Edición Impresa del 17 de Diciembre de 2012

Una locura política

Jorge Bruce

Escribo estas líneas mirando los nombres y las edades de los niños y adultos asesinados en la masacre de Newtown: Charlotte Bacon, 6, Daniel Barden, 7, Madeleine Hsu, 6, Jack Pinto, 6. Todos entre 6 y 7 años. El New York Times los ha publicado en un recuadro de primera plana como el que debimos haber publicado aquí, en el Perú, cuando nos ocurrieron tragedias análogas (solo que esto sucedió en remotos pueblitos de la sierra y no pareció urgente publicar esos nombres en primera plana). Sin embargo darles identidad a esos niños hace que podamos relacionarnos de una manera personal, y pensar en aquellos chicos de edades similares en nuestro entorno. Y qué debemos hacer para cuidarlos.

Todos recibieron varios impactos de bala de un rifle de asalto, como el que usan los soldados americanos en las guerras que su país emprende con alarmante regularidad. Las armas, pues también se hallaron dos pistolas en la escuela, pertenecían a la madre de Adam Lanza, quien la mató primero a ella. La señora Lanza era una persona amable y comunicativa, uno de cuyos hobbies era coleccionar armas. Le gustaba llevar a su hijo a hacer prácticas de tiro al blanco.

No se sabe con certeza cuál era la patología del joven Lanza. Se habla de un síndrome de Asperger pero eso no nos dice nada acerca de la violencia de su cometido. Como tampoco la palabra psicopatía. Es posible que haya tenido una radical falta de empatía con el sufrimiento ajeno, para poder efectuar ese pasaje al acto. O lo contrario, un goce sádico. Pero también cabe la posibilidad de que haya sufrido un episodio psicótico alucinatorio.

En cambio sabemos con absoluta certeza que la cultura de las armas en los EEUU está directamente vinculada con la recurrencia de estos episodios. Las estadísticas son lapidarias: los EEUU tienen mucho más armas por persona que cualquier país del mundo. La cantidad de personas que mueren por armas de fuego supera a todos los ataques terroristas –a los que los norteamericanos tanto temen– y las guerras de Irak y Afganistán combinadas. Hay algo mucho más perturbado y dañino que la mente de Adam Lanza en este comportamiento. La NRA logra amedrentar a los políticos o bien los soborna con generosas contribuciones económicas. Un comentarista decía que debería hacerse una estatua de Charlton Heston en cada una de las matanzas ocurridas en su país. El recordado Ben Hur era el líder de ese poderoso lobby para la posesión de armas. Le Monde tiene razón cuando afirma que no bastan las lágrimas de Obama. Si no toman decisiones políticas ahora, ya debe haber otro personaje con graves alteraciones mentales preparando un arsenal de guerra para cazar personas en el barrio.

Las regulaciones impuestas en Australia redujeron dramáticamente las muertes por armas de fuego, tal como sucedió con las medidas de seguridad para conducir autos y el número de accidentes en todo el mundo. Rehuir actuar conforme a esa evidencia es mucho más peligroso para la comunidad que la patología de un sujeto aislado, deprimido y presa de un arrebato destructivo incontrolable.

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