Francisco en Colombia

El camino del perdón que pide el Papa

Para lograr la reconciliación hay que perdonar, dijo el Papa Francisco durante su visita a Colombia. Un grupo de víctimas y victimarios del conflicto armado ha dado el primer paso y se reúne en retiros espirituales para darse el difícil perdón. Fueron al encuentro del Sumo Pontífice para narrar su experiencia.

Juana Gallegos

Domingo, 10 de Septiembre del 2017

Una mujer a la que le faltan ambos brazos espera la luz verde de un semáforo de la Carrera 7 de Bogotá, Colombia. Así de inmovilizada parece un busto de piedra. ¿Qué le pasó? ¿Un accidente fatal? ¿Qué le hicieron? ¿Es una víctima de la guerra interna?

Hoy, siete de septiembre, el Papa Francisco, el máximo líder de la Iglesia Católica se presentará ante miles de fieles en la Plaza Bolívar. En las calles circundantes, grupos de desplazados, los sin tierra, los que huyeron del feroz conflicto entre guerrillas y paramilitares que por 56 años azotó este país, levantan carteles pidiéndole al Papa: “Que lo sepa el mundo, el gobierno no nos ha cumplido”.

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Al otro lado de la ciudad, otra mujer está mutilada. A ella no le cercenaron los brazos sino la familia. María Cecilia Mosquera (52) espera en la oficina de la Fundación Víctimas Visibles -una de las tantas asociaciones colombianas que han sido creadas para curar los daños psicológicos y físicos que ha dejado la guerra-, frente a ella hay un mapa de las regiones colombianas, de estas salen flechas indicando los más crueles atentados perpetrados en el fuego cruzado: Chocó, masacre de Bojayám (FARC); Valle del Cauca, secuestro en la Iglesia La María (ELN); Cundinamarca, falsos positivos, secuestros, atentado club El Nogal (FARC); Antioquia, atentado oleoducto en Machuca (ELN).

Ella es de allí, del caserío de Machuca, que por ser tan pequeño ni siquiera figura en los mapas. Hace 19 años, guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) dinamitaron las tuberías de crudo que pasaban muy cerca de su casa, al otro lado del río. A la una de la mañana, a María Cecilia la despertó el golpe seco de la explosión y el brillo de gigantescas bolas de fuego. El petróleo derramado se iba expandiendo por las aguas y como una serpiente la llamarada se deslizaba rápidamente hacia las casas de madera.

“El vapor me atontó, sentí un ardor en los brazos… Yo decía el fin del mundo, el fin del mundo y yo corría ayúdenme a salvar a mis hijos, todo el mundo corría, la mayoría estaban quemados ya”, dice María Cecilia.

Esa madrugada murieron 84 personas producto del atentado del ELN, algunas desparecieron, muchos se tiraron desesperados al agua hirviente del río. Al claro de la mañana, con los antebrazos, los pies y las piernas en carne viva por las quemaduras, María Cecilia supo que su esposo Arturo y su hija de ocho años habían muerto calcinados. Quedaban vivos aún -pensaba- su hija de 15 y su hijo de 12, a quienes había visto correr entre la humareda y con quienes llegó hasta el hospital de Medellín. Sin embargo, al despertar después de cuatro en coma supo que también estaban muertos.

¿Se puede perdonar después de lo que te hicieron?, le pregunto y después de un largo silencio, responde:

Yo apenas me estoy encaminando hacia el perdón. Es una cosa larga. Yo le pido mucho a Dios que me dé ánimo y fuerza para perdonar.

El difícil perdón

El telón de fondo de la visita del Papa Francisco a Colombia ha sido la búsqueda de la paz y reconciliación, tan necesaria en un país que aún tiene las heridas de la guerra a flor de piel y en donde persiste la polarización entre el “sí” y el “no”, entre el perdonar o no a los que hicieron daño.

El exparamilitar Norbei Echeverri (37) fue alguien que hizo daño. A los 15 años fue captado por un grupo de autodefensa de la región de Antioquia. Las autodefensas eran agrupaciones armadas que en un primer momento se crearon para defender a finqueros y hacendados de las guerrillas, pero que luego desfiguraron su propósito causando tanto daño como sus enemigos, con quienes se disputaban los territorios.

Norbei era un informante y también alguien con derecho a matar: “Era un monstruo, una máquina de la muerte. Endurecí mi corazón. La vida de los otros no me importaba, solo eran cifras, cuánto me dan, cuánto me van a cobrar por esto”, dice.

Estuvo diez años involucrado. Cuando le pregunto si ha sido juzgado por la ley, responde que no. Cuando le pregunto si debería cumplir una pena por lo hecho, dice: “Uno como victimario también es una víctima. Cuando uno toma esa mala decisión, cuando está en las drogas y el alcohol y te ofrecen la oportunidad de meterte a un grupo armado dices ‘bien lo voy a hacer’, pero cuando te das cuenta en qué te has metido… aquí en Colombia hay un dicho: ‘Cuando te subes al burro hay que hacerlo andar’”.

Enfermeras y camilleros

Hace poco tiempo, María Cecilia y Norbei se conocieron. Las historias de ambos confluyeron en un programa de sanación que auspicia la Fundación Víctimas Visibles llamado Hospital de Campo, nombre tomado de un homilía que el Papa dio en Roma en 2015: “Esta es la misión de la Iglesia: curar y cuidar. Algunas veces he hablado de la Iglesia como un hospital de campaña. Es verdad: ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas!”.

Estos hospitales son retiros espirituales que la fundación organiza cada tanto y en los que se reúnen las víctimas y los victimarios de los diferentes grupos armados para pedir y dar el perdón. Frente a frente, entre cánticos y oraciones, se encuentran todos los actores del infortunio. En una orilla están las madres de los falsos positivos, los militares mutilados por la explosión de minas antipersona, las víctimas de secuestros o de extorsión, los desplazados, los familiares de desaparecidos y en la otra, exintegrantes de las FARC, el ELN, las autodefensas.

“Este es un hospital inusual -explica la directora Diana Giraldo- los médicos son los sacerdotes, el quirófano es el sacramento de la confesión, los enfermos somos todos, las enfermeras son las víctimas y los camilleros son los victimarios que oran por las almas de las personas a las que hicieron daño”.

En estos retiros “enfermeras” y “camilleros” entran en la difícil pero no imposible dinámica del perdón. Ha habido casos en que las dos caras de la misma tragedia se han reunido, como el policía César Augusto Lasso, quien fue secuestrado por 13 años por las FARC, y que se encontró y perdonó a su carcelero el exguerrillero Henry Beltrán; o Pastora Mira quien perdió a su hija, su hijo y su esposo en los enfrentamientos entre guerrilleros y paramilitares. En uno de los retiros encontró a uno de los asesinos y lo perdonó.

El viernes pasado, casi un centenar de los participantes de los hospitales se movilizaron en cuatro autobuses hasta las cercanías de la Nunciatura Apostólica de Bogotá para reunirse con el Papa Francisco. Bajo la lluvia, víctimas y exvictimarios se citaron uniformados de capas impermeables amarillas para demostrarle al Sumo Pontífice que su esperanza de ver reconciliada a Colombia es posible. Entre los asistentes estaban Gloria Zambrano, víctima de violencia sexual por las FARC; el comandante del ejército Elbert Rodríguez, quien perdió las piernas, un brazo y un ojo por una mina antipersona; e Iván Chacón, exsoldado, excombatiente de las autodefensas.

Colombia aún es un país roto por la guerra que está construyendo su futuro y que nos puede dar lecciones. Un dato interesante en este relato del perdón es que en el último plebiscito por la paz, las regiones más golpeadas por la guerra con las FARC fueron las que votaron por el sí. En Bojayá, donde se perpetró una de las peores masacres, el 62.93% de la población dijo sí al perdón.

Colombia prepara el terreno para plantar el árbol de la memoria, como el árbol que plantó el Papa Francisco en la provincia de Villavicencio, desde donde dio un mensaje de reconciliación a todos los colombianos.

Era un monstruo, una máquina de la muerte. Endurecí mi corazón. La vida de los otros no me importaba, solo eran cifras". En Bojayá, donde se perpetró una de las peores masacres, el 62.93% de la población dijo sí al perdón.

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