Arturo Corcuera, la última celebración de la amada y el amor

Poemario. Celebración de tu cuerpo es el libro póstumo del poeta en donde ensambla naturaleza, sentimiento y erotismo.

13 Ene 2018 | 6:00 h

Arturo Corcuera, el gran autor del mítico Noé delirante (1963), acaso no quiso irse de este mundo –falleció el 21 de agosto del año pasado– sin despedirse del amor. Y lo hizo como él sabía hacer sus cosas, con poesía. Se acaba de publicar Celebración de tu cuerpo (Ed. Peisa), poemario póstumo ilustrado con dibujos y viñetas del artista Gerardo Chávez.

El libro, que está dedicado “A Rosi”, su esposa y compañera de siempre, propiamente es un rito que decanta a la amada con amor y no poco erotismo. Fluyen las palabras y fluyen los sentimientos, la amada, la mujer, en los versos del poeta es rosa, mar, astro, bosque, tierra y geografía. Es sustancia tangible, pero también es una voz, idea, inspiración, es el amor que ama y respira a su lado. El poemario es un asedio incesante en donde, en algunos poemas, a lo lejos, resuenan los ecos de esos grandes maestros del amor como es Bécquer y Neruda, a quienes incluso, a manera de homenaje, el yo poético cita y parafrasea.

La intensidad no solo está cifrada en el ideal del amor, sino el amor hecho cuerpo de mujer: “De tirar una piedra al agua/ Nacieron los anillos/ Que llevas en el pecho dos lunas/ Dos planetas dormidos/ Dos girasoles ciegos/ Dos hélices girando en mis manos sonámbulas” (“Giran tus senos como hélices”, pág. 21).

Pero el amor, la amada, también es música, es vibración, es el sonido acorde de una guitarra: “Nadie podrá negar tu forma de guitarra/ Tu música callada/ Con tus cuerdas en un rapto de felicidad me ahorcaría/ Cuánto darían las sirenas por revestir con escamas tus caderas/ Por llevarte a los estrechos peligrosos/ Para embrujar los navíos” (“En el reverso de tu torso”, pág. 33).

En este mismo poema, el poeta grafica esa condición de paisaje, de naturaleza que adquiere la amada. El rito eterno del hombre y su relación con la naturaleza, en este caso, de felicidad, por cierto: “Bordoneo con mis ojos tu anatomía de un solo trazo/ Lleno de curvaturas/ Voy bajando/ Bordeando los límites de tus riberas/ Dichoso como el agua que baja de las alturas/ Tarareando”.

Pero esta visión erótica-amorosa se interpola más allá de los límites de la geografía terrestre: “Me vuelvo insecto y en tu busca/ Cruzo el planeta de un extremo a otro olfateándote/ Me crecen aletas en el camino por la humedad que destilas/ A tus senos solo le falta cantar/ volar o convertirse en astros” (“Cuando te veo pasa”, pág. 51).

En esta confesión de amor, no podía faltar un guiño lúdico a Noé delirante: “Qué carta de amor escriben los tigres/ Con su alfabeto de rayas” (“Los misterios del universo” pág. 56).

Y en este canto vivo a la amada, tampoco podía estar ausente la muerte: “En tu cuerpo rubrico tu nombre/ Cuerpo que descubro/ Palpo con mis ojo/ Mis manos y mis labios/ Tu cuerpo y el mío/ Que mañana comerán los gusanos”.

El poeta lo dijo todo.

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