Franklin Dávalos

“Es momento de crear desde la confianza y la verdad”

Bailarín, director y coreógrafo.

Gabriela Wiener

Domingo, 3 de Diciembre del 2017

En Bárbaro, montaje de danza contemporánea dirigido por Franklin Dávalos, el cuerpo masculino parece oscilar de la potencia a la fragilidad, de lo singular a lo colectivo, de lo superficial a la desnudez, de la destrucción a un nuevo comienzo. Son cuerpos de hombres, lejos del estereotipo del macho, que se dejan caer, recoger, sostener, consolar. Hombres que bailan y son capaces de recrear entre todos la forma de una flor que hace pensar en cuerpos y mentes que se abren. El actor, bailarín, coreógrafo y director, ecuatoriano de nacimiento y residente en Perú, lleva más de 15 años investigando en las artes escénicas. Actualmente estudia un posgrado en Teatro y Artes Vivas en Bogotá, tras la residencia de creación artística en el Centro de Danza Canal de Madrid, donde empezó a construir Bárbaro. Hoy es el último día para verlo en el ICPNA.

¿En qué está el hombre hoy?

En el momento en el que puede ser parte de un cambio social profundo. Me refiero a la lucha contra el machismo. Yo, como hombre que hace arte, estoy en una búsqueda de mis propias motivaciones para hablar del género desde mi lugar, con la mayor sinceridad. Esta obra es un pequeño paso en el larguísimo aprendizaje de ser quien soy.

¿Por qué la necesidad de crear en torno a lo masculino en Bárbaro en momentos de estallido para el movimiento feminista del Perú y el mundo?

Defiendo mi libertad creativa. La necesidad de crear una pieza que hable sobre la destrucción del ser humano me llevó a mostrar la fragilidad de cuatro hombres, y es allí donde encuentro la relación con el movimiento feminista, en la urgencia de hablar desde nuestras carencias. Los hombres no somos los más afectados pero también somos víctimas del mismo sistema patriarcal.

¿Cómo crees que dialoga tu obra con esta coyuntura?

No podremos entender la magnitud del fenómeno de la violencia de género si no nos ponemos en el lugar vulnerable, pero no para victimizarnos y apropiarnos –una vez más– de una lucha que, si bien nos incumbe a todos, les corresponde a las mujeres protagonizar. Bárbaros quiere reflexionar acerca de fragilizarnos, acerca de nuestra capacidad de amar. Generar un diálogo con nuestras masculinidades es también hablar de fragilidad y de algo tan complejo como la femineidad.

¿En la base del machismo hay también un hombre que no baila, que no puede abrirse?

El niño no llora, el niño/adolescente/hombre no le agarra la mano a otro hombre, el hombre no se sensibiliza, el hombre debe ser el que lleva el dinero al hogar, el hombre no besa a otro hombre, el hombre no puede vestir una falda, el hombre tiene que ser heterosexual, el hombre tiene que tener hijos, el hombre nace con un pene, el hombre tiene un pene, el hombre no usa camisas de colores llamativos, el hombre no usa el ano para el placer sexual, el hombre no usa maquillaje, el hombre cuando baila tiene que saber llevar a una mujer, pero si no baila no importa, es hombre. El cuerpo es un campo de batalla constante entre nuestros deseos y las imposiciones sociales. La danza, alimentar nuestros cuerpos con reflexiones a cerca de lo que viven, es una manera de humanizarnos.

Un hombre que baila no es necesariamente un hombre bueno. ¿Por qué si al parecer era vox populi nadie dijo nada de los abusos de Guillermo Castrillón?

Ningún ser humano que baile o no es necesariamente bueno o malo. Tampoco podemos estar seguros de si conocemos a alguien de verdad. He sido seguidor del trabajo de Castrillón desde que llegué al Perú y he visto la mayoría de sus creaciones desde el 2001. Siempre respeté y admiré las búsquedas artísticas personales que apuestan por lenguajes propios, pero sin duda como espectadores no tenemos consciencia de lo que esos procesos pueden ocultar. Ese espacio íntimo de la creación alberga mucha vida y muchas veces la puesta en escena es solo un reflejo, un destello de lo encontrado después de mucho trabajo y convivencia. Ese espacio siempre debería ser sagrado y cuidado, casi ritual, pero en ningún caso debería convertirse en una posibilidad de aprovechamiento. El poder que el creador tiene en esos momentos de tanta vulnerabilidad es enorme y es inhumano que sea usado para un beneficio personal. El silencio es nuestro primer reflejo porque no nos han enseñado a denunciar, ni a defendernos, e intuimos que nadie nos creerá, por eso es tan importante el inmenso valor que han reunido las víctimas para contarlo. Yo me sigo preguntando cuál es el mecanismo para romper la triste cotidianidad del silencio.

¿Qué crees que sentirías si volvieras a ver alguna de las obras de Castrillón?

La pregunta que me hago en realidad es de qué manera vamos a mirar y mirarnos en nuestros procesos creativos en ese espacio que compartimos con los espectadores. Me preocupa la satanización de un arte, el de la performance por ejemplo, por una práctica deleznable concreta. Pero también es el momento de enfrentarnos a nuestros peores fantasmas, a todo lo que hemos callado. Es el momento de hablar, de depurar nuestros discursos y acercarnos a una escena cada vez más sensible. No hablo de hacer productos políticamente correctos sino de revisar nuestras convicciones y acciones, de acompañar nuestro trabajo de un discurso humano que ayude a la construcción de una sociedad más abierta, sensible y consciente. Es momento de avanzar, de crear desde otro lugar, el de la confianza y la verdad.

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