Rafael Salgado: “No quiero seguir viviendo en el silencio”

Salgado (33) fue el primero. Lo escribió en Facebook: “Juan Borea me usó para su placer cuando solo yo era un niño. ¿Qué lo llevaría a pensar que yo no diría nada, quizás que a mi padre, militante del MRTA, lo asesinaron, o porque era muy pobre?”. 

Rafael Salgado. Foto: La República / Mauricio Malca

Rafael Salgado. Foto: La República / Mauricio Malca.

Gabriela Wiener

Su testimonio corrió como la pólvora, sobre todo cuando nos enteramos de que el violador no solo era el director del colegio donde había estudiado Rafael, el muy progresista Héctor de Cárdenas, sino también un destacado educador, premiado con las Palmas Magisteriales. Salieron a defender a Borea y a atacar a Rafael con los más alucinantes argumentos, uno de ellos fue: “No hay que creerle, su papá era terruco”. Pero tuvieron que rectificar cuando fueron apareciendo los casos que hoy suman casi veinte. A Rafael le costó años de terapia el tema de su padre y otros tantos deberá trabajar con lo que le pasó en su propia escuela, ese lugar donde un niño debe ser educado y protegido.

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Eres el hijo de un hombre que tomó las armas, fue acusado de terrorista y asesinado cuando tenías 9 años. Y la persona que te extiende la mano, tu maestro, es la que abusa de ti. Cuando lo entiendes, ¿es como que se te hubiera muerto un segundo padre?

A mí me cortaron mi infancia cuando el Estado torturó y asesinó a mi padre. Ya tengo más edad que la que él tenía cuando lo mataron. Encontrarme con sus compañeros de prisión me ayudó a empezar un camino que no se ha detenido hasta ahora. Pero aún no exploro psicológicamente los abusos de Borea y me asusta. Solo sé que no quiero vivir en silencio. Me callé desde el 93 hasta el 2004. Cuando empecé a hablar fue uno de los momentos más reparadores de mi vida. Quizá lo que acaba de pasar también me sirva para eso.

¿Cómo era tu vida cuando tenías esa edad?

Yo vivía en dos mundos. El mío era un colegio de clase media para arriba, donde también estudiaba gente pobre. Mi casa estaba en San Juan de Lurigancho, no había luz, agua, desagüe. Me daban un sol diario. Y atravesaba la ciudad para llegar al colegio, en Jesús María, donde mis amigos vivían con todas las comodidades. He visto los dos lados. No soy el único. Pero sí soy uno de los que quiere alzar su voz. La sociedad peruana sigue tan mal que hay que salir a decirlo y creo que mi historia puede ayudar en algo a mirarnos. Sí, soy hijo de un emerretista y estos años solo he tratado de mostrar nuestra realidad de la manera más honesta posible.

¿Qué tipo de relación mantenías con Borea cuando abusó de ti?

Era el director de mi colegio. También un apoyo. Cuando no tenía para comer me decía que le pidiera y me invitaba cosas, o me daba plata para mis pasajes. Iba a pedirle siempre con miedo y quizás haya sido porque cuando le pedía me pasaba algo después. A mi madre le consiguió un trabajo eventual dentro del colegio. Ese también era Juan Borea, y todo eso fue lo que hizo más difícil aceptar que se aprovechó de nuestra realidad familiar para abusar de mí. Siempre estuve agradecido, por eso tardé tantos años en reconocer que me había hecho daño.

Sus víctimas han decidido salir valientemente todas juntas. ¿Qué ha supuesto hacer oír esa voz colectiva?

El asunto de la visibilización como medio para la liberación ha sido a la vez un canal para otros compañeros que han pasado por lo mismo. Ahora todos lo saben y hay un gran sector indignado. Borea espera que todo quede en tocamientos indebidos para que haya prescrito el delito. No tenemos la justicia de nuestra parte. Ojalá que cambie la legislación porque esto es violación. Aunque él siga diciendo que eran “cosquillitas”. No debe prescribir, debe haber justicia y sanación.

Su carta en que lo niega es una vergüenza...

Es el mayor cinismo posible. Pero lo que más me subleva es que diga que no sabía que nos estaba causando daño. No, esta gente no es enferma, ni depravada, son el perfecto y bien acabado producto de una sociedad podrida. He hablado con madres que seguían diciendo que es un gran educador. Menos mal que ya hay testimonios sobre sus vejaciones, sobre su violencia física y verbal, su misoginia.

¿Por qué si había indicios callaron hasta los padres?

Borea construyó una red de confianzas. Se hizo la imagen de un tipo respetable y superreligioso. Nadie dudaría de alguien que asesoraba al ministerio… Convirtió el colegio en un Gran Hermano. Todos teníamos la paranoia de estar siendo observados. Se hablaba de soplones, de los “niñitos de Juan”. Una vez alguien pintó en las paredes y llevó peritos policiales para descubrir quién había sido. Esto es real.

¿Era como el líder de una secta?

Juan vivía dentro del colegio, en un cuartito pequeño y oscuro... Después compró la casa del costado, que estaba conectada al edificio donde estudiábamos.

¿Quién era tu papá?

Mi papá se llamaba igual que yo. Rafael Salgado es uno de los 46 casos que la CVR mandó a judicializar inmediatamente. Militante del MRTA, lo capturaron en el 93, lo torturaron y lo mataron. Querían declararlo como desaparecido pero mi familia lo encontró en la morgue. Mañana se cumplen 24 años de su asesinato.

Me parece gravísimo que un niño herido, que debe trabajar una niñez rota, sin padre, haya tenido que vivir más violencia de la persona que debía cuidarlo. ¿Ves una conexión?

Para mí el caso de mi padre y el de Borea están atravesados por la impunidad, es decir la impunidad ha cruzado mi vida de un extremo a otro. Hay en mí como una urgencia de que no puede quedar nada más impune en mi vida. Ahora expreso mis ideas, denuncio, participo en política, pero se nos niega el presente. Hagamos lo que hagamos el estigma permanece.

¿A qué se dedica tu asociación Hijxs de Perú?

Nuestro objetivo es visibilizar historias que la “verdad oficial” intentó silenciar durante años. Vivimos el periodo más trágico de nuestra historia como país siendo aún niños y la violencia nos tocó muy de cerca. Somos hijxs de militantes del MRTA, asesinadxs, desaparecidxs, torturadxs, exiliadxs y presxs en regímenes de carcelería inhumana. La dificultad para la reinserción se extiende hasta nosotros y prolonga el silencio. Tenemos miedo a perder el trabajo, los amigos... Muchos nos estamos quitando la mordaza. Pero somos un tema incómodo.

Tu padre no es considerado exactamente una víctima.

Mi padre no fue una víctima inocente, por eso lo sacaron del Registro Único de Víctimas (RUV). Y por eso se presume que tampoco yo lo soy, así que no me puedo inscribir en el registro. A veces siento que lo de víctimas inocentes y no inocentes está pensado para dividirnos. Es la mejor manera de no poder articular una lectura constructiva del pasado que nos permita entender el presente y transformarlo, y hacer de nuestra sociedad una más justa, igualitaria y en paz.

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