Eduardo Mendoza de Echave

“Si Abimael hubiese tenido un mínimo de coherencia debió morir el día de la captura”

Eduardo Mendoza de Echave. Director de cine.

Gabriela Wiener

Domingo, 24 de Septiembre del 2017

Eduardo Mendoza de Echave (Lima, 1975) es de nuestra generación, la de los niños que solo nos dormíamos después de oír que nuestros padres entraban por la puerta, porque eso quería decir que esa vez, al menos, ninguna bomba les había alcanzado. La noche del 12 de setiembre de 1992, Eduardo estaba en el cumpleaños de una amiga. “Fuimos a ver la tele y vimos el flash. Me quedé helado –cuenta 25 años después el director de La hora final, la primera película peruana que narra la gesta policial que concluyó con la captura del líder de Sendero Luminoso–. Vivíamos con la sensación de que Abimael estaba en todos lados y en ninguno. Y ahora estaba ahí. Recuerdo haber pensado, te lo juro, que si algún día hacía una película, tendría que estar ese momento”. Poco después hubo un apagón y regresó a su casa corriendo. “Recuerdo los gritos de la gente por la calle: “¡Lo cogieron!”, “¡Viva el Perú!”. No era una fiesta. Había mucha tensión. Teníamos miedo de la respuesta de Sendero –advierte–. Los helicópteros nos sobrevolaban. Estábamos dentro de una película”. Ahora la película, su película, está dentro de nosotros.

¿Siempre estuvo en tus planes rodar dentro de la verdadera casa de Los Sauces?

Ni me lo imaginaba. Buscaba una locación. Cuando me dicen que tienen una casa a cinco cuadras de los Sauces dije ¡Ah! ¿Y por qué no tocamos la puerta de la real? Lo hicimos y la señora se negó en rotundo. Fui yo mismo. Ni bien me vio me preguntó: “¿Sabes cuánta gente me ha tocado la puerta en los últimos 25 años? Miles”. “¿Y sabes a cuántos les he abierto la puerta? A ninguno”. Pero hablamos. Me contó cuando conoció a Maritza. Que no se imaginaba que esa chica tan..., las niñitas, el ballet. Fui convenciéndola, le pedí primero la fachada, después la escalera, luego la puerta, el corredor... Hasta que nos abrió su casa.

¿Qué se siente en esa casa?

Una energía fuerte. Encima la señora me iba contando: Aquí Abimael salía a fumarse sus cigarros, acá le lavaban la ropa, aquí habían puesto la mampara, aquí bailaban las niñas... Pobre señora, casi se muere cuando vio su casa en la televisión. Sendero lanzó hasta dos veces cartuchos de dinamita en esa calle pensando que había sido un soplo.

Te han pasado más cosas increíbles con esta película.

Sí, otra cosa loca fue grabar al lado de dos agentes que estuvieron en la captura. Yo estaba con el monitor, haciendo la escena con Pietro y el agente me dice: “No, yo en realidad dije otra cosa cuando lo vi” y dije ¡Corten! Fue alucinante grabar en la casa donde capturaron a Abimael con la persona que capturó a Abimael diciéndome la frase exacta: “Quédate quieto, tú te mueves y yo te mato, mierda”.

Si Netflix te propusiera hacer la serie de Abimael, tipo Narcos, ¿la harías?

Sí, porque la cantidad de material y de historia que hay alrededor de la captura y que he podido juntar es muy grande y aprovechable y no entra en una película. Sería interesante, aunque no la eternizaría como Narcos.

¿Con qué película peruana que haya abordado los años de la violencia te quedas?

A mí la película que me toca y me mueve, y no solo por el tema sino que me hace pensar en querer ser director de cine, es La boca del lobo, de Lombardi. No tenía ni idea de lo que significaba hacer una película todavía pero me hizo soñar. Yo tenía ocho años y no me dejaron verla. Me conseguí el VHS. La vi tantas veces que me sabía los diálogos de memoria. Recuerdo que mi familia terminó incautándomela, pensando que la película me estaba volviendo loco. Desde esa época me quedé con la idea de algún día dirigir a Toño. Ha sido tan bonito dirigirlo y es bonito que sea su vuelta al cine después de diez años.

¿Por qué contar la relación entre miembros de bandos distintos?

Porque creo que existe hasta ahora una lectura equivocada de que toda la maldad recayó sobre un hombre y que él a través de una especie de hechizo la contagió a un montón de peruanos. Más allá de la insania y el ego de Guzmán, su mensaje tuvo eco. Y en parte porque a fines de los 70, el Estado peruano tenía abandonada a la mitad del país, había frustración y rabia. En lugar de haber atacado a la gente que decía representar, otra persona con más lucidez y estrategia podía haber llegado al poder, pero Sendero se equivocó clamorosamente. Sin embargo, demonizarlo es un error, hay que humanizar a estos personajes para que se hagan responsables de sus actos. En la película Abimael es un fantasma, pero está ese chico de Sendero que como tantos jóvenes se enroló porque sintió que ese era el camino hacia un país más justo y realmente lo creyó. Eso, claro, duró poco. Y pronto se vio al Sendero más cruento.

La realidad era mucho más compleja que una cosa de buenos y malos.

Mi idea era huir de los maniqueísmos. ¿Qué pasaba si no era tu hermano, sino tu primo, o un amigo, o un compañero de carpeta en la universidad como me pasó a mí? ¿Qué haces? ¿Hablas, lo cuentas, lo delatas, si al día siguiente hay un coche bomba te sientes culpable, sigue siendo tu amigo o es tu enemigo, cómo te enfrentas a él? Esos dilemas que vivieron miles de peruanos, pensar en qué bando colocarse, me interesaban para la película.

¿Cómo reacciona la gente a tu película?

La gente aplaude en San Isidro y en San Juan de Lurigancho. He ido a 13 cines y en 11 se pararon para aplaudir. Lloran, me abrazan. Y en redes me atacan los fujimoristas.

¿Cómo viviste la salida de Maritza Garrido Lecca en la víspera del estreno?

Se volvió un reality. Estuvo muy mal de parte de la prensa generar temores para a través de eso tener titulares.

Entre filmar la vida de Lurgio Gavilán y entrevistar a Abimael Guzmán. ¿Con cuál te quedas?

La primera. Si Abimael hubiese tenido un mínimo de coherencia debió morir en su ley el día de la captura. El tipo es una farsa: el día que le ofrecieron una mejor cama, el periódico del día, un café caliente y la visita de su mujer, dijo dónde firmo. Después de haber empujado a un país a la guerra. Me quedo con Lurgio.

¿Por qué Benedicto acabó así?

Benedicto se resintió por no haber sido reconocido. Recién 25 años después el Estado reconoció al Gein, una verguenza. Ellos arrancan con cinco agentes en un depósito, con una sola silla rota. Compartían un menú para dos. Tomaban latas de leche Gloria para llenarse la barriga. Benedicto postuló cinco veces a general y se lo negaron. No hay un solo agente que hable mal de él. Consiguió darle una mística a un grupo de chiquillos y ese mérito nadie se lo puede quitar.

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