La rebelión de 1814

Este año se cumple el bicentenario de la rebelión del Cusco dirigida por los hermanos Angulo y el cacique Pumacahua, entre agosto de 1814 y marzo del año siguiente. Fue el más importante levantamiento peruano del ciclo de las Juntas y es mayormente desconocido. Aún no había San Martín ni Bolívar y los líderes rebeldes fueron todos peruanos; en su gran mayoría procedían de medios indígenas y criollos clasemedieros de provincia.

Sin lugar a dudas, este ciclo no fue foráneo ni se debió a la presencia de ejércitos americanos que trajeron la libertad. Por el contrario, los artífices fueron peruanos, aunque carecieron de fuerza para vencer. La famosa tesis del Dr. Heraclio Bonilla, sobre la “independencia concedida”, no califica para este primer ciclo de las luchas independentistas. El esfuerzo fue peruano buscando la coordinación con la revolución rioplatense.

En la gran mayoría de países latinoamericanos, los primeros rebeldes también fueron derrotados. Sin embargo, esos países conmemoran sus Fiestas Patrias el día que se iniciaron sus respectivas luchas por la emancipación. Por ello, en Argentina, Chile, México, Colombia, la independencia recuerda a los insurgentes, a quienes se levantaron contra los virreyes. Así, su historia nacional dispone de elevada autoestima; su Estado nació de una lucha propia.


Mientras que, nosotros celebramos un acto formal. San Martín proclamando la independencia en Lima el 28 de julio. No es la culminación de las guerras de independencia, porque si así fuera celebraríamos la batalla de Ayacucho. Tampoco es el comienzo de estas luchas, porque en ese caso recordaríamos a Francisco de Zela en Tacna 1811.

De ese modo, la historia peruana tradicional enfatiza en un acto oficial, realizado en la capital y dirigido por un general argentino. No hay lucha ni provincia ni peruanos, salvo como espectadores de la escena. Al desaparecer estos tres elementos, el Perú queda cercenado de algunos elementos simbólicos principales, que sí están presentes en las historias nacionales de otros países latinoamericanos.


Después nos preocupamos por la baja cohesión social y emprendemos programas asistenciales para integrar al país. Bien por ellos, pero ese asunto conlleva un tema mental, una disposición espiritual, que reconoce un glorioso pasado común para proyectarlo a un mañana también compartido e igualmente próspero.

Esa disposición es débil si la versión de la historia es tan cruda como la habitual en el país.

Nacimos del engaño de Pizarro a Atahualpa; somos hijos de una emboscada. Peor aún, cuando llega la hora de sacudirnos de la conquista, contamos otra historia deplorable. Desde Mariano Felipe Paz Soldán en adelante, la independencia arranca con San Martín. Al excluir la etapa de las Juntas nos excluimos a nosotros mismos.

Sin embargo, este año existe una oportunidad para cambiar esa versión. Se trata de los Angulo y Pumacahua. Ellos lucharon por la independencia y eran peruanos; además, su movimiento fue de envergadura, la geografía de la rebelión abarca medio país.

Habitualmente hemos tenido cierta reticencia contra esta gesta por la presencia de Pumacahua. Sobre todo en Cusco se ha recordado su papel crucial como enemigo de Túpac Amaru y artífice de su derrota. Ello es cierto. Pero, Pumacahua siendo un setentón se sumó a una rebelión patriota, fue su general a caballo y murió en esa calidad.

Sus dudas han sido consideradas por la historiadora Scarlett O’ Phelan, mostrando a un hombre experto en jugar varias cartas, que fue maltratado por los españoles y se volteó. Sea como fuere, es el único que comenzó en la derecha, donde permaneció largos años, hasta que, siendo bastante mayor, se pasó a la extrema izquierda, muriendo ajusticiado como rebelde.

Sus ambigüedades lo hacen muy peruano. En Lima solo existe un monumento a su trayectoria, que fue inaugurado por José de la Riva Agüero cuando fue alcalde. La memoria del 14 debe ser rescatada y las autoridades políticas tienen la palabra.

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