La corrupción: cuando el pasado nos alcance

Si bien es cierto que lo de Alejandro Toledo y sus vinculaciones corruptas con la empresa brasileña Odebrecht se veía venir, no por ello deja de tener un contenido simbólico que va más allá de su condición de expresidente y la indignación que ello provoca.

El liderazgo de Toledo fue una pieza clave en el derrumbe del régimen autoritario de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Pasó de tener un discurso conciliador con el fujimorismo a encabezar la oposición que se fue tejiendo al final de los años noventa. En los comicios del año 2000 logró en la primera vuelta más del 40% de los votos y más tarde encabezó la marcha de los Cuatro Suyos, lo cual ratificó su rol protagónico. Se podría decir que Toledo fue un sobreviviente de las campañas liquidadoras que el fujimorismo organizó contra las otras candidaturas en esas elecciones y por ello fue la tabla de salvación que encontró un sector importante de la sociedad para expresar su rechazo al régimen autoritario fujimorista.

Sin embargo, entre el Toledo del 2000 y el del 2001, cuando ganó las elecciones presidenciales, se produjo otro hecho importante: el Gobierno de Transición que presidió Valentín Paniagua que duró apenas ocho meses. Si Toledo, en esos años, expresó una oposición democrática, fue Paniagua quien le dio contenido al antifujimorismo de entonces. Su propuesta era combatir la corrupción y una relectura de nuestra historia para cerrar el ciclo autoritario que representó el fujimorismo y el senderismo, y comenzar un largo ciclo democrático, lo que exigía “un esfuerzo de refundación republicana” del país.

Entre muchos defectos que se le pueden achacar al gobierno de Toledo, el principal, junto con la corrupción en su gobierno, es no haber construido, una vez instalado en el poder, una coalición antifujimorista y un pacto antiautoritario para darle sentido político a su gobierno y democratizar sus relaciones con la sociedad. El gobierno de Paniagua no lo podía hacer por sus orígenes parlamentarios y por su brevedad en el poder; sin embargo, como se dice, abrió trocha, para que este pacto y la necesidad de un nuevo gobierno reformista fuese posible en el país. Es decir, dejó tareas pendientes que requerían ser continuadas por el gobierno de Toledo y los posteriores. Y que expresaban un cuestionamiento al pacto de dominación autoritario que representó el fujimorismo.

Como se puede constatar, poco se avanzó al respecto. En realidad, ni Toledo, ni García ni Humala, y ahora tampoco PPK, entendieron que para consolidar la democracia en el país se requería, antes que promesas, la puesta en marcha de reformas que les dieran no sólo sentido a sus respectivos gobiernos sino también bases materiales para una nueva democracia ganada en las calles.

El drama, por ello, no fue sólo la continuación de un modelo económico que mantuvo las desigualdades, que alentó la corrupción y las prácticas lobistas, y que permitió la captura del Estado por los grandes grupos económicos, como hoy lo podemos constatar, y que se ha mostrado incapaz de dotar a la democracia de nuevas bases de legitimidad. Igualmente dramático fue la incomprensión política del significado que tuvieron y que tienen en nuestra historia republicana tanto el fujimorismo como la propia transición democrática. En verdad, poner fin político al fujimorismo era una posibilidad, una invitación y un tránsito necesario para refundar el país e iniciar un largo ciclo democrático. Pero ello infelizmente para nuestro país no se hizo.

Como consecuencia de ello y de las últimas denuncias de corrupción que involucran a todos los gobiernos democráticos del siglo XXI, con la excepción del de Paniagua, la transición que tantas esperanzas levantó ha terminado una vez más –algunos dirán que hace tiempo– en una gran frustración. Si el Gobierno de Transición se legitimó, entre otros puntos, por su abierto combate a la corrupción, los gobiernos posteriores han terminado devorados por esa misma corrupción. Toledo, García y Humala son ahora los símbolos de ese fracaso que abre un espacio para que el fujimorismo se relegitime con un discurso que significa una relectura de nuestra historia reciente: la lucha contra la corrupción. Es decir, una suerte de oxímoron que representa la derrota de las fuerzas democráticas y progresistas en el país. Ese es el reto que tenemos que afrontar.

Síguenos en Facebook

ÚLTIMAS COLUMNAS

Ángel Páez
Corruptos seriales
Lunes, 27 de Febrero de 2017
La República
PPK en EE.UU.
Lunes, 27 de Febrero de 2017
Aldo Miyashiro
Nuestros niños
Lunes, 27 de Febrero de 2017
Jorge Bruce
El fantasma de la mano dura
Lunes, 27 de Febrero de 2017
Mirko Lauer
Se puede aguar el sueño
Lunes, 27 de Febrero de 2017
Augusto Álvarez Rodrich
Al peor no le pasa nada
Lunes, 27 de Febrero de 2017