Barack Obama: El presidente que rompió esquemas

Fue el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca. El Presidente que acabó la guerra en Irak, restableció las relaciones con Cuba y derogó las leyes homofóbicas en el Ejército. Pero además, en estos ocho años, Barack Obama –junto a su mujer, Michelle– supo conectar con la cultura popular como ningún antecesor suyo lo había hecho. En unos días se irá con su familia, sabiendo que pasó a la historia.

Redacción LR

Sabado, 31 de Diciembre del 2016

“Cuando me haya ido, me van a extrañar cuando me haya ido…”

La cancioncita de fondo se iba apagando mientras Barack Obama se colocaba en el atril de oradores de la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, en mayo pasado. Obama se quedó unos segundos escuchándola y sonriendo. El público se rió.

–No pueden decirlo, pero es verdad– dijo, y el auditorio se rió mucho más.

No son pocos los que van a extrañar a Obama una vez que concluya su mandato, el próximo 20 de enero. El presidente de los Estados Unidos se va con un promedio de popularidad superior al 50% y eso es un logro. Han pasado ocho años desde que le ganó la elección al republicano John McCain y se convirtió en el primer afroamericano que llega a la Presidencia. Fue un acontecimiento histórico para todo el mundo, pero sobre todo para su país, donde solo 40 años antes prevalecía la segregación racial en las escuelas y los negros no podían votar.

Desde entonces, a lo largo de sus dos períodos, Obama no ha dejado de romper en incontables ocasiones con las políticas y protocolos establecidos por la elite de Washington. Aunque se le critica no haber podido cortar algunas medidas iniciadas en la era Bush Jr. –contra sus deseos, no ha podido cerrar Guantánamo, por ejemplo–, se le reconoce la audacia para adoptar nuevas visiones, acordes con los tiempos que corren. Se trate de grandes decisiones de Estado, como el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, o de curiosas técnicas de comunicación, como grabar divertidos sketchs en los shows de conversación de medianoche. Obama y su mujer, Michelle, llevaron un nuevo aire al Salón Oval, más fresco, más conectado con la cultura popular. Y esa también es una de las razones por las que será recordado cuando se vaya.

 

EL GRAN ALIADO

 

Obama mostró rápidamente que llevaba una nueva visión a la Casa Blanca cuando en marzo de 2009 revocó una prohibición impuesta por Bush sobre el uso de fondos federales para la investigación con células madres embrionarias. “Los científicos creen que estas células pueden ayudarnos a comprender, y posiblemente curar, algunas de nuestras más devastadoras enfermedades y patologías”, dijo. Sabía que tendría a todos los fundamentalistas católicos encima, pero aun así lo hizo.

Ese mismo año anunció que acabaría con la política del “Dont ask, dont tell” (“No preguntes, no cuentes”) que prohibía hablar sobre la orientación sexual de los soldados en el Ejército. No fue hasta diciembre de 2010 que pudo firmar la derogación de la norma. “A partir de ahora –dijo– no tendremos que pedir a miles de personas que vivan una mentira para servir al país que tanto aman”.

En mayo de 2012, poco después del lanzamiento oficial de su campaña a la reelección, dijo que algunos de sus puntos de vista habían evolucionado y se manifestó públicamente a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Fue el primer presidente de la historia de los Estados Unidos no solo en apoyarlo sino en anunciar su postura sobre este asunto. Cuando, en junio de 2015, la Corte Suprema de los EE.UU. declaró que el matrimonio gay era legal, el mandatario dijo que esa decisión era una victoria para todo el país.

La última de sus medidas, que recibió con aplausos la comunidad LTGB, fue la nominación de Eric Fanning, un alto militar declarado abiertamente homosexual, como secretario del Ejército. Después de darle vueltas al asunto por varios meses, en mayo de 2016 el Senado aprobó la nominación.

Sus posiciones en defensa de los derechos de las minorías sexuales hicieron que la revista OUT –dirigida a la comunidad LGTB– le dedicara la portada de su edición de diciembre de 2015 y lo eligiera como el “aliado del año”.

 

ACUERDO EN LA ISLA

 

En materia de política exterior, hay varias medidas por las que Obama será recordado. Haber retirado a las tropas norteamericanas de Irak, por ejemplo (una decisión que, sin embargo, no resolvió la crisis política de ese país). Haber dado muerte a Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda. Haber sido el primer presidente de los EE.UU. en visitar Hiroshima desde la bomba atómica que destruyó la ciudad, en 1945.

Pero, por lo menos para quienes vivimos en este lado del mundo, la decisión más trascendente en materia internacional adoptada por Obama fue el restablecimiento de los lazos diplomáticos con Cuba. Desde que en 1960 Eisenhower ordenó el retiro de su embajador, las relaciones entre ambos países fueron de total hostilidad, manifestadas en un embargo económico decretado por Washington y en los variados intentos por derrocar a Fidel Castro del poder.

Gracias a la intermediación del papa Francisco, en diciembre de 2014 Obama estableció un diálogo con Raúl Castro con una hoja de ruta de 13 puntos. Ambos gobiernos liberaron espías y, en el caso de Cuba, presos políticos. Las conversaciones se sellaron en junio de 2015, con la reapertura de las embajadas en La Habana y Washington. El acuerdo fue reforzado en marzo de este año, con la visita de la familia Obama a Cuba. Fue la primera vez que un mandatario estadounidense ponía un pie en la isla en 88 años.

Otra vez: fue histórico.

 

CARISMA Y CALLE

 

Pero nada, ninguna medida, por más histórica que fuese, habría logrado el impacto que las medidas de Obama lograron sino fuera por su gran capacidad de comunicación.

Su campaña de 2008 es material de estudio académico. Su manejo de las redes sociales, objeto de admiración y de envidia por políticos de todo el mundo. Los estudiosos destacan que ha sabido construir una marca personal poderosa. La marca “Obama”. Una story telling que comenzó desde la edición de sus libros –Los sueños de mi padre y La audacia de la esperanza– y continuó con sus publicaciones en su página web, Facebook, Twitter, Instagram, MySpace, YouTube y, desde el 2016, Snapchat. La cuenta de Twitter del presidente tiene 12,800 millones de seguidores, nada menos.

Está su comportamiento en el mundo digital, pero también está su carisma. Obama se reveló pronto como un político dueño de una gran retórica y un gran sentido del humor, virtudes que ha demostrado en incontables ocasiones. Una de sus ocasiones favoritas son, precisamente, las cenas de los corresponsales de la Casa Blanca. Este año, en plena campaña electoral, se recordó mucho la de 2011, cuando ridiculizó sin piedad al entonces empresario y estrella televisiva Donald Trump, quien ya desde esa época era un furioso crítico del gobierno.

En su última cena con los corresponsales, en mayo de este año, cuando Obama le dijo al público, bromeando, que lo extrañarían, su discurso –repleto de bromas a Hillary Clinton, Bernie Sanders y, por supuesto, Trump– fue tan redondo y tan potente, y él era tan consciente de eso, que lo cerró diciendo solo dos palabras: “Obama out” (“Obama fuera”) y, a continuación, dejó caer un micrófono al suelo. Una declaración empleada por muchos raperos y comediantes norteamericanos en los años ochenta cuando terminaban un espectáculo que les había quedado grandioso.

Ese es uno de los aspectos que sus partidarios más adoran de él, y de Michelle: su conexión con la cultura popular norteamericana. Es una conexión real; los Obama no crecieron en una de las grandes familias al pie del Potomac donde son acunados los futuros presidentes. Michelle es del peligroso sur de Chicago y Obama hizo un largo viaje desde Hawai e Indonesia, pasando por Los Ángeles y Nueva York. Para los norteamericanos resultaría inverosímil que los Bush o los Clinton canten o bailen las canciones de Beyoncé, de Justin Timberlake o de Rihanna en televisión. Pero en los Obama les parece algo natural. Y durante ocho años los han amado por eso. (O.M)

 

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