Alonso Rabí: "Lo importante es que el libro sea solvente, serio y riguroso"

El libro reúne diecisiete entrevistas. Todas revelan el otro lado de los escritores. Ese lado de manías, miserias y hazañas. 

1 May 2017 | 14:30 h

La idea de una conversación es no tener el mayor protagonismo. Y si el ejecutor tiene ese anhelo, se puede recurrir a la introducción, dice Alonso Rabí do Carmo. Pienso y digo que tiene razón. Conversar es como un concierto: tiene ritmos, silencios y un final. Si se logra una cierta armonía, puede que hasta se asome la risa. En "Animales literarios" (Estruendomudo), Rabí logra esa armonía. Reúne a los más grandes escritores en su extensa página, los catapulta a la memoria y cumple con el rol de cualquier entrevista. Sí, la empujar al lector hacia una búsqueda insaciable. 
 
¿Hay Ayatolas en la literatura? 
 
¿Como creadores o como críticos? 
 
Como omnipresentes. 
 
En cada tradición cultural hay un canon. Y en ese canon, que es un espacio consagratorio, hay figuras por las que uno no puede pasar de largo. Si no he entendido mal tu pregunta, y si tuviera que encontrar un Ayatola, en el mejor sentido de la palabra, sería (César) Vallejo, (Mario) Vargas Llosa. Son figuras necesarias. Son figuras que fundan o que refundan una tradición, que lideran un cambio, innovan un arte. Tú no puedes transitar por la poesía peruana sin pasar por Vallejo. No vas a pasar por el cuento peruano sin detenerte en Ribeyro. Ahora, hay personas que problematizan esa posición. Me parece legítimo. Creo que la mayor parte de las veces no es fácil discutir. Hay gente con la que converso y me dice que Ribeyro  le parece un poco conservador. Pero bueno, él desarrolló mayor parte de su obra hace muchas décadas. Es obvio que te tiene que parecer distinto. Cuando salió Trilce, se armó una polémica donde la crítica mostró sus grandezas y sus miserias. Llegó hasta los insultos personales. El propio Luis Alberto Sánchez hizo una reseña de Trilce donde confesó no haber entendido el libro, pero intuía que había algo muy poderoso que iba a cambiar la poesía en español. 
 
Y la cambió. 
 
Mientras tanto, el grupo Norte defendió mucho a Vallejo. Y aquí en Lima no hubo una recepción muy buena y se provocó una polémica muy agria. En fin. Yo sí creo que hay Ayatolas. Y en la crítica también lo hay. 
 
Pero en ese espacio se destruye más y se construye poco. 
 
Depende de lo que tú quieres hacer como crítico. Puedes hacer crítica para enaltecerte a ti mismo. Pero también hay otra manera: la de dialogar con los textos. Mostrar cómo un texto se inscribe en una tradición, con qué otros textos dialoga y dar un juicio de valor. Si el crítico logra cierto desapego de su propio yo, creo que es ahí donde puede lograr sus mejores frutos. 
 
 
¿La crítica debe ser más racional que emocional?
 
Depende. No podemos confundir la crítica de los medios con la crítica académica. La crítica académica pasa por otros filtros, otras exigencias. Te exige una amplitud en el desarrollo del trabajo que no te piden los medios. La crítica en los medios siempre está amarrada a la coyuntura. Yo no puedo escribir sobre una exposición de hace dos años. Si yo soy un historiador del arte, digo “no, yo voy a escribir un ensayo a partir de la última muestra de Ramiro Llona en el 2008”. Tiene una hipótesis. Lo que trata es de probar que la hipótesis sea viable. 
 
¿Qué le aporta más a la literatura: leer o publicar? 
 
Siempre se lee más de lo que se escribe. 
 
¿Crees que los escritores leen más que antes? 
 
Creo que sí. Por un lado, los medios digitales han abierto el abanico. El acceso a los libros es casi universal. Lo consigues en PDF, en variedad de formatos. Eso ha causado una revolución en la forma de leer. Yo no me acostumbro al Kindle. Prefiero tener un contacto físico con el libro. Referente a la cantidad de libros publicados, creo que debe primar la calidad. No importa si es un libro cada año o cada 25 años. Lo importante es que el libro sea solvente, serio, riguroso. Mira, yo no escribo poesía desde el 2000. No he dejado de escribir poesía, pero siento que no estoy diciendo nada. Tengo un par de libros que los estoy corrigiendo, no sé hasta cuándo. Los leo y siento que dos o tres poemas ya están para salir, pero como conjunto no los veo. No quisiera poner mi pellejo en el candelero por mera vanidad. 
 
Así como cuando Gonzalo dijo que de todos los poemas que había escrito, dos o tres servían. 
 
Exactamente. Preferiría poner mi pellejo cuando me sienta un poco más seguro. Me siento más seguro en la prosa periodística. La poesía es algo delicado. Es fácil dejarse llevar por el que quieras que te reconozcan como poeta. A mí no me interesa. Paso de ese juego. Tengo material para publicar, pero es una cagada, sinceramente. 
 
Eres como Sabines: un simple peatón. 
 
Un simple peatón que de vez en cuando se ilumina. Y bueno, a veces se apaga la luz. 
 

¿No se hace poesía por una falta interés de la gente? 
 
Escribirla es una necesidad. Está más allá de tu entorno, del mercado... Escribir poesía es una circunstancia muy particular, muy íntima. Una vocación difícil de explicar, pero que está. 
 
Hablamos de escritores del siglo XX y de la mitad del siglo XIX, pero no tanto de los que han estado antes. Y si llegamos al siglo XXIV, este siglo estará en nada. 
 
Claro, a fines de este siglo, el siglo XX va a parecer un poco antiguo. 
 
Y si eres curioso lees a Whitman. 
 
Creo que no se puede desdeñar la importancia del siglo XIX. Es central. 
 
Una vez mencioné a Jaroslav Seifert, el poeta griego que ganó el Nobel de Literatura, que me parece uno de los grandes de su tiempo. Y me preguntaron quién era. Claro, no podemos tener a todos los escritores en la cabeza. 
 
En el XIX han nacido la mayor parte de los grandes desarrollos de la tradición literaria occidental. Nace el cuento policial, el gran realismo que sigue vigente. No me puedes decir que la narrativa realista pasó de moda. Baudelaire marca la pauta para la poesía moderna. No es posible pensar en alguna vanguardia sin Baudelaire, sin Rimbaud. A veces tendemos a quemar los siglos con una facilidad un poco grosera. 
 
¿Qué es primero: el periodismo o la literatura? 
 
Muchos años he vivido de hacer periodismo. Es una actividad que provee. Pero llega un momento en que uno descubre otros caminos, la docencia en mi caso, que te van alejando del periodismo. A mí me encantaría estar en un periódico. Me sentiría muy contento. Creo que la vida te va demandando otras cosas. ¿Qué es primero? Yo no sé. Sé que hay que vivir respetando tus intuiciones y cierto orden. Eso no significa claudicar, ni vender tu libertad a alguien. Soy padre de familia, profesor, eventualmente poeta. Tengo a dos menores que dependen de mí. Quién soy yo para decidir que ya no los atiendo más porque tengo que escribir. No me siento capaz de cometer una torpeza de ese tipo. Lo primero es aquello con lo que tienes que cumplir. 
 
 
Hay una entrevista que me ha gustado mucho: la de Saramago. He sentido que has  inspeccionado qué hay dentro de todo ese mito, donde encuentras a un Saramago sensible. 
 
Completamente. Un muchacho que no terminó la secundaria, cerrajero. 
 
Eso. El tipo que no cree en lo religioso, pero cree en su pasado. 
 
Porque es ahí donde encuentra las respuestas. En el sufrimiento, en el dolor, en el trabajo… 
 
Por eso sus libros te invitan a  que no te la creas toda. 
 
Así es. Hay una circunstancia peculiar que no se ha repetido en ninguna otra: el tiempo que tuve para conversar con él. Pasamos toda una noche. Fue en la casa de la que hasta en ese momento era la editora de Alfaguara. Terminamos hablando de fado portugués, porque hay fado de Coimbra y fado de Lisboa. La conversación con él fue muy abierta. No hubo límites. Ese día estaba como mucho humor.
 
Pocas veces lo hemos visto sonreír. 
 
Esa noche debe haberse reído varias veces. 
 
 
Totalmente diferente a la entrevista con Eloy, haciendo chistes con Borges. 
 
Lo recuerdo con mucho cariño. Esa entrevista fue con un viaje. Estaba en Colorado, Estados Unidos. Tenía varios días libres. En esa época, Eduardo Chirinos trabajaba en Rutgers, que es donde enseñaba Eloy Martínez.  Y le digo a Eduardo: “Consígueme una entrevista con Eloy y yo tomo un avión”. Me llama y me dice que ya. Compré mi pasaje y llegué un viernes a New Jersey. El sábado me dejó en la oficina de Eloy. Almorcé con él en la cafetería de estudiantes. Tenía una sencillez. 
 
Era periodista. 
 
Claro. Un pata que sabe lo que es la calle, vive de otra forma. Era increíble. Una calidad humana impresionante. En cambio, con (Carlos) Fuentes era como entrevistar a una diva. 
 
Te dio pocos minutos. 
 
Veinte minutos. Si no hubiera sido por Julio Ortega, ni nos miraba. 
 
Sus libros eran un poco el sostén para su ego porque era una gran escritor. 
 
Pero la mayor parte del tiempo es altamente retórico. De Fuentes yo rescataría “Aura”. Es una obra maestra. 
 
Algo que no se lee mucho. 
 
Luego está “La muerte de Artemio Cruz”. Una novela compleja. 
 
Su inicio es la renovación dentro de la literatura. 
 
Ojo con la palabra renovación, porque al final en una tradición todo se comienza a conectar. 
 
 

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