LA LITERATURA ES FUEGO

12 Nov 2017 | 6:00 h

Los discursos de los escritores constituyen un género aparte. En un libro llamado Yo no vengo a dar un discurso García Márquez se pregunta: “¿Qué hago yo encaramado en esta percha de honor?” y muestra su pavor a dar discursos afirmando que solo lo ha hecho “a la fuerza”. Sin embargo sus discursos en ese libro son interesantes y atractivos. Entre otros de mis preferidos se encuentra El Maletín de mi padre de Orhan Pamuk al recibir el premio Nobel en el 2006, una historia familiar convertida en reflexión narrativa. De ese texto puede extraerse una de las mejores definiciones del arte: “Para mí, ser escritor significa descubrir, mediante un paciente trabajo de años, la otra persona que vive oculta en uno y el mundo interior que la hace ser lo que es”.

Otro de los discursos memorables es sin duda el de William Faulkner al recibir el Nobel en 1950 (se lo dieron en 1949 pero la ceremonia fue un año después). El pasaje final de ese texto es un canto al futuro de la humanidad en nombre de la literatura: “Creo que el hombre no va solamente a resistir. Va a prevalecer. Es inmortal no porque es el único ser vivo que tiene una voz perdurable sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia”.

Poco después, Faulkner afirma que el escritor debe abordar estos temas y que su privilegio es ayudar al hombre a permanecer “alzando su corazón, recordándole del coraje y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y el sacrificio que han sido las glorias de su pasado”. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial, el mundo estaba conmovido por sus cenizas, y Faulkner concede un enorme poder a la literatura como benefactora de la dignidad humana. Según su texto, el escritor es un héroe.

Esa cualidad heroica del escritor vuelve a aparecer en el discurso más famoso que haya dado un escritor latinoamericano. El texto acaba de cumplir cincuenta años y con frecuencia todavía se cita. En agosto de 1967, al recibir el premio Rómulo Gallegos por La Casa Verde, Mario Vargas Llosa acuñó dos frases que quedarían como parte de su poética. Una de ellas es que “la literatura es fuego”. La otra es que se trata de “una insurrección permanente”. Según Vargas Llosa los escritores muestran “en sueños, testimonios, alegorías, pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la vida debe cambiar”.

En los tiempos recientes, la idea del escritor que está al servicio de una causa (“rebelde con causa”, dice Vargas Llosa) ha disminuido notablemente. Hoy se leen más libros que antes, pero el escritor ha perdido el aura de “conciencia de su sociedad”. Muchos lo ven no como un héroe sino como un objeto de consumo.

El sistema, es decir el mercado, parece haberse apoderado de la literatura y hoy ya pocos creen que los libros pueden transformar el mundo. Pero no hay que engañarnos. Los verdaderos libros siguen allí y los nuevos se siguen escribiendo. En cualquier lugar del planeta, una novela puede remecer a alguien y otorgarle una nueva conciencia de su relación con el mundo. Allí están los textos de Coetzee, Javier Cercas o Lorrie Moore, entre tantos. La literatura sigue siendo fuego solo que ahora se dice menos.

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