Poesía, temblor de las palabras

DIEGO VALVERDE VILLENA. Poeta peruano, director del Instituto Cervantes de Fráncfort, acaba de publicar el poemario Panteras, un libro que rescata el valor estético de la palabra.
EL VATE. Diego Valverde Villena en la dirección del Instituto Cervantes, Fráncfort

EL VATE. Diego Valverde Villena en la dirección del Instituto Cervantes, Fráncfort.

Carlos Villanes Cairo. Madrid
 
De padre español y madre boliviana, ambos nacionalizados peruanos, Diego Valverde Villena (1967) nació en Lima. Ha sido catedrático en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, y luego emigró a la Península donde trabajó en la Secretaría de Estado de Cultura de España y en el Ayuntamiento de Valladolid como organizador de las ferias internacionales del libro, durante varios años.
 
Ahora, se desempeña como director de Instituto Cervantes de Fráncfort, y es el único connacional nuestro que ha obtenido este cargo, reservado, por lo general, para los más notables escritores españoles de las 71 sedes que mantiene esta institución, para la enseñanza y difusión de la lengua castellana, en todo el mundo.
 
Poeta, filólogo, traductor y ensayista ha publicado siete poemarios. Panteras (Huerga y Fierro, 2015, 56 pp.) es el más reciente y ha sido presentado en la Casa de América de Madrid.
“En su Dit de la panthère d’amours, Nicole de Margival,  nos presenta a la amada bajo la forma de una pantera. Aceptamos fácilmente a una rosa por símbolo de la amada, como en el Roman  de la Rose o en Saint-Exupéry; pero una pantera como emblema del amor nos parece algo extraño. (…) Bestiarios y fisiólogos nos hablan de la extraordinaria belleza de las panteras y de su dulce aliento que atrae a las presas. Las manchas de su piel se comparan con ojos, y también con espejos. Los otros animales, al verse reflejados, creen estar con un semejante y se acercan sin miedo” (9), dice en el prólogo, y lo irradia en estos versos: “Extraña entre los extraños/ la pantera blanca es aún más solitaria.”(p. 53) Y la omnívora incontinencia sensual en “Elegante como un vampiro”: “Comerme tu corazón/ Que mi cuerpo sea tu cuerpo/ Que tu sangre sea mi sangre.//¿Qué otra cosa puede importar?”(p.20)
 
Su poesía arranca desde las vertientes más antiguas, medievales, barrocas. Muestra una pátina áurea de culturas, civilizaciones y lenguajes de los que el autor es un gran versado, con el denominador que  le impulsan las mil aristas del amor: “Te ríes de mí/ por mi corazón/ lleno de letras.// No has entendido// No está así por los libros/ Lo cubrí con periódicos/por el frío.” P.18)
 
 Y expurga su árbol genealógico entroncándolo en el amor/odio del amante inquieto: “Qué pena, amor mío, que seas hija/ de Su Tzu. Llevas en los genes/ tretas y añagazas, argucias, arterías: / golpes por sorpresa, cambios de rumbo,/ formaciones dispersas, que tal cual surgen/ se desvanecen; ese pelear huyendo/ como los partos, las atrevidas flechas/ en la distancia y no presentar batalla/ cuando estamos cerca. / Tu tío Maquiavelo también te enseñó cosas/ y tus primas las Borgia: a emponzoñar mi mirada/  con una sonrisa. O clavarme tus pestañas en vudú/ como tu abuela Josefina (…) Pero lo peor de todo -créeme, amor mío-/ es tu naturalidad en el juego, la firmeza/ con que lo niegas todo y me sumes/ en la más abierta y demoledora duda...// Espero no conocer a tus hermanas. (p.16) Y un enjundioso guiño a Salomón en el Cantar de los cantares: “No es culpa del sol, sulamita,/ si se oscurece// que lo miraste” (p.37)
 
En este encendido homenaje que hace Valverde a la esencia de la palabra, en esa entraña profunda  de imágenes y de símbolos; en el continuo desnudarse de la formalidad, Panteras es un libro bello, singular, como arcilla primigenia que busca en el alfarero la punción de las yemas de sus dedos hasta casi sangrar en la tierra húmeda y virgen. Porque ocurre, muy de vez en cuando, especialmente en la poesía, que el soporte formal de la palabra es menor en cuanto al contenido de su representación.

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