La necesidad del asco

Cuando uno siente que algo es asqueroso no medita en ello: simplemente lo percibe. La repugnancia que nos produce una cosa o acción es visceral, por eso se cree que esa sensación de asquerosidad es natural. Falso: depende absolutamente de la sociedad donde nos hemos educado. El asco es cultural. Para percibir “el asco” de una situación pasamos primero por un proceso de relaciones mentales que nos remiten a situaciones anteriores. El asco es una de las sensaciones más privadas y analizarlo implica acercarse a lo más interior del ser humano y transgredir los límites. Para el gran filósofo austriaco Andrei Kolnai, “El asco es, precisamente, ‘reacción de defensa’ en un sentido estricto y completamente diferente”. ¿No tenemos acaso que educarnos en sentir asco a la corrupción?

“Necesitamos un cambio radical” ha dicho el presidente Kuczynski en su mensaje a la nación del domingo por la noche. Nunca más de acuerdo con esta propuesta. Sí, por eso mismo, la educación peruana debe incorporar una estrategia para rechazar la corrupción de manera visceral, para tenerle asco: debemos tener asco a las transacciones bajo la mesa; tener asco de las adendas antipatriotas; tener asco a las triquiñuelas de los políticos por ocultar sus dineros mal habidos; tener asco del funcionario público que solicita, como coerción, “arreglar” cualquier problema; asco por las autoridades regionales que se olvidan de sus votantes, pobres entre los pobres, y se afanan en sus casas con piscina. Asco, profundo asco moral, contra todo aquello que deteriore los valores que elevan la vida humana sobre la biológica pura: la solidaridad, la búsqueda del bien común, la justicia y la convicción.

Pero Kolnai es más radical incluso: “La conciencia de la humanidad considera “sucio” y, por tanto, asqueroso, que la multiformidad de los valores vitales y, sobre todo, el grupo de los valores más altos se equipare al valor del dinero y, por así decirlo, sea traducida a dinero […]. Pero con esto no queda especialmente caracterizada la “suciedad” del hecho. Dicha suciedad se fundamenta más bien en la aptitud especial del interés económico para socavar estos valores y ponerse en su lugar”. Cuando el dinero y una equívoca definición de desarrollo se imponen sobre la importancia de la vida humana, el medio ambiente y la necesidad de justicia, todo se vuelve podredumbre. De lo pútrido afloran los miasmas y la reacción ante la corrupción no puede ser de tolerancia, ni de indiferencia. Todo corrupto que no llega aún al nivel de cínico se miente a sí mismo y supone que existe un motivo que justifique su proceder. Eso es lo que debemos de evitar y, al contrario, señalar al corrupto no como un hijo imperfecto de la democracia, sino como un hijo predilecto del sistema que ha permitido esa altísima tolerancia a la corrupción.

A los peruanos nos duele lo que nos golpea directamente: el peaje que cobra cinco soles lo sentimos en el bolsillo; pero el ladrón de cuello blanco, al que despreciamos, y probablemente nos roba doscientos soles diarios, lo sentimos alejado. Pensamos que si le roba al Estado, ese Estado débil que no nos ofrece ni salud, ni educación ni seguridad, es como una venganza personal contra el mismo Estado. Error: el corrupto nos roba a todos. Y no solo dinero. Nos roba esperanza y decencia.

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