Lula favorito, ¿cómo así?

Mirko Lauer

Mientras los motores de Lava Jato siguen rugiendo en el Brasil, Inácio Lula da Silva continúa de lejos como favorito para la elección presidencial del 2018. Parte de esto se atribuye al recuerdo de los buenos tiempos económicos, parte a la caída en la aprobación del actual gobierno, parte a una visión mayoritaria de Lava Jato como positivo, pero sesgado.

Una encuesta de MDA y la Confederación Nacional del Transporte muestra tres escenarios posibles para esa elección. En uno figura el actual presidente Michael Temer como candidato, cayendo de 5.4% de intención de voto en junio pasado a 3.7% en este mes. Allí Lula sube de 22% a 30.5% en el mismo periodo, y es el único cuyo porcentaje sube.

El segundo escenario es sin Temer, y allí Lula salta de 27.6% en octubre pasado a 32.8% este mes. El tercer escenario es una encuesta de hace unos días donde sin Temer ni Aécio Neves, pero con Geraldo Alckmin, todos de la derecha, Lula está en 31.8%. Es decir, la derecha que organizó Lava Jato anda por las patas de los caballos.

El problema de esa derecha no es solo Lula. El segundo lugar en intención de voto ahora es consistentemente ocupado por Marina Silva, quien entró tercera en la elección del 2014. La encuesta de tres escenarios busca descubrir si hay algún candidato de derecha sustantivamente mejor que los demás, pero todos funcionan básicamente igual en estos tiempos.

Una conclusión que se puede sacar de todo esto es que Lava Jato se ha vuelto un enredo demasiado complicado como para que la población le atribuya un signo político definido. Algo fácil de entender en el Perú, donde desprestigio corruptivo e impopularidad electoral rara vez han ido de la mano. Menos aun cuando el desprestigio toca virtualmente a todos.

Es cierto que Lula tiene varias acusaciones. Pero Aécio Neves, el favorito de la derecha, tiene otras tantas. Parecida es la situación de Geraldo Alckmin. No da la impresión de que los jueces que, algunos con la mejor voluntad, desataron la crisis política van a poder remediarla. Tampoco un triunfo electoral de Lula parece la solución al problema de fondo.

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