Enrique Planas: "Todo lo convertías en periodismo gonzo"

Escritor y periodista cultural. Su más reciente novela es KimoKawaii (Penguin Random House).

Redacción LR

Domingo, 25 de Septiembre del 2016

En el año 1998 comencé mis prácticas como periodista en la sección cultural del diario El Sol, que cordinaba el escritor Enrique Planas (Quique). Él ya había publicado una novela y estaba escribiendo la segunda. Devoré sus libros en esos días en que alternaba mi pasión por redactar algo más o menos bien y mis eventuales chapes con los fotógrafos. Entré al diario por vara, porque Planas había trabajado en un periódico con mi padre y a mí me había visto varias veces de chiquita, con mi pijama chino amarillo, y quiso darme una oportunidad. En mi casa yo le llamaba Milhouse, porque pensaba que era igualito al mejor amigo de Bart Simpson. En ese tiempo yo soñaba con convertirme en una gran periodista y aunque Quique aprovechaba cada minuto extra para volcarse en su novela, también lo recuerdo como mi primer maestro de verdad, uno que enseñaba sobre el terreno, un guía generoso que se daba el tiempo de compartir su conocimiento y experiencia. Un primer jefe, si es bueno, es como un primer amor de algo.
 
Siempre que me preguntan por mis comienzos en el periodismo digo que las secciones culturales de los periódicos son los mejores lugares para empezar porque no le importan demasiado a los directores y porque uno suele tener de jefe a un escritor que está corrigiendo su novela. Y eso le da al redactor libertades infinitas de expresión. ¿Estás de acuerdo?
¿Esa es la imagen que has tenido de mí todo este tiempo? Y yo que siempre pensé que nadie se daba cuenta de que le robaba tiempo a la oficina. Supongo que deberé asumir ese estereotipo. Quizás no sea justo generalizar sobre todas las secciones culturales, pero podría decir que la del diario El Sol en la que coincidimos fue especialmente curiosa. Poco tiempo antes, el jefe había fallecido de un ataque cardiaco, y en medio de la improvisación general, me delegaron esa responsabilidad con poco más de 25 años. Cuántos errores habremos cometido sin que a nadie le importara realmente, pues nuestras faltas de rigor eran la última de las preocupaciones del dueño del diario, un empresario enfocado más en hacer negocios y ejercer influencias durante el fujimorismo. ¿Llamamos a eso “libertades infinitas de expresión”? Más bien infinita  irresponsabilidad.
 
Escritores en una redacción. ¿Cómo sobrevivimos en medio de la esquizofrenia de dos tipos de escritura y dos mundos absorbentes?
Siempre asumí el periodismo y la literatura como líneas paralelas, y jamás intenté que se intersectaran. Quizás porque soy de la escuela antigua, un tipo conservador en el oficio. En la universidad nadie hablaba entonces de la “No ficción”. Pero Santiago Roncagliolo en el suplemento del domingo y tú en la redacción ya querían empezar a contaminar ambos discursos y difuminar sus fronteras. Siento que yo me quedé afuera de ese proyecto. No era lo mío.       
 
¿Recuerdas la primera vez que leíste un texto mío? ¿Te pareció que tenía potencial? ¿Sentiste que me dejaba moldear, que tenía una buena disposición?
¿Dejarte moldear tú? ¡A quién quieres engañar! Tu terquedad siempre ha sido tu mayor fuerza. Han pasado 20 años y no puedo recordar tus primeros textos (no recuerdo siquiera el artículo que escribí ayer), pero no olvido cómo tu mirada articulaba el artículo. Hacías que todo reportaje estuviera marcado por tu sensibilidad, a veces por tu humor. Tengo clarísimo una comisión tuya sobre una muestra de Guayasamín, donde Jaime te tomó una fotografía posando de perfil al lado del retrato de una niña andina, también perfilada, imitándola. ¡Una de tus primeras performances! Desde tus inicios añadías mucha personalidad a tus textos. ¡Tanto potencial tenías que tuve que pelearme con algún editor que quería sacarte de culturales para llevarte con él!       
 
¿Recuerdas que siempre te preguntaba si yo era la mejor practicante que habías tenido y me comparaba con mis antecesoras? ¿Sería alguna clase de neurosis narcisista similar a la que les he hecho pasar a mis parejas? Y a estas alturas, ¿sigo siendo la mejor que has tenido?
Sí, querida. 
 
¿Crees que yo era profesional trabajando, que era rigurosa, que tenía una buena actitud, que me lo tomaba en serio? 
No, querida
Te recuerdo algunas veces enfadado. ¿Podrías decirme, si los recuerdas, cuáles según tú eran mis peores vicios o errores en la ejecución de mi trabajo?
Lo autorreferencial es tu marca. Y eso lo has conquistado tras años de imponer tu voz narrativa. Pero en un diario con un manual de estilo convencional como era El Sol, esos primeros intentos entraban en colisión con una nota informativa a la que debías abordar con las clásicas técnicas del lead periodístico, la pirámide invertida y todas esas convenciones que sirven para que un editor respire tranquilo. Tiene que ver con una diferencia de fondo. Soy un periodista que en muy raras ocasiones se permite usar la primera persona en un artículo. Soy de la escuela que busca pasar desapercibido para que sea el entrevistado el centro de la atención. En tu caso, todo lo convertías en periodismo gonzo. Qué le iba a hacer. Era tu estilo distintivo y no estaba hecho para géneros periodísticos básicos.
 
En mi vida he sido o he llegado a ser muy amiga de mis jefes y jefas, y he llegado a sentir por la gran mayoría auténtico afecto. ¿Hay alguna clave para esto o es pura suerte?
Una vez me regalaste un ejemplar de Sostiene Pereira, la novela de Antonio Tabucchi. ¿Te acuerdas? En la Lisboa bajo la dictadura de Salazar, con el fascismo como telón de fondo, un periodista cultural ganado por la melancolía se la pasa escribiendo necrológicas. Pero cuando conoce a su asistente, un joven inequívocamente comprometido con la vida, su vida se transforma. Pienso que las amistades que nacen en el oficio no nacen de simples coincidencias afortunadas.  Buscamos esas relaciones y queremos conservarlas porque nos hacen bien esas asociaciones con gente transformadora. Mírame a mí: No sabía qué hacer al frente de dos páginas por llenar todos los días y, de pronto, viene una chibola que ríe como niña y que mira todo con una perspectiva rasante. Y todos nos transformamos con el intercambio. ¿Suerte? No creo. Tiene que ver más bien con el movimiento de los astros.     
 
Algunas veces me ponía a chismosear en tus mails privados. ¿Me lo has perdonado?
Solo si confiesas que fue un espionaje divertido.

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