Entre ruedas y patas

La vida con mascotas discapacitadas

Un perro ciego que persigue palomas. Una gata y una perrita parapléjicas que tienen sillas de ruedas hechas de material reciclado. Las historias de las mascotas discapacitadas son un mundo aparte, uno lleno de audacia y dedicación.

Juana Gallegos

Domingo, 29 de Octubre del 2017

Shanti es solo la punta de la madeja, si jalamos se abre un mundo.

Shanti es una gatita de diez meses que tiene paralizadas las patitas traseras. Fue rescatada hace nueve meses por un obrero de construcción que la recogió de un desmonte de la avenida Pershing. Guillermo era un damnificado piurano de El Niño Costero que, haciendo de lado su desgracia, la llevó consigo, agonizante, envuelta en una toalla.

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Sin dinero para hacer algo por la gata, pidió ayuda, pero todos le voltearon la cara hasta que se cruzó con la doctora Verónica Espinoza, a quien le lloró. Verónica, primero con miedo luego con pena, correspondió y juntos la llevaron a una veterinaria cercana.

Al parecer, la gata había sufrido una caída que le fracturó una vértebra lumbar. Paralizada de la cadera para abajo, no podía controlar los esfínteres por lo que no había evacuado por días. El veterinario le dijo a Verónica que mejor era “dormirla”, que así no podía vivir.

Verónica no aceptó, esperaría a ver su respuesta al tratamiento.

Ahora la vemos. Shanti acaba de pasar como un fantasma entre nuestras piernas, se impulsa con las patas delanteras, arrastra las traseras sin problema, sin conciencia, como si fueran otra cola. Shanti, que proviene del sánscrito y quiere decir paz interior, ha mejorado después de meses de terapias de nado y estiramientos. Poco a poco.

Shanti vive en esta casa con cinco gatos más, una de ellas, Misi Mosa, también tiene una discapacidad. Por una malformación genética nació sin ano, le pronosticaron una vida de tres meses y ya ha cumplido los 12 años. Requiere mucha dedicación, medicación y dieta especial. A la dueña también le dijeron en su momento que la durmiera, a lo que ella respondió: "¿Si te naciera un hijo con síndrome de Down, ¿lo dormirías?".

Ahora Verónica termina de colocarle la pechera a Shanti, que ni bien tiene todo en orden, empieza a correr por la sala sobre ruedas. Shanti se moviliza con la ayuda de una silla rodante hecha con materiales reciclados. Y aquí es donde jalamos la madeja y Shanti nos lleva a Larissa Petrlik.

Ruedas para las patitas

Larissa es una abogada que se mueve entre restos de cochecitos de bebé, llantas de carritos de compras y fracciones de tubos de aire acondicionado. Una de las habitaciones de su departamento, en San Miguel, es su desguazadero privado. Aquí convierte la chatarra reciclada en sillas de ruedas para animales discapacitados.

En tres años ha soldado 300 sillas de todo tamaño y para cualquier especie, para un dogo, un gatito cachorro, un conejo, una ardilla.

Para los rescatistas y los dueños de animales parapléjicos, Larissa es la respuesta a todas sus angustias. Un andador de fábrica les costaría hasta 700 soles en las veterinarias, ella los confecciona por 80, a precio de “coste social”.

Y cuando no tienen con qué pagar, lo que Larissa pide a cambio es materia prima: un triciclo viejo, un andador, las ruedas de un scooter. Todo es útil para esta amante de los animales que se metió de cabeza en esta actividad primero por terapia y luego por apasionamiento.

Al sufrir un accidente, dejó de trabajar por cuatro meses como abogada. Para ese entonces ya conocía de cerca las barbaridades que se cometían contra los animales. Como letrada asesoraba a gente que había perdido a sus mascotas por envenenamiento.

Un día, navegando en internet, conoció el caso de Cutty, una perra atropellada que había perdido la movilidad de las patas traseras. Se contactó con la rescatista que la salvó y esta le habló del dineral que había invertido en su silla de ruedas y fue así como a Larissa se le ocurrió el que ahora es su proyecto de vida: “Cuatro Patas Sillas de Ruedas Perú” (búscalo así en Facebook).

Luego, uno tras otro, empezaron a llegar los casos a su taller: Dulce, de San Juan de Lurigancho, una perra a la que encontraron en un basurero con la columna doblada; Candy, una cocker spaniel a la que atropellaron y abandonaron en Pachacútec; Chispita, de Trujillo, otra perra atropellada a la que tuvieron que amputarle las patas traseras. Fueron las primeras a las que Larissa les confeccionó las sillas de ruedas, asesorándose de un cirujano traumatólogo.

Fue Larissa quien le hizo la prótesis a Laica, la otra perra de esta historia.

¿No estás siendo cruel?

No es muy común verlos en las calles y si los ven llaman la atención y le sacan una sonrisa hasta al más caralarga, pero no todo es miel. La primera vez que Larissa sacó a uno de sus perros en ruedas a la vereda de su cuadra, una vecina llamó al Serenazgo.

A la rescatista Sarita Torres, la mamá adoptiva de Laica, le han hecho comentarios como "Deberías sacrificarla, está sufriendo" o "¿No estás siendo egoísta?".

Laica fue rescatada en un estado catastrófico. Fue atropellada en Pucasana y por diez días permaneció postrada en la carretera. Nadie la atendió. Se le formaron escaras que le abrieron la piel hasta dejar ver sus huesos.

Sarita, quien trabaja paseando perros y es además rescatista, la trajo a Lima, juntó un dinero con sus amigos y logró costear la atención médica de la perra que tenía la columna fracturada y parte de la médula espinal necrosada.

De eso ha pasado un año. Tras dos operaciones, sesiones de acupuntura y terapias de electrodos y ozono, Laica hoy camina, rueda, por las calles de Jesús María apoyada en su silla made in Larissa.

Sarita le paga mensualmente un canil en un albergue para perros, y ya que labora la jornada completa la saca a pasear por las noches. Sabe que la atención y la responsabilidad de tener un animal discapacitado es doble.

Lo mismo supo Verónica cuando acogió a Shanti. Pese a los contratiempos y, en un acto de bondad extraordinario, ambas lo asumieron. Pero hay una cuestión que se plantearon en su momento:

“Hubo gente que me dijo que era cruel. Al comienzo tampoco estaba segura de si Shanti iba a ser funcional, pero cuando vi a otros animales discapacitados que vivían bien, decidí ayudarla", dice Verónica.

Empatía pura

Para Mariella Checa detrás de su amor por los animales no hay tintes de superioridad moral. No es mejor que los otros por hacerlo: "Yo ayudo a un animal atropellado como ayudaría a un humano atropellado, es un impulso, llámalo empatía si quieres", dice la periodista, la humana de Magú, un perro ciego que llegó a ella como los otros diez con los que convive: porque alguien descorazonado lo abandonó a su suerte.

Este boyero de Berna que ha perdido la visión en los dos ojos apareció un sábado totalmente desorientado en la puerta de su casa. "Estaba ciego y alguien lo abandonó, dice Mariella, simplemente lo tiró a la calle sabiendo que iba a morir de hambre y frío. Nunca vinieron a buscarlo".

¿Quién tiene corazón para hacerlo?, ¿quién tiene corazón para acogerlos?

En tiempos en que las mascotas se han vuelto meros adornos o símbolos de estatus, hay a quienes no les importan los defectos y los asumen. Una mascota con discapacidad es una responsabilidad que requiere dinero, espacio y tiempo pero sobre todo bondad y audacia.

No hay necesidad de tener un pastor alemán de publicidad de alimento para perro para ser feliz. En eso coinciden estas cuatro historias.

"Ella no sabe que es discapacitada, la discapacidad se la ponemos nosotros, ella hace su vida normal, corre, come, juega", dice Verónica, mientras Shanti vuelve a pasar como una flecha entre nuestras piernas y de un impulso clava sus garras y se alza sobre uno de los cojines del sofá. Se posiciona en su trono como solo un gato lo hace.

A la rescatista Sarita Torres, la humana de Laica, le han comentado: ‘deberías sacrificarla ¿no estás siendo egoísta?’.En tres años ha soldado 300 sillas de todo tamaño y para cualquier especie: para un dogo, un gatito, un conejo, una ardilla.

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