Keiko en su laberinto

Antonio Zapata

La semana pasada el congresista Juan José Díaz Dios protagonizó una situación vergonzosa con toda naturalidad y frescura. Como todos saben, el congresista denunció a la primera ministra, Ana Jara, mostrando como prueba unos correos falsos aparecidos en una columna de sátira política.

El congresista no se detuvo a pensar y fue ganado por el afán de éxito inmediato. Lo suyo fue figuretismo al 100%. Era evidente su mala fe y su concepción rastrera de la política como ataque artero sin siquiera verificar la información básica. 

Luego, cuando se hizo público el papelón, le echó la culpa a otro y responsabilizó a sus asesores. No asumió su parte en el asunto, sino que derivó a trabajadores dependientes suyos. Perdió de ese modo la oportunidad de aprender. En el futuro tomará otro asesor y seguirá tan falso como siempre. 
Es cierto que se disculpó y la primera ministra pasó la página, pero quedó evidente que el fujimorismo de hoy presenta tantos problemas como el de ayer. En efecto, el congresista Díaz Dios no es cualquier parlamentario, sino el vocero principal de la bancada fujimorista.

En este puesto, Díaz Dios está reemplazando al congresista Julio Gagó, quien meses atrás fue hallado responsable de realizar negocios ilícitos con el Estado. Como consecuencia, Gagó se halla suspendido y en realidad fue salvado del desafuero que correspondía. 

A continuación, Víctor Grández, otro parlamentario de Fuerza Popular, ha sido descubierto por un programa de TV como dueño de prostíbulos donde se práctica el meretricio infantil. El fujimorismo ha anunciado su expulsión, pero tenemos otro caso reciente que muestra la dirección de la corriente en un grupo que aspira a ganar las presidenciales del 2016.

De este modo, la carrera de Keiko a Palacio atraviesa problemas mayormente generados desde dentro. La gente diariamente se pregunta, si así son en la oposición, ¿cómo serían nuevamente en el poder? Fácil. Serían como están mostrando que son. Harían contratos personales ilegales con el Estado, como Gagó, acusarían sin pruebas a sus rivales políticos, como Díaz Dios, y aprovecharían de sus puestos para desarrollar todo tipo de negocios privados impropios, como Grández. Súmele usted la cocaína hallada en una camioneta de campaña en Barranca y encontrará un esquema del fujimorismo actual. 

Estas conductas parecen tan negativas como las peores de los años noventa. Aún no se halla presente un símil a Montesinos ni aparecen sus jugosos sobornos a los grandes poderes fácticos del país. Pero están en ciernes. Los repetidos incidentes de sus figuras públicas lo evidencian. 

¿Puede Keiko diferenciarse de la cultura corrupta de los noventa y aparecer como una segunda generación renovada y moderna? Se escucha decir que es su propósito, pero no le es fácil. 

Es cierto que el fujimorismo posee algunas figuras sagaces, con manejo y fuerza política. Pero estas personas capaces ya estaban en los noventa, son los limpios del grupo que gobernó junto a Alberto Fujimori. 

Los que no dan la talla son los nuevos, los integrantes de la generación de Keiko. En estos años como oposición, Fuerza Popular no ha mostrado ninguna figura nueva superior a Díaz Dios, Gagó o Grández. 

Pero la debacle de sus rivales mantiene intactas las esperanzas del fujimorismo. El gobierno sin candidata, García con narcoindultos y Toledo con Ecoteva; ninguno parece capaz de vencer al fujimorismo, que ya quedó segundo el 2011 y no se ha dividido, no obstante las desavenencias entre padre e hija.

Aunque, Keiko podría perder frente a un candidato autoritario y antisistema que enfrente la corrupción, ineficiencia y figuretismo sin sustancia de la política peruana. Un escenario del 2016 es la caída del sistema político, dado el inmenso hartazgo ciudadano hacia la política actual. 

Si ello sucede, el fujimorismo será parte del establishment rechazado, porque sus figuras actuales lo llevan a esa posición. Para ganar, Keiko tendría realmente que limpiar su círculo.

 

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