El ataque de las mariquitas

Marco Avilés

Una tarde de otoño, a la hora del almuerzo, una mariquita aterrizó en mi plato de comida. Era pequeña como una lenteja y su coraza anaranjada y redonda estaba salpicada de diminutas manchas negras. La observé maravillado mientras masticaba un bocado de lechuga. La mariquita no estaba interesada en mi ensalada. Caminó sobre el borde del plato y, con la mayor frescura, se detuvo. Recogió las patas y se durmió. Eso creí. 

Todo hombre de ciudad sabe que es más fácil hallar un mariquita en un cuento infantil que en la vida real. Acerqué el rostro para divisarla mejor. Un líquido anaranjado chorreaba de su vientre. ¿Estaría orinando? El asco pudo más que mi curiosidad científica.
Disparé a la mariquita con un dedo y limpié el desastre con un pañuelo de papel. Más tarde hallé a una colega (¿o sería la misma?) en el fregadero. Otra caminaba feliz en el mostrador de la cocina. Muchas más recorrían las ollas, las paredes, el techo. Toda la casa estaba llena de mariquitas. 

La vida parecía una historia de García Márquez. Si las mariposas amarillas anunciaban el amor en Macondo, ¿qué mensaje venturoso portaban estos diminutos coleópteros en Maine? Nadie en casa compartía mi entusiasmo tropical. Mis suegros espantaban a las mariquitas como a moscas. Se quejaban. Cada año aparecen más. O se preguntaban por dónde habrían entrado esta vez, pues las puertas y las ventanas estaban aisladas con mallas muy finas. Con el correr de los días, todos se resignaron a la omnipresencia de las mariquitas. No seguirlos fue mi error.

❉ ❉ ❉

Una mariquita aterrizó en mi libreta de apuntes, unos días después, mientras desayunaba. Caminó por el borde del cuaderno hasta completar una vuelta olímpica. Luego descendió usando el separador de páginas como si se tratase de una rampa. Tomé muchas fotos. La mariquita caminó hasta el filo de la mesa y, después de un breve aleteo, levantó vuelo. Rodeó un dicroico encendido pero no se detuvo. Siguió su curso más allá del comedor. Atravesó la sala de televisión, los sofás llenos de cojines, las camas donde los perros dormían. Siguió hacia el pasadizo que conduce a las habitaciones. Todas las puertas estaban cerradas menos una: mi estudio. 

La mariquita entró a mi refugio de trabajo. La lámpara de lectura estaba encendida. Dio unas vueltas alrededor de la pantalla brillante. Después se elevó en una maniobra en espiral hasta llegar a la esquina donde se unen las paredes y el techo, territorio habitual de las arañas. Lo que vi fue estremecedor. Docenas de mariquitas se apretaban en ese rincón bajo el cual escribo todos los días. Algunas ocupaban la pared mientras las demás las pisaban con ansiedad, como si intentaran quitarles el espacio. La belleza individual de cada mariquita se desdibujaba ante la opresión del montón. 

Toda superpoblación resulta monstruosa. Intenté contarlas pero me bloqueó el asco. No fue este el caso de Joan Webley, una vecina del puerto de Gloucester, en el suroeste de Inglaterra, al otro lado del mundo, quien censó a las mariquitas que se hospedaban en su casa. Unos ciento cincuenta coleópteros convivían con esta solitaria anciana retirada que usaba un balón de aire para respirar. «No me hacen ningún daño. Ellas dan unas vueltas antes de juntarse e ir a dormir», le dijo a un periodista como quien habla de un par de gatos. Era la evidencia de un problema que hace dos décadas parecía consternar solo a granjeros y entomólogos, pero que en los últimos años ha adquirido dimensiones de plaga bíblica.

¿En serio? ¿Pueden unos animalitos tan lindos encarnar una peste temible? ¿Qué daño pueden causar las mariquitas? Pensé en esto durante días. Bastaba levantar la mirada desde mi escritorio para toparme con el enjambre. A veces, alguna aterrizaba en la mesa, caminaba un poco, se hacía la dormida y entonces soltaba su líquido amarillo. No era pichi –averigüé– sino sangre. Las mariquitas sangran cuando las amenaza un enemigo potencial. El olor espanta. Los cuentos infantiles no detallan el lado gore de las mariquitas; tampoco dicen que hay unas cinco mil variedades en todo el planeta (de muchos tamaños y colores); y menos que las que invaden las casas responden al poco angelical nombre científico de Harmonia axyridis. Son coleópteros nativos de Asia Central y poseen un feroz apetito. Una sola mariquita se traga medio centenar de pulgones cada día.

¿Asia Central? ¿Entonces qué demonios hacen en mi oficina? Como ocurre con tantos males de hoy, el responsable de esta peste es un mamífero de dos patas. Durante todo el siglo pasado, los granjeros industriales confiaron en que las Harmonia axyridis eran el remedio contra las plagas de pulgones que afectaban los grandes cultivos de pecanas, manzanas, fresas, rosas, trigo, cítricos varios, alfalfa, pinos. Entonces trasladaron a las mariquitas desde su hábitat original hasta el Primer Mundo. Las Harmonia axyridis combatieron a los pulgones, pero con el tiempo –y debido a su voracidad– extinguieron o desplazaron a cientos de variedades de mariquitas locales, menos fuertes y menos efectivas para las necesidades de la agricultura industrial. Las Harmonia axyridis una vez fueron remedio, pero ahora son una plaga funesta. Algunos reportes indican que perjudican las cosechas de uva. Se adhieren a las ramas de tal manera que resulta difícil retirarlas y terminan trituradas junto con el vino. Cuando llega el invierno, buscan lugares calientes para resistir el frío. Es cuando entran a los graneros y a las casas. No causan daño directo a los humanos –hasta ahora–, pero no todos los ciudadanos son tan tolerantes como mis suegros o como la amable señora Webley. Las compañías de control de plagas ya ofrecen paquetes idóneos, y algunos blogs recomiendan medidas caseras para exterminarlas. ¿La más sencilla? Usar una aspiradora. ¿Sería un método efectivo contra las mariquitas de mi oficina?

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El otoño pasó. La primera semana de invierno noté que el enjambre disminuía. Un mañana conté once mariquitas. Otro día, ocho. Luego ya solo cinco. ¿Adónde se iban? En teoría, debían quedarse hasta el final del frío, en marzo, pero cada vez resulta más difícil definir las estaciones. Todo Maine tendría que estar cubierto de nieve. Sin embargo, un sol enigmático brilla estos días sobre la hierba. ¿El cambio climático confundía a las mariquitas? 

Esta tarde ya solo quedaban cuatro en el rincón. Una cayó sobre mi mesa. Parecía muerta pero reaccionó cuando la toqué. Entonces hice lo que había postergado durante muchos días. Tomé una hoja bond y dibujé un cuadrado de media pulgada. Coloqué allí a la mariquita y le tomé muchas fotos. De frente. De perfil. Los entomólogos de la Universidad de Cornell, en Nueva York, intentan mapear la población de mariquitas y piden que cualquier interesado les envíe imágenes. The Lost Ladybug Project (Proyecto Mariquita Perdida) es una cruzada en busca de la mariquita de nueve manchas, una de las tantas especies nativas que han desaparecido a causa de la superpoblación de la Harmonia axyridis. La que fotografié era de esta variedad omnipresente. Conté sus manchas. Dieciocho. Mientras enviaba los archivos, la mariquita permaneció inmóvil sobre la hoja. Haciéndose la muerta, despista a sus enemigos. ¿El peor? Aquel mamífero que se cree dueño del mundo.

La dejé en paz un momento. Cuando volví a mirar, la mesa estaba vacía.

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