Eduardo González Viaña

“Vivo en un país encanallado”

Escritor.

Gabriela Wiener

Domingo, 17 de Septiembre del 2017

Hace cerca de 30 años que Eduardo González Viaña es catedrático en Estados Unidos, pero cree vivir más cerca del Perú que muchos que nunca salieron. Eso y su condición de escritor le confieren algunas obligaciones. Por ejemplo, es un reconocido activista por los derechos del inmigrante latino en ese país y defiende el uso del español en comunidad. Aunque ha sido devoto de algún café literario en Lima y pese a que no es un autor desconocido, se considera un “ermitaño de la literatura”. Su insularidad no le impidió ser el año pasado uno de los tres finalistas del millonario Premio Planeta de novela con El camino de Santiago, que ahora se publica rodeada de polémica. Su protagonista, Santiago, es hijo de la maestra que fue violada y muerta en Accomarca. Desde muy niño tuvo que vivir huyendo porque un comando militar había ordenado el exterminio de los sobrevivientes y testigos. Nunca pudo usar su verdadero nombre. “Se fue del Perú en busca de los sueños de América porque cuando no tienes patria, tienes que inventarla”, dice el escritor.

En estos tiempos de crispación por el miedo a un rebrote senderista, ¿te sorprendió que algunos hayan recibido con recelo tu novela?

A través de las redes sociales y de la prensa, diversas voces me llamaron a la prudencia y otras exigieron que mi libro fuera prohibido. ¿Sus razones? El camino de Santiago aborda uno de los momentos más feroces de la guerra interna que ha vivido el Perú. Los más prudentes dijeron que ciertas páginas eran muy crudas. Los prohibicionistas la acusaron de ser una “memoria sesgada”. En la misma semana se destituyó a Nugent del LUM y se anuló el nombramiento diplomático de Raúl Tola. Se exigía que las tumbas de los ejecutados en El Frontón fueran dinamitadas porque ofendían a los perpetradores. Con ese criterio los campos nazis de concentración de Dachau o de Buchenwald deberían ser dinamitados o convertidos en disneylandias para no ofender a los admiradores de Hitler. Creo que, en estas circunstancias, los escritores podemos y debemos ser la memoria.

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El Camino de Santiago hace alusión a la célebre peregrinación religiosa que realizan los católicos en Santiago de Compostela (España), ¿crees que existe un paralelismo entre la religión y la tendencia mesiánica con que algunos siguieron determinadas ideologías?

“Se tiene por peregrino en sentido estricto a aquel que se dirige a la mansión de Santiago o vuelve de ella”, dice Dante en la Vita Nuova; y yo que es una metáfora dantesca de las migraciones como el camino a través del infierno para llegar a un paraíso de cuya existencia no estamos muy seguros. De lo particular a lo general, el cercenamiento de la idea de nación, las crisis de la Iglesia y de las instituciones nos han acarreado un nihilismo ideológico, religioso, político y social, todo nos hace transitar por rutas que ni soñábamos. He hecho ese camino varias veces porque he vivido en España y porque fui profesor visitante en la Universidad de Oviedo. Supongo que al morir encontraré el paraíso que tanto tiempo he buscado.

Desde hace algún tiempo se ha hecho más visible el tratamiento de la guerra interna desde la ficción, ¿consideras esto un síntoma de salud para una reflexión necesaria?

Eso es lo que he querido pensar. Sin embargo, en este momento siento que vivo en un país encanallado. Hasta hace exactamente dos años, lo que era y lo que debía ser el Perú se escuchaba con respeto en las palabras de algunos historiadores, escritores y periodistas. Ahora no es así. La patria de nuestros días es cotidianamente definida por algunos misioneros que nos amenazan con el decálogo en mano, bárbaros que quieren dinamitar tumbas o por algún individuo que se proclama la conciencia del país y que profiere improperios racistas a pesar de que él es zambo.

El Camino de Santiago lleva a dos protagonistas de la guerra contra Sendero, la masacre de Accomarca, a la frontera de Estados Unidos y México, ¿qué te llevó a realizar esta aparente descolocación de estos personajes y la memoria como telón de fondo?

Todo me conduce a escribir con esa memoria en el telón de fondo. Nuestra historia como nación no se construye con nuestro propio argumento sino con el de aquellos que promueven el olvido. Es bien sabido que el pueblo que no conoce su historia no comprende su presente y, por lo tanto, no lo domina y permite que otros lo hagan por él. Vivimos una democracia de bajo nivel y su causa principal es que está asentada sobre el olvido. Entre los administradores de esa amnesia colectiva se encuentran personas que claman contra la corrupción habiendo sido ellos quienes recibían la puntual dádiva de Odebrecht o contra el terrorismo y son, al mismo tiempo, seguidores del hombre que administraba los espantos terroristas del Grupo Colina.

Decía el poeta venezolano Rafael Guerrero que una frontera era “la línea más oscura de los mapas”. ¿Cómo definiría usted este espacio que es a la vez de espacio y separación?

Lo hago al comienzo de mi novela con las palabras de un campesino mexicano:

—Oye, Francisco. Algo debe de estar fallando en tu país porque todo el mundo quiere venirse para los Estados Unidos.

—Pos para mí que es al revés, don Mickey. Algo debe de estar fallando aquí que nosotros tenemos que venir para arreglarlo.

Representas todo lo que Donald Trump más odia, ¿cómo vive un peruano como tú la persecución del presidente norteamericano al inmigrante? ¿Y el resto?

Unas 200 ciudades de los Estados Unidos, incluida Washington DC, se han proclamado santuarios de los inmigrantes. Los norteamericanos más conscientes apoyan nuestra causa y basan esta posición en los padres fundadores del país que aseguraron, en la Constitución, el derecho de todos a la búsqueda de la felicidad. No creo que el hombre del peluquín continúe en la Casa Blanca más de cuatro años.

En estos días vivimos una especie de circo mediático por la excarcelación de algunos terroristas, por ejemplo Maritza Garrido Lecca. ¿Cuál crees que debe ser el tratamiento de la sociedad con estas personas que ya han purgado sus penas?

Por ratos siento que vivimos en los tiempos de la Inquisición cuando los familiares de los herejes y de los rebeldes estaban prohibidos de enterrar a sus muertos o de rendirles culto alguno. Parece también que los excarcelados tendrían que andar como en esa era funesta con cucuruchos y letreros ofensivos. Nunca en toda mi vida he sido consciente de tanta perversidad ejercida contra una mujer. Nunca he visto tanta cobardía ni tanta misoginia.

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