A la meca del muay thai | VIDEO

No tiene firma, pero ya reparte autógrafos. La única vez que se peleó en el colegio le pegaron pero no lloró. El chorrillano Alexander Chávez, de 15 años, flamante campeón mundial de Muay Thai (45 kilos), se pone en guardia: Tailandia lo espera.

Redacción LR

Sabado, 4 de Junio del 2016

—Chihuahua pero pelea como un león.

—Me ha hecho llorar, carajo.

—Vales un Perú, chato.

Hace dos viernes, en la lejana y gélida Jönköping, en Suecia, un niño se hizo hombre, con 15 años, un metro sesenta, 45 kilos y pasta de campeón.

Solo un campeón de raza atraviesa el fuego en lugar de consumirse en él. Alexander Chávez tenía miedo y podía quemarse. Su rival en la final, categoría 45 kilos, del Mundial IFMA (International Federation of Muay Thai Amateur) Suecia 2016, el filipino Ghen-Yhan Berdon lo asustó. Era más fibroso y antes de subir al ring se lo hizo saber a Alex, pateando fuertemente, una y otra vez, el Pao (protector).

Perdió el primer round. En su esquina, Víctor Ccanto (28) y Rodrigo Jorquera (40), sus entrenadores, lo despertaron con dos preguntas: ¿De dónde eres y para qué has venido? Con hartos ajos, seguramente.

El resto es historia reciente de la más dulce. Patadas circulares, puños, y derribos. El filipino cayó hasta en cinco oportunidades, y Alex se llevó el triunfo. La emoción lo inundó y sus ojos estallaron.

“Levanta la cara, campeón. Eres campeón mundial”, le dijo Jorquera, mientras lo grababa, pero el niño sigue llorando. No paró hasta varios minutos después. No paró hasta hacernos llorar a todos.

Reconocimientos

Luego de casi dos meses, Alex regresó el jueves, al 6094 Santa Rosa, un colegio estatal a unas cuadras de su casa, en el barrio Villa Marina, en Chorrillos. El mismo director que no quiso darle permiso para la competencia (la mamá de Alex lo convenció), se pavoneó de “la formación integral de este ejemplo para la juventud”.

El chico en el patio, al frente de todo el colegio, con el micro en la boca, se rascaba la cabeza en señal de vergüenza. Pero habló. Después solo hubo aplausos y autógrafos. Los niños lo arrinconaron, con lapicero y hojitas en mano.

“Como no sabe firmar ponía: ‘gracias, amigo’, ‘te quiero mucho’. Abusivo”, lo vacila Miguel Castilla (16), compañero en el salón y en el tatami. Castilla también practica Muay Thai, ese arte marcial de rodillas y codos afilados, nacido en Tailandia.

Ambos comenzaron casi a la par a fines de 2014. “Alex no resistió la primera clase, y se jaló al toque”, cuenta Joseph Chávez (19), uno de los dos hermanos mayores del guerrero, y el primero en practicar el deporte por su afición a las películas de acción.

“Llegué a la escuela un viernes y justo era puro sparring. Me pegaron duro y le agarré miedo. Pero a la semana regresé y ya no me pegaron tanto”, dice Alex, levantando sus ojos caídos.

Nos encontramos en su casa, un departamento con tres ambientes, al fondo de un callejón, en Villa Marina, que comparte con sus tíos, primos y abuelos. La necesidad se oculta en un televisor inmenso, pero se revela en el único cuarto, con dos camarotes, que se reparte con su mamá y sus dos hermanos. Papá se marchó hace cuatro años, y vive aparte.

“Se paraban peleando. No podían conversar un minuto. La separación ha sido lo mejor”, señala Alex, cogiéndose las muñecas y moviendo sus manos.

Es un espíritu inquieto. Una línea al costado de su ojo izquierdo lo confirma. Cuando tenía siete años, resbaló y un fierro que dejó suelto un tío soldador por poco y lo deja tuerto. Por lo demás, nunca ha tenido lesiones. Las cicatrices todavía no lo marcan.

Más bien, él ha marcado y sin necesidad de conectar un cruzado. Antes de que empezara a entrenar, un “niño alto, muy alto”, de un grado mayor, lo molestaba en el colegio por su baja estatura. Una vez lo retó a intercambiar puños afuera, y le pegó. “No lloré. No me gusta buscar pleitos. Ahora me saluda cuando paso por la calle”.

Probablemente, lo aplaudió en la formación.

Amor de madre

—Antes de ganar me dijo: No te preocupes, voy a ganar para que te cures de tus várices.

Rosa Trujillo (40) sonríe al recordar la promesa de su hijo. Al percatarse de la inocencia de su corazón. Ella no pudo ver la final en vivo por las redes sociales, pues en el laboratorio donde trabaja seis veces a la semana les quitan los celulares. Increíblemente fue su propio jefe, quien le dio la noticia.

—Lloré, lloré mucho. Se lo merece por todo el esfuerzo que le pone.

En un inicio, Rosa se opuso a que sus hijos pasaran sus ratos libres, tirándose codazos, rodillazos y patadas. Sin embargo, el ímpetu de sus muchachos la hizo retroceder.

—Ahora no me pierdo ninguna de sus peleas. Aunque no negaré que me da pánico.

Como la última vez, el 4 de abril, cuando le abrieron la frente a Joseph. “Alex estuvo a mi lado en ese momento, me abrazó y se puso a llorar. Pensé que era de pena, pero era por rabia, porque le habían ganado a su hermano”.

Antes de que Alex viajara a Suecia, Rosa organizó una pollada. La empresa privada (Microsoft y Colectigo) se había hecho cargo de los pasajes y la estadía, pero ella quería que a su hijo, en su primer viaje en avión y a otro país, además, no le faltara nada.

La familia, el colegio, el barrio, la escuela Alto Perú, la gente de la selección. Todos respondieron, y se vendieron 300 presas.

Alex solo gastó una parte para comprarle unos guantes de metal a su hermano, y muchos chocolates y paletas de caramelo para la familia.

Hacia Tailandia

“Lo ves flaco, pero es bien fuerte y duro. Puño, codo, con lo que te meta, te lastima”, asegura Víctor Ccanto (28), indiscutible campeón nacional y sudamericano en 67 kilos, chorrillano y maestro de Alex.

Desde hace un año y medio endurece sus nudillos y rodillas, en la escuela Alto Perú, el proyecto social que en una década ha alejado a cientos de jóvenes de entornos podridos, dándoles todas las facilidades. Los hermanos Chávez no han pagado nunca una mensualidad. No tenían cómo. Y ellos lo sabían.

Su buena fe ha dado sus frutos. Sumado, claro, al entrenamiento recibido en la selección peruana, durante siete semanas, a doble horario, y a la cabeza no solo de Rodrigo Jorquera, campeón sudamericano 2005, sino de tres profesores tailandeses.

Alex Chávez llegó a Suecia con una pelea oficial y tres exhibiciones. Sin embargo, ese único combate le dio las credenciales suficientes, pues fue ante el subcampeón Mundial de 2015. Hoy es una de las dos medallas doradas (Antonina Schevchenko fue la otra en 63.5 kilos, en mujeres) de un total de cuatro que cosechamos en el país nórdico.

No me duermo en lo logrado. Quiero sacar gallos de casta y que los bravos de las más grandes potencias digan: Esos peruanos son unos conchesumares, escribió Jorquera en su Facebook.

El plan ya está en marcha: el 6 de julio, una delegación peruana, integrada por Alex, viajará a Tailandia para medirse en el Mundial de la Juventud. Sí, a Tailandia, la meca del Muay Thai. Allí, donde el calor sancocha, y muchos padres cifran sus esperanzas en las patadas de sus hijos para escapar de la miseria, como en este otro lado del mundo lo hacen en las pelotas de fútbol.

Pero Alex no solo irá por nuevas medallas. Su estancia se alargará hasta finales de setiembre. La idea es que se pula y adquiera roce.

“Penthai (Singpatong), uno de los tailandeses que ayudó en su preparación quiere llevárselo. Tal vez el próximo año Alex viva allá. El objetivo es que más chicos se sumen. Solo así alcanzaremos un nivel superior”, señala Jorquera.

Por estos días, Alex disfruta de su familia, del barrio, y de la popularidad merecida. De los autógrafos que está aprendiendo a firmar. Tailandia lo espera con los puños en alto.

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