Carta de Nueva York

Mirko Lauer

Manhattan, 15 de octubre del 2011

Mi querido Mirko,

La extensa información que trae el 13 de octubre La República en la mesa redonda en torno al proyecto de irrigación de Olmos adolece de una seria omisión: no hace mención alguna del Presidente Augusto B. Leguía, creador, inspirador y primer ejecutor del proyecto que iba a hacer realidad su sueño de convertir en propietarios a los pequeños agricultores, redimirlos del explotador sistema de riego que le imponían los terratenientes y duplicar el área cultivada de la costa peruana.

El grandioso proyecto, elaborado por el experimentado ingeniero estadounidense Charles W. Sutton con la colaboración de 45 ingenieros peruanos, y que preveía la irrigación de hasta  200,000 hectáreas, empezó a ejecutarse en 1924, pero en 1925 un feroz fenómeno de El Niño, que inundó la Costa norte, deshizo los trabajos ya realizados, impidió su continuación y forzó al Estado a concentrarse  en la reparación de los canales de riego de la región afectados por el diluvio.

Reanudados los trabajos, los problemas fiscales que ya provocaba la crisis económica mundial retardaron su avance y finalmente el derrocamiento de Leguía determinó su paralización. El odio de los terratenientes, que veían amenazados –por el contenido social del proyecto– sus históricos privilegios –rezagos del predominio de la oligarquía civilista, desplazada del poder por Leguía que gobernó con la clase media y provinciana, y que ahora volvía al gobierno–, se volcó entonces sobre su proyecto preferido destruyendo todo lo hecho.

Los 3,000 planos del proyecto fueron quemados, desmanteladas las instalaciones, inutilizadas o repartidas a precio vil entre ellos la poderosa maquinaria importada, retiradas las tuberías, abandonada la obra y restablecido el sistema de riego de los terratenientes, que cobraban S/. 1.61 por unidad de medida a los pequeños agricultores contra los 3 centavos de sol que había establecido Sutton, quien fue encerrado en el Panóptico bajo las acusaciones de enriquecimiento ilícito, acusaciones del Tribunal de Sanción que también se probarían falsas. Murió tan pobre que su sepelio debió ser costeado por el Estado cuando el gobierno del General Odría.

Más que su proyecto predilecto, en el que cifraba la futura prosperidad del país en función de la justicia agraria, Olmos fue para Leguía una obsesión. Sus últimas palabras antes de expirar encarcelado fueron: “¡Olmos!”, “¡Olmos!”, “¡Mis pobres hijas!”, a las que dejaba en el desamparo después de haber llegado millonario a la presidencia.

El odio destructor  y el propósito de borrar a Leguía de la historia han privado al Perú durante 81 años de la gigantesca irrigación que tanto requería su desarrollo, y esa experiencia debe ser una lección para las nuevas generaciones. A la vista de este drama nacional y humano, un elemental sentido de justicia y de consecuencia demandaría de la Nación dar el nombre de Augusto B. Leguía al renacido proyecto de Olmos y sus promisorias perspectivas para el Perú.

Un abrazo  

Carlos Alzamora

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