El Perú de los 60, según la CIA

Nelson Manrique

Se ha venido difundiendo una visión de la historia peruana según la cual la revolución militar de Juan Velasco Alvarado de 1968 fue un fenómeno exótico, inexplicable, que vino a interrumpir el recto camino del Perú hacia el progreso. ¿Es eso cierto?

No lo era para la CIA, que desde comienzos de la década del 60 mostraba una viva preocupación por el potencial revolucionario que, según ellos, portaba la situación peruana. Revisando los materiales desclasificados de la agencia de inteligencia norteamericana llama la atención la precisión de algunos de sus diagnósticos, que contrastan con la miope visión de la mayoría de los políticos peruanos de entonces.

El 1º/5/63 se realizó en Washington una reunión de la comunidad de la inteligencia norteamericana, el estado mayor conjunto y la CIA, para evaluar la situación peruana. La mayor preocupación era que pudiera llegar al poder un gobierno radical en el Perú, como había sucedido en Cuba en 1959. Se discutió según un diagnóstico preparado por la CIA (Case Number: EO-1993-00006. Release Decision: RIFPUB. “Political Prospects in Peru”, 5/1/63).

El diagnóstico de la CIA partía señalando que en el Perú no existía una efectiva unidad nacional, “entendida como un lenguaje y una cultura común”. Según el protocolo de la reunión, el Perú estaba dirigido por una oligarquía, principalmente blanca, que habitaba en Lima y el área costera, que ejercía el poder respaldada por las FFAA y por la Iglesia. Más de la mitad de los 11 millones de habitantes eran indios analfabetos, pauperizados, que hablaban sus propias lenguas y vivían en una economía de subsistencia bajo un sistema de dominio semifeudal, apartados de la sociedad moderna. La mayoría de los mestizos, que constituían aproximadamente la tercera parte de la población, no vivían mucho mejor que los indios, aunque formaban parte de la gran fuerza de trabajo urbana.

La presencia de la cordillera de los Andes hacía muy difícil el transporte y las comunicaciones. El sector moderno de la economía estaba confinado a la costa, donde se concentraba alrededor del 30% de la población, la agricultura comercial, la producción petrolera, manufacturera y el comercio, y se producía más de la mitad del Producto Bruto Interno. La sierra representaba el 27% del total del territorio, pero albergaba al 55% de la población nacional. Proveía de minerales y algunos productos agrícolas, pero más de cinco millones de indígenas vivían en “condiciones primitivas”, al margen de la economía monetaria. La selva estaba completamente aislada del resto del país.

La situación macroeconómica era buena; se creía que la tasa de crecimiento del 4 o 5% anual de las dos décadas anteriores se incrementaría a 5.5%. Era improbable, sin embargo, que el progreso económico fuera compartido. El ingreso per cápita en la sierra era semejante al de la estancada Bolivia y la pobreza en la selva podría compararse con la de Haití. En la costa el ingreso era semejante al promedio de América Latina, pero había grandes disparidades de riqueza y bienestar: “En Lima y otras ciudades el consumo ostentoso coexiste con la pobreza más abyecta”.

Los gobiernos peruanos, concluía el documento, no habían estado dispuestos a hacer los sacrificios necesarios ni a afrontar los riesgos para producir los profundos cambios sociales y económicos que requería el país. La estabilidad política del Perú dependería decisivamente de la habilidad y la decisión del gobierno para responder a las demandas populares de bienestar económico y seguridad. “Esta situación –concluía el cónclave de la inteligencia norteamericana– augura una desintegración de la estructura social y económica peruana. A menos que las fuerzas moderadas logren realizar un cambio ordenado probablemente los liderazgos radicales conseguirán la oportunidad para ensayar sus métodos” (National Intelligence Estimate. NIE 97-63. Washington, May 1, 1963. CIA Files, Job 79-R01012A, ODDI Registry. Secret). Dos años después estallaron las guerrillas del MIR y el ELN y el 68 Velasco Alvarado tomó el poder.

Medio siglo después, ciertas cosas no cambian.


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