Aprendizaje doloroso

Aún no se descubre el paradero de Alejandro Toledo

Aún no se descubre el paradero de Alejandro Toledo.

@rmapalacios

El viernes pasado entrevistaba en vivo a Marisa Glave en Radio Santa Rosa. Mientras ella recordaba el riesgo de vida marchando en las calles y su compromiso universitario por recobrar la democracia en el año 2000, me dijo con dureza que la conclusión del escándalo de corrupción de hoy era esta: “la transición fracasó”. Lo que vino después nadie lo esperaba en la cabina de radio.

PUEDES VER: Elecciones en Ecuador.

La congresista se echó a llorar. Sus lágrimas, haciendo ella el esfuerzo por reprimirlas, eran auténticas y contagiosas. ¿Frustración, rabia, pena, profunda desilusión? Todo eso y un poco más. Las palabras no podían salir ya. Por un instante, que me impactó mucho – y supongo que a los oyentes también– solo fueron lágrimas.

Sin quererlo, ella se convirtió ante la audiencia en ese espejo de un pueblo que está removido por los mismos sentimientos. ¿Cómo podemos vivir en un país corrupto lleno de presidentes coimeros que traicionan al pueblo de esta forma? ¿Tenemos la culpa por haberlos elegido? ¿Ha fracasado la democracia? ¿La culpa la tiene la economía y el libre mercado? La indignación es un sentimiento necesario para rechazar lo que consideramos no digno, no íntegro. Pero si se queda solo ahí se puede convertir en una emoción destructiva. El reto hoy es que esta vez –tenemos una nueva oportunidad– esta indignación construya un mejor país. En eso fracasó la transición, no por el pueblo, sino por sus autoridades electas.

Los castigos deben darse dentro de las formas que la democracia exige. Aquí no hay persecución política. Un presidente que obtiene 20 millones de dólares en coimas (de una sola empresa, falta ver las otras) merece larga prisión y repudio popular. Toledo debe pagar por haber traicionado todo lo que construyó para generar esa narrativa libertaria y republicana que consolidó su triunfo electoral. Traicionó a los miles que lo siguieron y a los cientos que, de buena fe, fueron honrados funcionarios públicos en su gobierno.

Debe ser juzgado con debido proceso, por supuesto. Con todas las garantías procesales, pero con severidad y celeridad.

Si fuera un poco menos tonto vendría voluntariamente a confesar y a acogerse a la terminación anticipada del proceso para rebajar sus penas. Pero no creo que lo haga. La tonelada de pruebas lo liquidará en cualquiera de los dos procesos que tiene abiertos, pero antes intentará huir de la justicia. Sabe que va a perder todo su patrimonio, el incautado y el que no lo está, para cubrir la reparación civil. La solicitud de embargo preventivo ya debería estarla presentando la Procuraduría. Y el dinero mal habido ubicado en Costa Rica jamás llegará a sus manos. Solo, en fuga y sin dinero, finalmente se entregará o lo capturarán.

Toledo es el primer caso grande –la banda del MTC es la pista para ir hacia arriba en el gobierno aprista, pero ninguno canta aún y Barata no parece todavía dispuesto a contar lo que sabe de García, lo cual compromete su delación porque esta debe ser completa– pero vendrán otros: presidentes, ministros, gobernadores regionales, alcaldes provinciales, empresarios. Barata repartió mucho dinero por donde estén las obras de Odebrecht y aún tiene mucho que contar. Pero no es el único corruptor. No olvidemos que Camargo Correa también depositó a Toledo.

¿Qué hacer como país frente a este asco? Primero, reconocer que es en democracia donde se puede juzgar a los corruptos. Esto sería imposible en un gobierno dictatorial o autoritario. Preservar la democracia republicana es un reto que debemos asumir. Lo segundo, cambiar normas que el país pide a gritos desde hace más de una década. Primero, la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción. Segundo, meterse a fondo en el financiamiento de partidos políticos.

El caso de Humala –que según fuentes brasileñas recibió tres millones de dólares de Odebrecht para su campaña– no puede ser judicializado porque en el Perú no hay delito. No me canso de explicarlo porque no es con 100 reportajes y 100 portadas –e insultándome por explicar la ley– que vas a poder iniciar un juicio. Se necesita una modificación al Código Penal y esta no es retroactiva. Pero tiene que hacerse para que el futuro sea distinto al presente.

Hay varias iniciativas puestas sobre la mesa por la Comisión Presidencial de Integridad nombrada por el Presidente Kuczynski, pero no se ve aún al líder que asuma el pleito y la confrontación con todos los partidos para cambiar el marco legal que permitió todo esto. He ahí una oportunidad que, otra vez, pierde este Gobierno.

Corruptos siempre habrá, porque el mal y el bien conviven en la sociedad. Corruptos de todas las ideologías, partidos, tendencias. El reto es quitar todos los incentivos al corruptor y al corrupto con mayor vigilancia (transparencia) y mayores castigos, en un marco legal coherente con este reto. Esto los reduce y los margina como sucede en sociedades civilizadas. Que sirva este duro aprendizaje para llegar a esa sociedad en la que deseamos vivir sin asco y sin lágrimas.

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