Gabriela Wiener

“Los machitos de izquierda son peores que los de derecha”

Entrevista a Gabriela Wiener.

Emilio Camacho

Domingo, 10 de Septiembre del 2017

Gabriela Wiener sabe que he hecho trampa. Para hablar con ella sobre Dicen de mí (Estruendomudo, 2017), su último libro, un fresco sobre ella misma, construido a partir de quince entrevistas a personajes de su entorno más cercano, le he pedido a tres de esos mismos personajes que me envíen una pregunta que quieran formularle a Gabriela. Y ella acaba de descubrirlo. Así que está ansiosa por saber qué le quieren preguntar su esposo, su madre y un amigo. Pero antes de todo ello, esta entrevista debe realizarse, en un café miraflorino, con los tópicos comunes del universo de Gabriela: feminismo, literatura, egocentrismo, algo de porno y sexualidad. Serán cincuenta minutos en los que la escritora escuchará diferentes preguntas, mientras piensa en las interrogantes que realmente le interesan. 

¿Te han dicho que eres intimidante? ¿Te lo dicen seguido?

Sí.

¿Quién fue la última persona que te lo dijo? ¿Fue Daniel Alarcón en el video que armó Estruendomudo para presentar Dicen de mí?

Sí. Pero no tiene sentido para mí.

Eres un pan de dios, entonces.

(Se ríe) No, yo siento como envidia de gente que tiene tanto autocontrol, como Daniel. A mí me parece una persona muy sensata y en su centro, en su núcleo, ¿sabes? Pero él siempre se pinta como supertímido. Mira, lo admito, admito que puedo ser extrovertida, pero hay gente que también me produce timidez total.

Lo que sí es un riesgo es buscar información sobre ti. Por ejemplo, está este dato de que tuviste un cameo en una película de la actriz porno Amarna Miller. Me tomó mucho tiempo decidir qué iba a hacer con esta información. Al final la puse en Google y me salió: “Página web bloqueada”.

(Se ríe) La República no deja que sus trabajadores vean esas cosas en paz…

Digamos que no ayudó a mi investigación.

Mira, ese cameo que hice fue muy a posteriori de haber estado metida como periodista del porno o del mundo del erotismo, que es más o menos la época en la que escribí Sexografías. De hecho, Sexografías trajo mucha cola. Me propusieron columnas. Trabajé en una revista masculina, esas de tetas, ya sabes. Entonces, sí que tengo mis contactos. Y en algún momento hice un reportaje para El País sobre un rodaje porno. Y allí salí en una peli porno. Y no es que sea una escena porno. Es una escena súper tranqui, naif.

Claro, tú eres la “chica tranqui” en esa escena.

Sí, es como que yo estoy esperando mi turno para entrar allí, donde Amarna hace lo suyo, y salgo leyendo ese libro horroroso de Las cincuenta sombras de Grey y mirando a Amarna, como diciendo: “Oh, qué excesiva, qué extrema”. Yo soy como una aprendiz boba. Es un porno con humor, que Amarna llama porno para mujeres.

Recuerdo la entrevista que tuviste con Amarna, en la que ella te dice que está tratando de construir un porno feminista, ¿se puede hacer eso? Te lo digo porque el porno está absolutamente asociado con la masculinidad y lo machista.

Ella lo está intentando. Pero como ella vive del porno, ha sido muy criticada. Además que es una figura muy visible, sobre todo en las últimas campañas de izquierda en España…

Apoyó a Podemos…

Sí. Ella participa en mesas de mujeres feministas. Y yo creo que ella es una mujer feminista, lo que pasa es no se puede ser feminista todo el tiempo si estás en el mundo del porno. Pero, a ver, ella dice que hace un porno feminista en el sentido de que trabaja con empresas que no explotan a las mujeres, y yo se lo creo. Pero, luego, el tema de las fantasías sexuales es más complejo, porque ya nos metemos en el mundo de la ficción pornográfica. Y ella, en algunas ocasiones, sí que incurre en mucho imaginario masculino, o que podría ser chirriante para muchas mujeres, o directamente machista. Y es que el porno hegemónico es machista. Y eso es algo peligroso. El porno tiene este filo peligroso que es el de formar gustos y formar estéticas, o formar tu manera de acercarte a los cuerpos y la sexualidad. Si tu hijo o hija crece viendo solo ese tipo porno, no es raro que empiece a reproducir ese tipo de sexualidad que es amenazante sobre todo para él, porque le pide unos estándares imposibles, unas erecciones imposibles. El porno, en realidad, es una ficción. Está lleno de edición.

El cuerpo, tu cuerpo, está presente en la mayoría de tus libros. Está en Sexografías, en tu exploración de una sexualidad distinta; en Nueve lunas, donde cuentas tu embarazo; en Llamada Perdida, en el origen de tu relación poliamorosa; y finalmente en Dicen de mí, en este episodio en el que un exnovio te da un puñetazo. ¿Hablar del cuerpo es una actitud feminista? ¿Es lo que está detrás de todas tus publicaciones?

Si hay algo que ha sido completamente secuestrado en tantos siglos de machismo es el cuerpo de las mujeres. Solamente viendo cómo se legisla en este país, viendo quiénes lo hacen: hombres en el Congreso, nos damos cuenta de que no se han dado muchos cambios en ese sentido. Y los cambios que se han dado, han sido gracias a las luchas feministas. Lo primero para mí siempre ha sido la liberación del cuerpo. Y eso tiene que ver con derechos, con políticas. Creo que las mujeres son las que han tenido que soportar las más grandes atrocidades cometidas en nuestra guerra reciente: violaciones, que sus hijos sean asesinados delante de ellas, esterilizaciones forzadas. El cuerpo de la mujer es un gran tema para el feminismo, y en mi caso no puede ser de otra manera, yo escribo en primera persona, desde mi cuerpo.

El cuerpo es tu tema

Mi cuerpo es mi tema, y los otros cuerpos también. Y cuento lo que cuento porque también es parte de mi biografía; el hecho de que mi cuerpo se haya estrellado contra el mundo, o contra el cuerpo de un hombre, como has mencionado. Y la sociedad limeña suele ser muy conservadora. Venimos de la tradición de la tapada. Por eso no es raro que mucho de nuestro arte, de nuestra poesía, sea un arte del destape, de desnudarnos, de hacer hablar a nuestros cuerpos.

En Dicen de mí, al contar el episodio del novio que te golpeó, lamentas que la entrevista no se diera como tú hubieras querido y lanzas una frase: “Apareció el machismo, mi viejo enemigo”. ¿Es eso en lo que estás? ¿Todos tus libros son una gesta contra el machismo?

(Se ríe) Lo que pasa es que no ha sido una cosa como doctrinal, o que yo haya programado, pero retrospectivamente se puede hacer una lectura de género de todos mis libros. Desde luego, desde el primer libro me encontré en una situación extraña; empezaron a buscarme feministas, en las librerías mis libros los ponían en la sección de teoría de género, cuando eran narrativos. Había una escritora, que es Cristina Fallarás, que me entrevistó y me dijo: “Pero, Gabriela, tú eres feminista, estás en la política”. Y yo le decía: “¿En serio?, ¿yo?”. Desde allí ha habido una evolución en mí.

¿Entonces eres feminista?

Desde luego, claro que sí.

Tu segundo hijo nació dentro de tu relación poliamorosa, en la que están tu esposo, tu novia, y tú, ¿este nacimiento, de alguna manera, también es una expresión del feminismo?

Sí, casi todo mi mundo intenta ser feminista. Si alguien lo percibe así estaré muy de acuerdo. Es una apuesta vital que termina rompiendo con algunas cosas impuestas. El tema de la monogamia es algo impuesto, el tema de que las relaciones solo pueden ser entre dos personas es algo impuesto, o que los hijos solo pueden ser de un padre y una madre. La vida es mucho más diversa que eso. Hay familias monoparentales, familias en la que dos hombres ejercen la paternidad, todo eso está invisibilizado. Lo que me gustaría es que se nos vea. A mí me gustaría, por ejemplo, firmar a mi hijo. Pero entiendo que eso es algo muy sofisticado cuando ni siquiera tenemos aborto libre acá.

¿Acá no puedes firmar a tu hijo? ¿Y allá, en España?

No, no. Tampoco. En ningún lugar del mundo puedo reclamar los derechos de maternidad sobre mi hijo Amaru. Imagínate que nos peleáramos o lo que sea (los tres adultos de su familia). No puedo protegerlo, ni él puede protegerme. A veces, al hacer este tipo de apuestas, te das cuenta de lo vulnerable que eres por vivir de acuerdo con tu visión del mundo.  

Creciste en un hogar de izquierda. En el que se oía a Silvio y Quillapayún, dices tú. ¿Eres de izquierda?

Sí. Claro que sí.

¿Hay machismo en la izquierda?

Muchísimo. El otro día escribí un artículo que se llamaba “Machitos de izquierda”, y salió un machito de izquierda a acusarme de que yo había copiado o volteado el artículo de otra chica que yo no había leído en mi vida. Yo le dije: “Nunca he leído esto”. Y él me respondío: “¿Ah sí?, no te creo”. Era el típico izquierdista haciéndome el mansplaining de la vida, explicándome cómo debo hacer las cosas, desde su autoridad intelectual. Mira, son los peores, los machitos de izquierda son peores que los machitos de derecha.

¿Dónde se expresa ese machismo de izquierda?

Lo acabamos de ver en el Frente Amplio. Con el tema de la escisión del machito de Marco Arana versus las feministas Verónika, Maritza y Huilca. Claramente hubo un ninguneo de la gente de Arana, diciéndoles lo que nos dicen siempre los hombres: “Oye, no seas histérica. Oye, baja la voz. Tú lo que en realidad eres es una huachafita, una blanca”. Sacaban las cuestiones de clase para no afrontar sus privilegios de hombres. ¿Sabes? Eso se repite todo el rato. Yo soy izquierdista, pero no soy militante de ningún partido de izquierda, aquí en el Perú, porque son una vergüenza. Y la verdad es que la izquierda con la que me siento identificada es con la que está fuera del sistema.

Te entusiasmaste mucho con Verónika Mendoza en la campaña electoral, ¿no sientes que ahora mismo anda desaparecida?

Sí. El otro día hablábamos de eso: ¿Dónde está Verónika? Creo que deben estar procesando la crisis partidaria que han tenido. Espero que salga algo nuevo de eso. Yo creo que para conservar la institucionalidad del partido y su presencia, estuvieron aguantando mucha mierda del otro lado.

¿Hubo violencia machista contra Verónika en la campaña?

Todas.

Dame un ejemplo. El que recuerdes.

Todo fue por el lado de que su discurso era demasiado blando, demasiado soft, las caritas felices, la ternura. Y todo porque ella no quería lanzar un discurso incendiario, que no es su estilo. Su estilo ha sido como conciliador, de encuentro, ella tiene un lenguaje afectivo. La llamaban blanda por eso, y allí se escondía un discurso machista, incluso en la propia izquierda. Ellos querían un discurso más agresivo, pero, dime, ¿cuándo por gritar más llegaron al poder?

¿Hubo violencia machista contra Keiko Fujimori en la campaña?

También.

¿Qué expresiones machistas se dijeron contra Keiko?

Todo el tema gordofóbico, por ejemplo.

A ver, Keiko Fujimori representa a lo más conservador de nuestro país, lo más lejano al feminismo, y sin embargo tiene una altísima votación entre las mujeres, ¿por qué?

Y entre los hombres. Esa es nuestra gran tragedia como país, y está basada en el clientelismo, en la desinformación, en la falta de cultura y educación. No sé, es como desesperanzador. A veces las masas se equivocan, y las mujeres también. Y yo creo que eso pasa porque no hay cultura democrática en este país. 

En Dicen de mí, tu psicóloga, la doctora Elisabeth Crosby, afirma que hay una pequeña parte tuya despectiva, soberbia, competitiva, envidiosa, destructiva y narcisista. ¿Te reconoces en esa descripción? ¿Se quedó corta la doctora?

(Se ríe) Oye, es bastante fuerte esa lista. Si asumo la mitad de lo que dice esa lista habré hecho más de lo que asume la mayoría. Y si lo pongo allí es porque lo asumo. De hecho, en mi respuesta, cuando la doctora me plantea eso, le digo que esas cosas siguen iguales, que ahora mismo podría hacer la misma lista. Y tampoco es que me parezca valiente asumir que uno es así. Lo realmente jodido es vivir siendo así. Son cosas muy humanas.

Hace dos semanas, Mariana de Althaus comentó tu libro y señaló que toda tu literatura es un “ejercicio de egocentrismo impudoroso”, ¿es correcta esa definición?

Bueno, sí. Pero limitado. La misma Mariana comentó eso y fue enriqueciendo su artículo con otras cosas. Yo espero que lo mío no se quede allí. Con lo impúdico estoy de acuerdo, ese es un rasgo de mi personalidad y de mi literatura. Me baso mucho en la desvergüenza para tocar temas que de otra manera no podría tocar. Mi literatura es una cosa contra la cuestión escondida, lo tabú, lo invisible. Y egocéntrica, sí. Tienes que ser bastante egocéntrico para escribir un libro en el que invites a todo el mundo a hablar de ti mismo. No puede haber algo más egocéntrico que eso. Y me da un pudor increíble, claro, y aun así lo vencí (se ríe con ganas). La misma Mariana lo dice: No hay nada más de mal gusto que poner a uno mismo como tema de conversación. Estoy completamente de acuerdo.  

Cuéntame de este síndrome que tenías, este trastorno dismórfico corporal.

A ver, yo como tenía este complejo de sentirme fea, poco atractiva, o por lo menos tenía esta lucha permanente con el espejo, encontré que había una terminología para referirse a la patología en sí. Pero no he sido diagnosticada ni nada por el estilo. Lo que pasa es que hice un ensayo a partir de que me sentía así. Pero no es patológico. Cuando escribí eso, para Llamada Perdida, hice un guiño a lo patológico y a lo psicológico, pero me refería a un tema social. Estaba hablando de los modelos de belleza que nos hacen sentir insuficientes. Y para muchas mujeres eso se puede convertir en un trastorno real, como la anorexia o la bulimia. 

¿Eres cursi Gabriela? En Nueve Lunas dices que escribes lo que escribes para ocultar tu sensiblería.

Sí. Varias veces. En mis columnas de La República (se ríe). No pues, a veces a uno se le va la pinza. Y en Nueve Lunas era todo un tema, el libro entero es contra la cursilería que hay alrededor del embarazo y los bebés. Estuve luchando durante todo el libro para que eso no me ocurra, pero al final soy conquistada por la vida y no puedo evitar la sensiblería.   

¿Sientes que alguno de tus libros ha lastimado a alguna persona que quieres?

Sí, sin duda. Igual sigo lastimando sin darme cuenta. En cualquier caso, yo intento blindarme contra eso, pero a veces no se consigue del todo. De hecho, en Dicen de mí hay una amiga a la que había herido en un texto anterior.

Tu madre dice algo interesante sobre ti: “Nunca creo que haya retrocedido en algo pensando que así evitaría un dolor a alguien”. ¿Se equivoca?

Creo que ella habla así porque yo la he hecho sufrir. Es que una madre como mi madre sufre de solo pensar que yo he hecho algunas de la historias de Sexografías, por ejemplo, que le parecen arriesgadas, peligrosas. A ella le gustaría que tuviera una existencia de poeta en la Torre de Babel.

Al proponer la serie de entrevistas sobre ti misma, que planteaste originalmente en La República, estaban otros personajes que no llegaron al libro, como un conocido tuyo en los Estados Unidos, que está de ilegal, o el médico que vio tu aborto, ¿no llegaste a entrevistarlos?

No. El primero por una cuestión de seguridad. Piensa que lo de La República te exigía nombre, apellido y foto. Por eso me dijo que no. Y lo segundo creo que fue un delirio que te propuse para convencerte de que publicaras mi serie. (se ríe con ganas). Jamás toqué esa puerta. Me moría de miedo. Además que es imposible, nadie saldría a decir: “Yo te hice un aborto”.

Es verdad, eso no hubiera pasado, nadie hubiera reconocido una cosa así. Mi duda es si, de darse esa oportunidad, hubieras estado dispuesta a buscarlo.

Sí, sí, sin duda.

Estás un poco loca, Gabriela.

Sí, estoy fatal (se ríe)

Cerramos. Le pedí a tres personajes de tu libro que me alcanzaran las preguntas que ellos quisieran hacerte.

Ok.

Jeremías Gamboa, al que presentas como tu colega escritor, pregunta: Al final de todo tu trabajo, ¿encontraste a los personajes que querías o dejaste alguno fuera?

Sí, los encontré. De hecho, todo el tiempo sentía que me quedaba con gente fuera, pero tampoco era tan fácil hacer la lista. Al final, cuando yo propuse hacer este libro, habían cinco personajes más que no han salido. Había por ejemplo un amigo gay al que no veo hace tiempo, y buscarlo era como ir a pedirle algo. Y eso de buscar amigos solo por interés, es algo que me critican mucho en el libro. No me atreví a dar ese paso.

Tu madre, Elsi, dice: ¿Alguna respuesta de Dicen de mí te acercó a alguna verdad que desconocías de ti misma?

Sí. Siempre me lo preguntan en las presentaciones del libro y siempre doy muy malas respuestas. Ahora otra vez (se ríe). A ver, no tenía tan claro que yo había sido un tema tan central en el análisis que hizo mi hermana de sí misma con su psicólogo. Esa es una verdad jodida de aceptar.

Tu esposo, Jaime, pregunta: Cuando te cansas de ti misma, ¿a dónde vas?

(Lanza una carcajada) ¿De verdad me ha preguntado eso? ¿Qué gracioso? Es verdad, es que no me canso de mí misma.

Pero no le estás respondiendo.

La respuesta es que voy a él, o a Roci, o a nuestros hijos. Son como lugares reales. Yo soy mi trabajo. Y ese yo me da precariedad y otra cantidad de cosas. Y me agota en el sentido de que estoy todo el tiempo alimentándolo, en cuanto a mi ego, en cuanto a que es parte de mi periodismo, porque hago columnas y opino desde mí, es súper agotador. Tengo un agotamiento permanente de mí.

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