Los dioses obscenos

Maritza Espinoza

Domingo, 21 de Enero del 2018

Era, junto a Machupicchu, una de nuestras maravillas de la era moderna, solo que, a diferencia de la inconmensurable mole inca, él viajaba por el mundo en primera clase y era apapachado por la realeza británica, por el star system hollywoodense y por todo aquel que se preciara de poseer el glamour suficiente como para merecer que su codiciadísimo lente se posara en su imagen.

Caballero de la Legión de Honor Francesa (el último título que su fama le ganó), nadie hubiera imaginado que, detrás de tanto oropel y tatachín, asomaba el contrahecho duende del acoso sexual, ese que tantas carreras se está tumbando en Hollywood, allí donde no hay Ciprianis que defiendan a los acosadores y, menos, un Bergoglio que les dé cobijo desde el mismísimo Vaticano.

Mario Testino ha caído en desgracia y, ahora, ninguno de sus íntimos amigos quiere tomarse ni una foto carnet con su cámara. Bastó que unos cuantos jóvenes modelos comenzaran a denunciar que, sí pues, sus sesiones fotográficas eran demasiado erotizadas, que solía masturbarse delante de ellos, que más de una vez se abalanzó sobre alguno de sus asistentes. En fin, que detrás de la carismática sonrisa se escondía un depredador sexual.

Después de las denuncias han salido muchos voluntariosos a defender a Testino con los argumentos de siempre -¡Imposible, si es un filántropo! ¡Primero se tienen que terminar las investigaciones! ¡Qué fácil es manchar la honra de una persona!-, pero la experiencia demuestra que, en materia de acoso y abuso sexual, cuando el río suena es porque trae rocones. ¿Por qué los jóvenes que lo acusan, no relacionados entre sí, se pelearían con el Dios del lente, arriesgándose a que nadie más los contrate en su vida?

Pero, de otro lado, también es cierto que, en estos casos, se ha desatado una auténtica cacería de brujas, donde ya no se distingue quién es un auténtico abusador sexual o un acosador que utiliza su posición de poder para doblegar y seducir a una víctima, y quién un gilero monse que se va de cara tratando de enamorar a un/una posible agarre.

Y por ahí va el pronunciamiento que un colectivo femenino encabezado nada menos que por la diva de divas, Catherine Deneuve, que salió a defender a los pobrecitos varones que han caído en desgracia por no saber morderse la lengua cuando una dama o (un jovenzuelo, depende de los gustos y preferencias), les hace zapatear las hormonas.

La defensa de Deneuve y compañía es más bien para los gileritos fallidos, aquellos que, sin pasarse de la raya, cometen el pecadillo de piropear o afanar o decirte “venga, pa' acá, mi ministra guapaza”, como cierto ministro de tintadas canas al que se le cayó de todo por dárselas de galanazo.

Lo más que puede decirse de ellos es que dan penita de tantos portazos que reciben y no puede comparárseles con gente como Kevin Spacey, el propio Testino, Bill Cosby o el todopoderoso Harvey Weinstein, que fue el primer productor de Hollywood en caer y cuyas víctimas han sido, entre muchas otras, nada menos que estrellísimas como Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie, cuyas historias dieron inicio a la planetaria campaña del #MeToo (Yo también).

El mercado de Hollywood, y lo dijo incluso la mismísima Marilyn Monroe cuando, en un arranque de sinceridad, confesó “todos los pitos que tuvo que soplar” para llegar a la cima, ha sido siempre un gigantesco mercado de carne que (a decir de gente muy informada) se reproduce en pequeña escala en los mercados cinematográficos y televisivos de la mayoría de países.

Más allá de que este fenómeno se dé con la anuencia o no de sus víctimas (algo a lo que quienes quieren ahorrarse algunos peldaños tienen perfecto derecho) lo que llama a escándalo es que recién ahora salte la pus en algo que se conoce desde que el cine es cine.

Recordemos que por acá nomás un recién fallecido broadcaster alardeaba -y le atribuían- haber tenido una especie de harem particular en todas las aspirantes a estrellas, algunas muy connotadas hoy, como si pasar por las armas del rey del ganado fuera parte del currículum de una actriz, una animadora, una cantante o una modelo.

Cierto. No hay que perseguir a los gileritos monses (que los hay en todos lados y dan penita y hasta ternura), pero hay que estar atentos a aquellos que la pegan de galanes sin las angustias del cortejo común y silvestre (sin el cual nuestra especie no existiría), porque para ahorrárselo tienen el dinero suficiente, el cargo que abrirá las puertas o, simplemente, la complicidad de un sistema patriarcal que se remonta a aquellos tiempos feudales donde los grandes señores hacían uso de su sagrado derecho de pernada. Es decir, brincarse a las mujeres que quisieran. Que para ello Dios les dio el poder y la fortuna.

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