El electorado rebelde

Steven Levitsky

La tendencia electoral más marcada de las últimas semanas ha sido la caída, lenta pero segura, de los candidatos más experimentados. Desde que empezó la campaña, los “insiders” no paran de perder terreno. Según Ipsos, entre julio de 2015 y febrero de 2016, PPK cayó de 15% a 9%, Alan García cayó de 11% a 5%, y Alejandro Toledo cayó de 8% a 2%. En su conjunto, entonces, la intención de voto de los tres candidatos más experimentados —dos ex presidentes y un ex premier— se ha reducido de 34% a 16%. Y la intención de voto de Julio Guzmán, Verónika Mendoza, y Alfredo Barnechea— tres candidatos desconocidos hace pocos meses—creció de 3% en diciembre a 26% hoy.

Las campañas presidenciales basadas en la “experiencia” (García, PPK) no han funcionado. La alianza tan celebrada con el PPC no aportó nada a García. Solo reforzó su imagen de hombre del establishment. La unión de dos partidos históricos puede ofrecer “solidez” y “madurez,” como dice Lourdes Flores, pero no atrae votos. Hoy los dos partidos históricos están en un empate técnico con Verónika Mendoza, una candidata aún desconocida por gran parte del país.   Los peruanos no quieren a sus ex gobernantes; de hecho, no quieren a nadie que está en el (o cerca del) poder. 

Este patrón no es nuevo.  Mientras los partidos de gobierno han sido reelegidos con cierta frecuencia en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, y Uruguay, en el Perú post Fujimori, han quedado pulverizados en cada elección. Y tres de los últimos cuatro presidentes han sido novatos —no habían sido elegido a ningún cargo público antes de asumir la presidencia. 

El electorado peruano está en rebelión permanente contra el establishment político.  No es necesariamente antisistema, pero prefiere a los candidatos que vienen por afuera del sistema. Los candidatos exitosos se caracterizan no por su experiencia sino por su distancia del poder.    Ninguno de los ganadores de las últimas tres elecciones presidenciales había ocupado un cargo público en la década anterior.  Keiko Fujimori, que lidera las encuestas para 2016, viene por afuera del establishment democrático establecido. Y los tres candidatos en ascenso son outsiders (Guzmán) o políticos marginales (Mendoza, Barnechea).

Esta rebelión electoral incesante no tiene paralelo en América Latina.  Mientras en otros países el sentimiento de “que se vayan todos” solo surge en momentos de crisis, en el Perú se ha convertido en una bandera permanente. No conozco otra democracia donde los políticos son tan detestados, los partidos de gobierno se castigan con tanta ferocidad, y los novatos políticos ganan con tanta frecuencia.

Un electorado rebelde es bastante democrático.  En el Perú de hoy es imposible consolidar una oligarquía política, donde la competencia se limita a una pequeña elite, o una “partidocracia”, donde unos pocos partidos reparten el poder.  Un candidato puede surgir de la nada –sin necesidad de tener cierto apellido, asistir a ciertos colegios, o pertenecer a ciertas redes sociales– y competir seriamente por la presidencia (Fujimori, Toledo, Humala, Guzmán).   Y puede ganar aunque tenga casi todo el establishment en su contra (Fujimori 1990, Humala 2011). (Gobernar es otra cosa.)

Pero elegir a novatos también tiene costos. Los presidentes novatos carecen de experiencia y, en muchos casos, de capacidad política. Cometen muchos errores. Se aíslan. Se debilitan rápidamente. Y como consecuencia, sus gobiernos terminan siendo mediocres, si no malos.  Peor aún, muchos outsiders no están comprometidos con las instituciones democráticas (Alberto Fujimori es un ejemplo).  De hecho, todos los presidentes sudamericanos que cerraron el Congreso en las últimas tres décadas fueron outsiders (Fujimori, Chávez, Correa).

No sabemos muy bien por qué los peruanos detestan a sus políticos (el politólogo Carlos Meléndez es uno de los pocos que ha investigado el tema). Pero quiero señalar tres posibles factores. 

El primero, la debilidad del Estado. El Perú tiene uno de los estados más disfuncionales de América Latina. Muchas instituciones estatales están plagadas por la ineficiencia y la corrupción. Y para muchos ciudadanos, los servicios públicos básicos –salud, seguridad, justicia– son inaccesibles o de mala calidad. 

Donde el Estado no funciona, es casi imposible gobernar bien. Y aún los gobiernos mejor intencionados terminan desgastándose. La gente se frustra. Se siente indignada ante la injusticia de un Estado que beneficia a algunos y abandona (o maltrata) a otros.  Los gobiernos son el blanco de esa indignación.  Y cuando el pobre rendimiento persiste, gobierno tras gobierno, la gente termina desconfiando de todos los políticos.

Una segunda razón por la cual los peruanos detestan a sus políticos es la debilidad de los partidos.  Sin partidos, es difícil sostener una carrerapolítica.  Debido a la alta volatilidad electoral y frecuente colapso de los partidos, las carreras políticas se acaban rápidamente.  Para sobrevivir, los políticos se convierten en tránsfugas permanentes, saltando de partido en partido.  Pero el transfuguismo cae mal, y muchos políticos –Lay, Townsend, Villarán– terminan quemándose. Como consecuencia, el número de políticos profesionales exitosos se ha reducido.  Y el número de novatos políticos —empresarios, periodistas, voleibolistas— crece. Con pocas excepciones, el rendimiento de estos novatos ha sido pésimo.  Cometen muchos errores y caen en muchos escándalos. Una arena política dominada por tránsfugas y novatos solo refuerza la desconfianza pública.   

Una tercera razón por la que los peruanos detestan a sus políticos, sugerida por Alberto Vergara, es la desigualdad social. Hay una brecha enorme entre la élite política y gran parte del electorado.  Los políticos operan en una pequeña burbuja, rodeada por gente cuyos valores, gustos, y prioridades son bastante ajenos de los de la mayoría del electorado. Aunque esta brecha exista en todos los países, es mucho más grande en sociedades desiguales. 

Los partidos ayudan a reducir la brecha entre los políticos y el resto de la sociedad.  La existencia de militantes, cuadros medios, líderes locales y regionales, y candidatos de peso en todo el territorio crea nexos importantes entre los líderes y la base.  Son fuentes de información para los políticos, ayudándolos a conectarse con la realidad.   

Pero en el Perú, donde no hay partidos fuertes, los nexos entre los políticos y la sociedad son pocos.  Y como consecuencia, los políticos se alejan de la realidad. De hecho, García, Toledo, PPK, y Humala (y Nadine,) son percibidos por muchos peruanos como bastante alejados. Parecen haber perdido contacto con la gente, y que no les importan sus problemas. 

Un político alejado de la realidad pierde capacidad. Confunde el mundo de su burbuja con el mundo real. Empieza a creer que se puede fortalecer un partido desde Stanford.  O que la alianza APRA-PPC se parece a la concertación chilena. O que los periodistas puneños son ignorantes.   

En una sociedad desigual, muchos políticos parecen marcianos en su propia tierra.  Estarán bien informados sobre la economía o temas internacionales, pero no conocen a su propio electorado.

El electorado peruano no premia la experiencia en el poder sino la distancia del poder.  No es producto de ignorancia o inmadurez, sino del pobre rendimiento de los propios políticos, en un contexto de un Estado débil, partidos débiles, y la tremenda desigualdad social. La gente no premia la experiencia de los políticos porque su experiencia con estos políticos ha sido mala.

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