Hombres araña

La primera escuela de parkour en Lima

Aunque parece, ni tienen poderes sobrehumanos, ni están locos ni arriesgan sus vidas. Lima Traceurs, y una incursión en el primer gimnasio de parkour en el Perú. Su filosofía: "No lo hagas cuando te salga bien, sino cuando no te vaya a salir mal".

Renzo Gómez

Domingo, 10 de Septiembre del 2017

Tres muchachitos, apenas uno mayor de edad, saltarán sobre el techo de una vieja casona virreinal de dos pisos, en el Centro de Lima.

No llegaron a la azotea subiendo por una escalera, como los mortales, sino trepando una soga, y encaramándose como gatos por un baño.

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Y ahora están allí, ansiosos porque los transmitan en vivo, al borde de un hueco enorme y rectangular donde alguna vez hubo un vitral, y cabrían fácilmente dos ascensores.

Antes de tomar vuelo, Lorenzo Rodríguez (17), Jeremi García (17) y Dayer Blas (18) sonríen buen rato, parados o en cuclillas, inconscientes de los siete metros de caída libre que triturarían sus delgados y fibrosos cuerpos en segundos.

Abajo les espera un suelo gris de mayólicas sucias. Un piso abandonado que cuida un guardia, en estos momentos, completamente dormido sobre su silla, con un periódico cubriéndolo como una frazada.

-Suerte, los quiero- dice a mi lado, desde el segundo piso, un pelucón desgarbado, con cámara en mano. Es Diego Finrandi (27), fundador y director de Lima Traceurs Parkour Perú.

Los 'chibolos' retroceden, y una vez que todas las cámaras apuntan, expectantes, hacia el hueco, empieza la cuenta: tres, dos, uno...va.

Brazos estirados y zancada larga. Todos a la vez. Los cuerpos no caen, por supuesto. Lo único que cae es pintura descascarada, y polvo.

El video marca un segundo; el ojo humano se deja engañar, como en las volcadas de la NBA. La diferencia es notoria: mientras Lebron James la clava a un metro del piso; Lorenzo, Jeremi y Dayer se suspendieron a siete metros, una altura que garantiza fracturas y postraciones.

Ninguno es un extraterrestre. Ninguno fue un inconsciente al saltar. Los tres integran desde hace más de dos años el grupo de Lima Traceurs, y estaban seguros de conseguirlo. Plena y tranquilamente.

En lo más alto

-Hombros y caderas señalan arriba. Uno sube y el otro también. Si tu espalda está encorvada perderás altura.

Con las manos apoyadas en un cubo de madera, Alejandro Laverde (23) -moreno, cabello corto y pegadito, brazos con venas marcadas- le da las claves a Daniel Goñi (27) para hacer un kong press. Un salto en cuatro patas, muy similar al de un simio.

Es la sexta clase de Goñi, uno de los 18 alumnos de la escuela, el único en horario de mediodía este miércoles.

Mientras una parte del grupo se para de cabeza, se balancea sobre una varilla de metal o clava redondas estacas sobre una agujereada tabla de madera, Alejandro Laverde y Marco Roncal se ocupan de Goñi, un empleado que escapa del bullicioso Jirón de la Unión dos veces por semana hasta esta casona virreinal para conocer sus límites.

Al lado de una bodega y enfrente de una playa de estacionamiento, el gimnasio pasa inadvertido. Un ideograma chino encima de un portón de metal es la señal más visible. Pero no, no es una escuela de kung-fu.

El parkour no es un deporte sino más bien una disciplina, parida de la observación. En los albores del siglo pasado, un oficial naval francés llamado Georges Hébert ideó un método de entrenamiento a partir de sus expediciones en África.

“Cuerpos espléndidos, flexibles, ágiles, hábiles, exactos y resistentes, sin más entrenador en la gimnasia que su vida en la naturaleza”, contó.

Con los años el método fue perfeccionado por un padre y su hijo, Raymond y David Belle, franceses con ascendencia vietnamita. De ser empleado con fines militares pasó a ser

un asunto de herencia e identidad.

Atraído por el imperio hollywoodense, Belle hijo se convirtió en un cotizado doble de riesgo, y la k reemplazó a la c por cuestiones marketeras, pero la esencia quedó instaurada: parkour es el recorrido; y traceurs, quienes lo recorren o trazan.

La tecnología y su menú de videos a la carta lo regó como pólvora. Los extremos afinaron su observación e imitaron, mientras que los cautos comenzaron a mirarlos como superhéroes o dementes.

“No saben el proceso. Es como no conocer el fútbol y ver a Messi, de repente. Crees que es un mago, cuando detrás de ese gol hay un millón de repeticiones. Con el parkour es lo mismo”, anota Marco Roncal, ingeniero mecánico que en noviembre renunció a una empresa de pozos petroleros para ponerse el buzo de profesor de parkour a tiempo completo.

Fundado oficialmente el 28 de julio de 2009, recién en noviembre del año pasado, siete años después, Lima Traceurs abrió su sede, y su gimnasio, el primero de parkour en el país.

El ideograma chino de su logo es la unión de la ele y la t, y significa -según un alumno oriental que pasó por la escuela- “lo más alto”.

-Los antebrazos. La fuerza proviene de los antebrazos-le indica Alejandro Laverde a Goñi, el alumno solitario que en la última hora y media ha aprendido a pararse de cabeza.

En el otro ambiente, un gato naranja llamado 'Mandarina' trepa la misma soga por la que subieron Lorenzo, Jeremi y Dayer.

Acabo de ver a Messi, evidentemente. Al Messi más felino y apeligrado.

Recursos donde no había

La primera gran prueba de los iniciados es 'Reina de la muerte'. Agrupados en tres o cuatro, los Traceurs se juntan en el Faro de Miraflores para bajar todo el tramo hacia la playa enganchados en las barandas, haciendo planchas en cada descanso y descendiendo cada escalón en cuatro patas.

El circuito le tarda una hora a los experimentados. Duele imaginar cuánto a los primerizos. Aun así, Alejandro Laverde sostiene que cualquiera, con la técnica adecuada, es capaz de salir airoso.

-El cuerpo tiene más recursos de lo que creemos. Hay mucho más donde creíamos que no había- dice.

¿Cuál es el origen de un nombre tan intimidante? Diego Finrandi ríe avergonzado, y tras unos segundos responde: Los caballeros del Zodiaco. Se refiere al entrenamiento recibido por Ikki, el caballero del Fénix, en el dibujo animado, inspirado en el manga japonés.

Aunque la filosofía del colectivo es “no lo hagas cuando te salga bien, sino cuando no te vaya a salir mal”, las épocas de Diego -quien se cachuelea como fotógrafo- fueron distintas.

Lo suyo fue exploración, y ensayo-error. “Yo aprendí parkour y sentía que era una persona normal. Estos niños, en cambio, han aprendido a desplazarse como animales”.

Una hendidura en la parte izquierda de su cadera le recuerda, de alguna manera, que se encuentra en otra etapa. Hace un año y medio se resbaló en un salto que dominaba, en la residencial San Felipe. Golpe al orgullo y llamado a la humildad.

-Si pierdes el contacto contigo mismo pueden pasar estas cosas- advierte.

Annel Soria (19) -cabello morado, estrella en el antebrazo izquierdo- es una de las cuatro mujeres del equipo, la única presente esta mañana.

-He visto muchas chicas pasar. No lo ven como un estilo de vida, solo como una moda o un ejercicio más.

Sus heridas de guerra, en su caso, son sus canillas, sus uñas recortadas, y los callos de sus manos.

-Al principio no me gustaba, pero así tengo mejor agarre. Ya no es un sacrificio.

El último jueves, la escuela realizó una exhibición en el Jockey Plaza, junto a unos raperos, para promocionar una marca de autos. Además de brindar clases gratuitas una vez cada dos semanas, enseñan en un nido de Barranco. Sí, un nido.

Quieren dejar de ser subterráneos. Todo a su ritmo. Y a su salto.

Creen que somos sobrehumanos porque no saben el proceso. Es como no conocer el fútbol y ver a Messi”. M. Roncal.“El cuerpo tiene más recursos de lo que creemos. Hay mucho más donde creíamos que no había”. Alejandro Laverde.

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