Campesinos atrozmente asesinados

Mirko Lauer

Hay Estados que proscriben la negación pública de un genocidio históricamente comprobado. Muchos países de Europa tienen una frondosa legislación que condena a quienes postulan que el holocausto es un invento. En Francia se acaba de prohibir la prédica, mayormente turca, de que no hubo masacre de un millón y medio de armenios en 1915.

El tema nos toca. No solo porque los epígonos de Sendero Luminoso niegan sus prácticas genocidas, y porque la Fuerza Armada tiende a desentenderse de las atrocidades cometidas en respuesta. También porque hay sectores empecinados en mantener toda esa era de sufrimiento como un espacio borroso, donde hay mucho de vago y muy poco de preciso.

En lugar de aceptar o negar abiertamente los datos corroborables de ese pasado, el Perú los ha mantenido como un tema de constante divergencia. La discrepancia en torno del número de víctimas establecido por la CVR es sintomática. Cada bando ideológico se queda con su cifra, nadie se ha tomado la molestia de sustentarla o al menos perfeccionarla.

Ahora una nueva camada de senderistas está intentando reescribir la historia a su conveniencia, presentando la permanente criminalidad de SL contra campesinos inermes como un uso habitual de la guerra. Parte de su cálculo es que 30 años después el país ha olvidado y está listo para volver a ser sorprendido como en 1980.

El informe de la CVR es perfectible, pero a la vez indispensable, puesto que sus críticos nunca han presentado una alternativa integral a su contenido. Descartar el documento de plano en todos sus aspectos termina siendo una variante local de negacionismo frente a un genocidio. Un favor a dos bandas a los senderistas, y demás enemigos de los derechos humanos.

Es evidente que ni aquí ni en ninguna otra parte puede darse una visión coincidente al 100% sobre un hecho tan vasto, tan emotivo y con tantos alcances como un genocidio. Pero frente a hechos históricos la subjetividad tiene algunos límites, y negar una crónica de los hechos, en este caso el informe de la CVR, es una forma de negar los hechos.

La iniciativa para poner una versión adecuada del horror de 1980-1992 al alcance de los escolares es sumamente positiva. Ella también sirve para recordarnos lo estancados que están los estudios históricos acerca de qué sucedió en esos años. El informe de la CVR no es, y nunca pretendió ser, la última palabra, sino más bien una primera aproximación.

Imaginemos al Lugar de la Memoria (en construcción) no solo como un museo de la historia de la violencia, sino también como un centro de estudios académicos sobre esa historia. Sería uno de los mejores antídotos a cualquier intento de rearticular la violencia en torno de la amnesia colectiva.

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