Una pasión limeña

Alonso Cueto

El teatro siempre ha sido una de las pasiones limeñas. Sabemos que desde poco después de mediados del siglo XVI, por iniciativa de los jesuitas, ya se escenificaban obras en los atrios de las iglesias, iniciando una tradición de la que iban a participar figuras tan distintas como Pablo de Olavide y La Perricholi. Gracias a los notables trabajos de José Antonio Rodríguez Garrido (un gran conocedor del teatro de Pedro Peralta) y de otros investigadores, hemos podido conocer gran parte de la historia del teatro colonial, y de su papel en la sociedad de entonces.  

Desde la Colonia el centro de Lima fue el barrio teatrero por excelencia, y lo siguió siendo hasta hace apenas cincuenta años. Por entonces, locales como el Segura, el Municipal, la sala Alzedo, la Asociación de Artistas Aficionados, el teatro La Cabaña y la sala de la ENAE congregaban a los aficionados. Había salas llenas en las funciones de Collacocha de Enrique Solari y de Marat Sade montada por el grupo Histrión y de “La noche de los asesinos”, dirigida por Sergio Arrau, y el taller de Reynaldo D’amore. En años recientes, la actividad teatral se desplazó a San Isidro y Miraflores, aunque también a Comas y a Villa El Salvador, cuya Municipalidad sigue organizando talleres y espectáculos. El último gran éxito de la temporada teatral es sin duda La ciudad y los perros, bajo la dirección de Edgar Saba, en el CCPUCP. La inauguración del maravilloso Teatro Nacional y la remodelación del Municipal son también grandes noticias para una de las pasiones de los limeños, que buscan seguir viéndose reflejados en el escenario.


Hace unos años no solo íbamos al teatro. También lo leíamos. En los años cincuenta y sesenta, la editorial argentina Losada publicaba las obras completas del teatro de Sartre, Camus, Giraudoux y Jean Anouilh. La obra de Sebastián Salazar Bondy se publicó en varios tomos. El hecho de que ya no se publiquen tantos textos teatrales modernos (la editorial Norma sigue publicando los clásicos) se debe a que las palabras hoy son consideradas en ocasiones prescindibles o moldeables. Las obras ya no son solo lo que los autores escribieron sino también lo que los directores imaginan. Con distinto gusto y criterio, hemos visto montajes que alteran los textos originales. Un ejemplo es el que vi alguna vez en Estados Unidos: Macbeth era el jefe de una pandilla callejera que se metía en la cama con su amante, Lady Macbeth, para gozar con sus rituales sadomasoquistas.  

En las últimas décadas hemos tenido autores en plena producción. Alonso Alegría cuyo El cruce sobre el Niágara alcanzó reconocimiento internacional en la generación anterior y luego muchos otros han formado una galería de la dramaturgia peruana. Sería muy largo nombrar a todos los directores, actores, escritores y técnicos en actividad hoy en día. Entre los dramaturgos más jóvenes quien ha destacado por su persistencia y calidad es sin duda Mariana de Althaus, que acaba de estrenar El lenguaje de las sirenas en el teatro del MALI. La obra de Althaus es un retrato familiar de la clase alta que se convierte en una fábula sobrenatural. Su desarrollo alterna el realismo satírico y la fantasía poética. La sirena, un ser mágico, es en cierto modo un portador de la verdad social, que desencadena la revelación de los traumas individuales y colectivos.    

Mariana de Althaus me hace recordar el origen etimológico de la palabra “teatro”, que viene del griego y puede traducirse como “lugar donde ver”. Lugar de exploración, profundización, revelación, el teatro integra en un solo lenguaje vivo, el sonido y la imagen. Más que en la narrativa o la poesía, su tema es el entrecruzamiento de voluntades. Según Gore Vidal, el buen dramaturgo es “un experto en articular relaciones humanas”.

Hace unos años leí una frase del crítico, productor y dramaturgo Robert Brustein, con la cual a veces estoy de acuerdo. “Cuando uno va al teatro es un acto comunitario. Ir al cine en cambio es un acto solitario”.  

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