza de deudas y desilusión, muestra que no conectaron con su parte más espiritual sino con su lado más terreno e impuro. Que no sea esta fantasía nuestra realidad.