Pacaya Samiria

Apuesta por la biodiversidad

Entre tortugas taricayas, delfines y exóticas aves, el viajero que se interne en la Reserva Nacional de Pacaya Samiria, en Loreto, encontrará refugio en el Ivy Mara Ey. Este albergue, administrado por comuneros que protegen la biodiversidad de la selva, es un modelo del nuevo turismo vivencial en las áreas naturales protegidas.

Óscar Miranda

Lunes, 6 de Noviembre del 2017

Una agitación en la arena. Un ligero temblor provocado por una nariz, la nariz de un animalito verde que acaba de romper el huevo donde estuvo alojado durante dos meses y que ahora asciende en busca de la luz.

Los científicos lo llaman Podocnemis unifilis. Su nombre común es taricaya. Pero aquí en Yarina y en el resto de pueblos asentados en la Reserva Nacional Pacaya Samiria, en Loreto, entre ríos de aguas negras y una vegetación hermosa y salvaje, la gente le dice “charito”. Un nombre amoroso. El nombre de una niña traviesa. El nombre de una sobreviviente.

–¡Cuidado pisas a las charitos!, le gritan a Melissa, que les está tomando fotos de cerca a la tropa de taricayas que salen de los nidos.

Son decenas. En estas dos playas artificiales, construidas por el grupo de manejo de taricayas Unidad de Pesca Comunitaria (UPC) de Yarina, hay 1,500 nidos. Alrededor de 60 mil individuos, un centenar de los cuales está rompiendo su cascarón y surgiendo de la arena ante nuestros maravillados ojos.

Somos unos privilegiados, por supuesto. Primero, porque hemos llegado a Pacaya Samiria justo en la época de la eclosión de las nidadas, que ocurre entre setiembre y noviembre. Y segundo, porque los dirigentes de la UPC nos han permitido asistir a este momento maravilloso, cavando con sus dedos han incentivado la eclosión en una veintena de nidos y en un rato nos permitirán participar en la liberación de un grupo de charitos, cuyos cuerpos ya están listos para sumergirse en el río.

Los dirigentes han hecho todo esto porque es lo que siempre hacen cuando vienen los turistas a la cuenca del río Yanayacu. Es lo que les enseñó el fundador de la UPC, el hombre que pobló Yarina antes que nadie hace treinta años y que ahora es el principal promotor del turismo sostenible en este rincón de la reserva. Linorio Novoa (65), el administrador del albergue Ivy Mara Ey. Nuestro anfitrión en esta visita.

 

APRENDE A CONSERVAR

 

Sentado en la proa de la lancha “Mario I”, mientras avanzamos por el río Yanayacu hacia el albergue, Linorio siente aflorar el arrepentimiento. Y no se lo guarda.

–Si yo hubiera sabido que iba a tener esta actividad, no hubiera talado tantos árboles, dice mirando la orilla.

–Ahorita estaría enseñándoles “mira este árbol, mira este otro”.

Hasta hace unos años, Linorio fue un maderero ilegal. Extraía de la reserva cedro, caoba, lupuna y otros árboles maderables que vendía en los aserraderos de Iquitos. Hacía lo que hacían casi todas las familias en la cuenca del Yanayacu–Pucate. Sacar la madera, cazar animales de monte, pescar, comer los huevos de taricaya, todo indiscriminadamente, sin pensar que en algún momento podían acabarse los recursos.

A mediados de los noventa, técnicos de la ONG Pronaturaleza les enseñaron a los habitantes de Yarina, 20 de Enero, Buenos Aires y otras comunidades de la cuenca que se podía extraer los recursos de la selva sin desperdiciarlos.

Por ejemplo, les enseñaron que no era necesario tumbar las palmeras para recolectar el aguaje sino que podían hacerlo trepando por el tronco, con rudimentarias herramientas, y así dejar que el árbol siguiera dando sus frutos por los siguientes años. A los vecinos de la cocha El Dorado, en Manco Cápac, les enseñaron a aprovechar responsablemente el paiche. Enseñaron a todos los que quisieron aprender el manejo responsable de la taricaya y la tortuga charapa.

Y pocos años después, otra ONG, llamada Green Life, enseñó a Linorio y a otros líderes comunales que esa cuenca privilegiada por la naturaleza podía ser un destino magnífico para los turistas que llegaban al Perú emocionados por conocer la misteriosa belleza de nuestra Amazonía.

Fue así que nació el albergue Ivy Mara Ey.

 

LA TIERRA SIN MAL

 

Linorio está de buen humor.

Ayer llegó de visita a la reserva la ministra de Ambiente, Elsa Galarza, a renovar, en una ceremonia simbólica, el contrato que 42 grupos de manejo de taricayas tienen con el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp). Aprovechó para reconocer la experiencia de turismo sostenible que Linorio y su equipo desarrollan en la reserva, y anunció que este modelo se replicará en el resto de áreas naturales protegidas del país.

Ivy Mara Ey significa “Tierra sin mal” en idioma cocama cocamilla, la etnia originaria de estas tierras. Está ubicado pasando la comunidad de Yarina, a cinco horas en lancha de la ciudad de Nauta. Construido totalmente de madera y techado con palma de yarina, tiene tres bungalows y 16 camas de capacidad. La electricidad proviene de paneles solares. El agua, de un pozo artesiano. Es el único albergue reconocido oficialmente por el Sernanp dentro de la reserva (hay otros lodges, pero están en la zona de amortiguamiento).

Lo cierto es que estamos en medio de la selva. De día y de noche escuchamos los llamados del mono aullador, del paucar y del tapir. De paseo por el río vemos lagartos, vemos taricayas, vemos unos halcones que acá llaman mama viejas, vemos pumagarzas, tuki tukis y camungos. Vemos unos árboles centenarios llamados renacos, que los locales llaman “árboles caminantes” y bajo los cuales los chamanes de la ciudad llevan a los turistas a beber ayahuasca y a conectarse con la naturaleza.

Nuestra visita será breve, pero el programa de actividades en Ivy Mara Ey es muy variado. Incluye caminatas nocturnas para ver a las aves de la noche, paseos en lancha buscando monos, aves y lobos de río; un día de playa en la poza Llacchihuay, donde se puede nadar cerca de bufeos; capturas de lagartos (para después soltarlos); expediciones por la Ruta del Cauchero; visitas a la comunidad de Yarina para compartir con los vecinos y, si es la época correcta, participar en la eclosión y la liberación de taricayas.

La Ruta del Cauchero es un viaje a la época en la que Loreto y gran parte de la Amazonía vivían el boom del caucho. Manuel Correa (44), el guía del albergue, nos interna por senderos en los que encontramos árboles de shiringa que todavía tienen las marcas de las herramientas con las que les extraían el látex. Uno de ellos todavía tiene una de las heridas abiertas. Algunos de los visitantes exploramos la herida. Y la goma blanca aparece en la punta de nuestros dedos. Entre finales del siglo XIX e inicios del XX, miles de nativos fueron explotados hasta la muerte para obtener esta preciada sustancia. Fueron años dolorosos.

Nos hallamos frente a un gigante. Es una lupuna centenaria, como las que tumbaba Linorio en sus épocas de ilegal. Manuel nos cuenta que este es un árbol mágico y que los turistas suelen abrazarlo largo rato para capturar su energía. Hace un tiempo, un italiano que se había separado de su mujer se quedó agarrado del tronco durante 20 minutos. Tras volver a su país, telefoneó al albergue para contar que había recuperado a su amada.

 

MANEJO RESPONSABLE

 

El viaje termina en una playa, cerca de un campo de sandías. Un grupo de niños de Yarina va a liberar a medio centenar de charitos. Aquí se cierra el círculo que comenzó en julio, cuando los socios de UPC recogieron los huevos en las playas para evitar que los capturaran los depredadores animales y, sobre todo, humanos. Que continuó cuando los reanidaron en las playas artificiales del pueblo y cuando, tras la eclosión, setenta días después, los colocaron en tinas para que se les secara la pupa y sus cuerpos se prepararan para sumergirse en el agua.

Hubo un tiempo en que había muy pocas taricayas en Pacaya Samiria. Desde que el Sernanp comenzó la experiencia de los grupos de manejo, siguiendo la metodología que creó en los setenta el investigador finlandés Pekka Soini y que promovió en los noventa Pronaturaleza, la población de tortugas acuáticas se ha recuperado muchísimo. No hay cifras para toda la reserva, pero se sabe que en 1995 solo en la cuenca del Pacaya se contaron apenas 92 nidos y que actualmente hay más de 12 mil.

El sistema es beneficioso con todos. Una parte de las taricayas recogidas es liberada en los ríos. Otra parte se destina al consumo. Y una tercera parte se comercializa, lo que genera un ingreso para las familias. Recientemente, Wildlife Conservation Society (WCS) ha creado una base de datos para sistematizar toda esta información. La alianza entre el Estado, las ONG y la población local para proteger a esta especie parece más fuerte que nunca. Y esa siempre será una gran noticia para los hombres y mujeres que, como Linorio Novoa, impulsan el turismo ecológico en esta selva esplendorosa. En esta tierra sin mal.

• Dato.

Si quiere hospedarse en el albergue Ivi Mara Ey puede llamar al 965-868-326 y preguntar por Linorio Novoa. También puede escribirle a linorio_novoa@hotmail.com o visitar su página web: https://www.pacaya-samiria.com/lodge-Info.html

Si yo hubiera sabido que iba a tener esta actividad, no hubiera talado tantos árboles”. Linorio Novoa. En 1995, solo en la cuenca del Pacaya, se contaron apenas 92 nidos de taricaya. Actualmente hay más de 12 mil.

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