Manuel Acosta Ojeda, in memoriam

Nelson Manrique
Manuel Acosta Ojeda nos dejó esta semana. Él es, simple y llanamente, el más importante sucesor de Felipe Pinglo Alva. 
 
Acosta Ojeda no sólo fue un gran compositor. Como investigador autodidacta combinó el estudio, departir con los más importantes creadores populares y una vivencia de primera mano de la música, las fiestas y las costumbres populares, que recogió recorriendo el país. La bohemia, por otra parte, le permitió departir con algunos de los más importantes intelectuales del país. Su actividad en la radio, prolongada durante décadas, culminó en los 14 años de su programa “El Heraldo Musical” en Radio Nacional, que deja de legado programas sobre la cultura popular peruana que son auténticas joyas, donde, junto con bellas expresiones de la rica cultura musical peruana, desfilan intérpretes, compositores y estudiosos de todo el Perú. Porque Manuel tendió además puentes entre la costa, la sierra y la selva y, a diferencia de otros criollos, estuvo abierto a todas las expresiones de nuestro riquísimo patrimonio musical. A sus decenas de valses, polkas, marineras y tonderos, la mayoría de ellos inéditos, deben sumarse sus bellos yaravíes y las mulizas de su autoría.
 
La partida de Acosta Ojeda se da con el telón de fondo de la crisis del criollismo como identidad cultural. No sólo la crisis del vals sino la declinación de una cultura, entendida como una manera de estar en el mundo, que fue incapaz de adecuarse a los acelerados cambios inducidos por la modernización capitalista puesta en marcha en el país en la segunda mitad del siglo XX. La crisis del criollismo es primero económica y después cultural. No es una consecuencia de la “pobreza” de la cultura criolla sino del empobrecimiento del grupo social que la cultiva.
 
La relación entre la cultura y la economía se hace evidente cuando se repara en que los últimos reductos del criollismo –el Rímac, Barrios Altos, zonas de La Victoria y del Callao–figuran entre las áreas de Lima más deprimidas social y económicamente. A la decadencia urbana y la miseria económica se suma la inseguridad y el desarrollo de la economía ilegal. Barrios criollos como Renovación en La Victoria terminaron convirtiéndose en reductos del comercio de droga, y no es el único caso. No se trata de una “cultura pobre” sino de una cultura de gente pobre.
 
La contrapartida de esta decadencia económica y social fue el ascenso de los conos de Lima, zonas de una inmigración serrana triunfante que pudo adecuarse con sorprendente facilidad a los cambios que venían dándose en el país. 
 
El criollismo no pudo adecuarse al proceso de modernización como consecuencia de la inadecuación de valores coloniales que éste portaba, como la “ética del ocio”, un legado colonial que considera deshonroso el trabajo manual, vive de “guardar las apariencias”, y que en la España del Siglo de Oro dio lugar a la aparición del personaje del “pícaro”, que en América dio lugar a una picaresca criolla, que consideraba más honroso vivir del fraude que “caer” en el trabajo manual; una mentalidad bien expresada en el popular dicho criollo:
“El vivo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo”. 
 
Los migrantes andinos traían en cambio una ética del trabajo que calzaba muy bien con las demandas de la modernización capitalista en marcha, y su prosperidad forjó una firme base social para la expansión de la cumbia andina como el género musical popular dominante, que terminó desplazando a la música criolla.
 
A mediados del siglo XX la música criolla se asoció con dos proyectos sociales bien diferenciados. Uno fue el vals señorial de Chabuca Granda, una miraflorina raigal, que buscó su base social en la aristocracia terrateniente, luego liquidada por el velasquismo. El otro fue el vals criollo de base popular que encontró en Manuel Acosta Ojeda su mejor exponente. Manuel fue aislado y su obra boicoteada no sólo por la audaz innovación poética y musical que impulsó junto con su compadre Carlos Hayre, sino ante todo por sus opciones políticas. Su opción vital de lucha, su militancia de izquierda, su generosa entrega que muchos podemos testimoniar, ese brindar gratuitamente su arte a su pueblo en barrios, gremios, sindicatos, lo distanciaba de la mentalidad individualista criolla. Pero en el Perú precarizado de los tiempos del neoliberalismo entraron en crisis las organizaciones obreras, los sindicatos y la base social que se identificaba con su propuesta.
 
¿Podrán sus admiradores organizarse para publicar los valiosos ensayos que fue entregando a lo largo de décadas a la prensa escrita? Sería el mejor homenaje que le podríamos brindar.

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