Nada bueno

Mirko Lauer

Un libanés comprobadamente dedicado a manipular materiales para la confección de explosivos en una vivienda de Surquillo, suena ominoso. Las versiones que llevaron a su captura lo sindican como miembro de Hezbollah, uno de los brazos terroristas del gobierno de Irán. El soplo vino de fuentes de inteligencia extranjera. Esto es más o menos lo que traen los medios.


Pero la parte comprobada es de por sí muy preocupante. ¿Qué hacía Muhamad Amadar en Surquillo? ¿Armaba explosivos para uso local o para la exportación? ¿Enseñaba a fabricar bombas a alguna organización peruana? ¿O practicaba? Si acaso eran para uso local, ¿podemos pensar en uno de esos atentados antijudíos en lugares inesperados, como fueron los dos de Buenos Aires, 1992, 1994?


Otro escenario hipotético horripilante es que alguna banda del narcotráfico esté considerando pasar a mayores en respuesta a algunas de las grandes capturas de cocaína en los últimos tiempos, como los 7,000 kilos de Trujillo. Este tipo de escaladas han sido contraproducentes para los narcos en otros países, pero igual se siguen produciendo. En esto la droga es mala consejera.


La presencia de Hezbollah en América Latina es evidente desde hace tiempo. Los estadounidenses la consideran una suerte de organización de servicios para el crimen organizado en la zona. Cosas como consejos estratégicos, armamento, acceso a redes internacionales, entrenamiento de combate. El pago que recibe va a sus operaciones en el Medio Oriente, aunque el subsidio de Teherán está estimado entre US$ 100 y US$ 200 millones.


En efecto existen algunas pruebas concretas de lo anterior, como los vínculos detectados con la banda narcotraficante Zetas, de México. Hace dos años un miembro de Hezbollah confesó vínculos con la narcoguerrilla colombiana. Al año siguiente otro miembro confesó haber pagado a un equipo mexicano para asesinar al embajador de Arabia Saudita en Washington. No llegó a materializarse.


El Perú parece más bien alejado de esos siniestros circuitos internacionales. Pero a la vez es perceptible que en algunas zonas del país la violencia relacionada con el crimen organizado va en aumento. De modo que es vital llegar a una comprensión de qué es lo que el asolapado Amadar estaba haciendo en el país. Por lo pronto no se le conoce trabajo alguno.


Que Amadar esté casado con una peruana que antes estuvo casada con un estadounidense agente de la DEA, le da al asunto un giro novelesco que también se presta a preguntas. Hasta aquí no hay otros datos sobre su vida, y hasta el momento no circula una versión de los interrogatorios, y no está de más prepararse para alguna forma de desenlace insólito.

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