Bomberos del Perú: “No queremos un sueldo, si nos pagan se acabará la mística de ser bombero”

Héroes civiles. Lambayeque, una región de 1.2 millones de habitantes, solo cuenta con unos cien bomberos activos. Han atendido casi 500 emergencias en lo que va del 2016, pero en los últimos tres años su presupuesto se redujo en 66%. El 5 de diciembre celebraron 156 años de creación y las autoridades les hicieron más promesas para el recuerdo.

9 Dic 2016 | 14:48 h

Tenía 27 años cuando levantó en brazos a su madre para intentar salvarla. En el hospital, el médico le dijo: “¿Qué me traes? ¿Un cadáver?”. Jaime Yupton todavía no vestía de rojo, pero esa fue la primera emergencia que atendió en su vida. Ahora lleva 17 años en la Compañía Salvadora Nº 27 de Chiclayo, tiene el grado de teniente, no se siente un héroe, pero ha salvado tantas vidas como apagado incendios.

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Su institución recibe la más alta aprobación de parte de los peruanos (94.4%, según CPI); sin embargo, algunos todavía piensan que los bomberos reciben un sueldo por su servicio, que el Estado les entrega incontables beneficios, que su preparación solo dura un par de meses o que cuentan con todos los equipos para asistir una emergencia. Nada más alejado de la realidad.

Muchos dicen ‘para cojudos los bomberos’. La gente elige su vida antes que la nuestra, para nosotros es al revés”, dice Indira Díaz, médico de profesión, docente en una universidad particular, madre de dos pequeñas niñas y seccionaria del Cuerpo de Bomberos hace cuatro años.

Paso a paso

Fundada en 1935 por el médico Manuel Orellano, la Compañía Salvadora Nº 27 (en ese entonces como Compañía Salvadora Chiclayo Nº 1) se ubicó primero en un pequeño cuartel de la calle Alfonso Ugarte. Luego de unos años pasaría a su actual ubicación en la calle Héroes Civiles. El nombre de esta cuadra no es casualidad. A finales de la década del cincuenta, este antiguo callejón situado a pocos metros del mercado Modelo recibió aquella denominación en honor al servicio voluntario que brindan los hombres de rojo.

La tranquilidad no halla espacio en la estación, todo está en constante movimiento. El aspirante a bombero puede pasar un año realizando trabajos menores (barrer, limpiar los vehículos) hasta que se inicie un proceso de admisión. Una vez seleccionado, el bombero alumno recibe ocho meses de instrucción, pero tienen prohibido intervenir en una emergencia hasta graduarse. Aquí se puede pasar dos años de preparación hasta convertirse oficialmente en bombero seccionario (graduado).

Al lado izquierdo de la estación una recámara alberga cinco camarotes para los voluntarios que realicen guardia nocturna. Los bomberos no tienen horario fijo, cumplen horas a la semana como 'picas' (galones) exhiba su uniforme, pero todos coinciden en que pasan más tiempo aquí que en sus casas.

En el lado derecho dos habitaciones más: una para la cocina y otra con casilleros para guardar la ropa. Las oficinas, un improvisado gimnasio y el viejo auditorio se ubican en el segundo piso. Los cinco vehículos utilizados para ir a las emergencias se encuentran distribuidos en la planta baja. Por fortuna en la Salvadora 27 toda la maquinaria está operativa, pero las compañías de José Leonardo Ortiz, Olmos e Íllimo no siempre corren con la misma suerte.

El teléfono suena. “Bomberos, buenas noches, ¿cuál es su emergencia?”, dice el bombero alumno Luis Incio. Llevaba un año como aspirante cuando empezó a contestar las llamadas libres del 116. “Bombero, bombero, tengo una emergencia: ¿qué hora es?”, responde entre risas una mujer al otro lado de la línea, espera unos segundos y cuelga. Una llamada falsa. La primera de la noche.

Solos, demasiado solos

El Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú lleva 156 años combatiendo el fuego, rescatando lo insalvable, devolviendo alegría de entre los escombros. Sin embargo, la institución no percibe el respaldo de las autoridades. En poco más de un mes la población olvidó la muerte de los tres bomberos en El Agustino (Lima). La insensibilidad de un productor de televisión –con la esposa de uno de los fallecidos– hace ver a los hombres de rojo como una fría estrategia de marketing.

En los tres últimos años, el presupuesto que recibe el Cuerpo General de Bomberos y que debe distribuirse en las 230 compañías de todo el país se redujo en 66%. Tal vez por eso no sorprende que muchos voluntarios se compren sus propios equipos, pues solo existen 1500 uniformes en buen estado para seis mil bomberos activos.

El jefe de la Compañía Salvadora Nº 27, capitán CBP Segundo Sánchez, tiene poco más de 30 años vistiendo el uniforme, pero la vocación de servicio lo acompañó desde el nacimiento. Tres de sus hermanos pertenecieron a esta institución. Ahora, su hijo acaba de graduarse en la misma estación, pero él jamás quiso ese futuro para su primogénito.

“No sabía que Segundo (su hijo) estaba postulando hasta que lo vi barriendo la estación. Qué me quedó. Pero ¿sabes? Yo no quiero que mis hijos sean bomberos por los riesgos que tenemos. No se lo he dicho pero tengo miedo… (silencio) Ese es mi más grande temor”.

La hija del capitán Sánchez tiene 14 años y también quiere seguir los pasos de su hermano mayor. “Yo le sigo la corriente, pero ojalá que se desanime”, responde con la mirada hacia el piso como buscando la paz que no encuentra.

El teléfono vuelve a sonar, en la segunda timbrada Incio contesta. “Bombero, bombero, tengo una emergencia ¿Va a llover mañana?”. Otra llamada falsa.

“Usted es policía; yo, bombero”

En una oportunidad, el teniente Jaime Yupton respondió a una llamada de emergencia por un accidente de tránsito. Tras realizar un asalto, un delincuente chocó su automóvil cuando intentaba fugar de la Policía. Era de noche, el sujeto presentaba heridas graves. Yupton se acerca al vehículo del fugitivo, el agente lo detiene, le dice que espere, que lo deje sufrir, le dice lo que él ya sabe: que el herido es un asaltante. “Señor, usted es policía; yo, bombero. No veo que sea delincuente o no. Su vida está en riesgo, eso es lo que me importa”, respondió.

En Lambayeque son nueve compañías; sin embargo, no todas responden a emergencias las 24 horas por falta de choferes y ausencia de bomberos. En una región de más de un millón de habitantes, solo existen poco más de 100 bomberos activos, quince son mujeres.

El semblante de un bombero está prohibido de evidenciar temor delante de los demás. Menos durante una emergencia, dicen tener corazón de piedra, pero a veces es inevitable. “Eso puede costarnos vidas. Sufrimos por dentro, pero no lo demostramos. Existe un lugar donde nosotros vamos a desfogar, llega un momento donde te quiebras”, susurra el capitán Sánchez, tratando de evitar que alguien lo escuche, aunque presumo que todos lo saben.

El comandante departamental del Cuerpo de Bomberos, Carlos Ortecho, me comenta que hasta el momento han atendido cerca de 500 emergencias. Sabe que en estas fiestas de fin de año la cifra aumentará, pero reza para que el teléfono –o la radio– no suene.

El teléfono vuelve a sonar, Incio contesta. Es otra llamada falsa.

Ortecho tiene la mirada firme, pero desgastada por los años. A sus casi seis décadas, con tres hijos y 30 años de bombero, todavía enseña matemáticas en el Colegio Santa Magdalena Sofía durante la noche. Lleva 26 semanas en el cargo, pero ha pensado renunciar al puesto muchas más veces.

“Nadie es imprescindible, el comando nunca muere”, me dice orgulloso.

Jaime, Segundo, Indira y Carlos no piden un salario mensual, tampoco gastan energías en decirme que necesitan una pensión vitalicia para cuando se retiren. En realidad, ninguno ha pensado en su retiro. Ellos no piden por ellos, sino por los que sufren su ausencia: la familia.

Una beca universitaria para sus hijos, puntos extra si sus hijos deciden postular a la Policía, una canasta de víveres para el hogar, pero sobre todo equipo completo para sus hermanos bomberos. Temen dejar a su familia con solo el recuerdo, pero tampoco quieren ver a un compañero más morir.

Si nos pagan, ya no hay mística del bombero, ya no existiría esa vocación, porque nos moveríamos por un sueldo”, precisa el teniente Jaime Yupton.

¿Vale la pena ser bombero?

En un momento de la entrevista Indira se detiene, me pide un momento, cierra los ojos, respira hondo y continúa. Recuerdo que le había preguntado si alguna vez se quebró luego de atender una emergencia. Me responde que no. Luego de esa prolongada pausa se retracta, me mira fijamente y me cuenta que en una ocasión vio a dos niñas totalmente carbonizadas a quienes su madre cubrió con su cuerpo para protegerlas de las llamas. “Vi a la más pequeñita, pudo ser mi hija”, piensa en voz alta. ¿Será ese el espacio de desahogo al que se refería el capitán Sánchez?

Varios incendios han trastocado aún más el gris paisaje de la ciudad. Quizá el más recordado sea el de la Municipalidad Provincial de Chiclayo, donde todos los bomberos coinciden que fue provocado por funcionarios para evitar que un alcalde asuma funciones. También, los siniestros del mercado Modelo originados, en su mayoría, por irresponsabilidad de los propios comerciantes. Incluso, el fuego que consumió por completo el local Viteri en pleno centro de la ciudad. Al salir a una emergencia puede ser su vida la que termine apagada. 

Incendios provocados para desaparecer documentos, municipalidades que entregan licencias de funcionamiento de forma irregular, deficientes inspecciones técnicas, empresas despreocupadas por recibir asesoramiento en sistemas de prevención, proyectos de ley estancados en el Congreso y una población con memoria muy frágil. En este contexto, ¿vale la pena ser bombero?

Seguramente el comandante Ortecho me dirá que sí, se pondrá nostálgico y recitará uno de los poemas que compuso antes de salir de la estación para atender una emergencia:

"Soy un bombero peruano / que al sonido de la sirena / voy corriendo a mi unidad, no sé qué me espera / voy a salvar una vida o a perder la mía”.

El teléfono volverá a sonar. Todos esperan que no sea una llamada falsa.

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