¿Malas intenciones?

Raúl Tola
Contada desde el punto de vista de Cayetana de los Heros, una niña que vive en las afueras de Lima durante los años germinales de la violencia terrorista, y que cree que morirá el día que nazca su hermano ?hijo de su madre y su padrastro?, Las malas intenciones es una película de una impecable factura técnica que ganó el premio a la Mejor Película Peruana del Año en el último Festival de Lima y el Premio Especial del Jurado en el Festival de Gramado (Brasil), y se ha paseado por algunos de los principales certámenes cinematográficos del mundo, como el Los Angeles Film Festival y la Berlinale. No alcancé a ver Las malas intenciones durante el tiempo que estuvo proyectada para el Festival de Lima, y la última semana, luego de seguir con atención la polémica que se ha desatado por el maltrato de los exhibidores ?que la condenaron a una muerte prematura al programarla en horas infames? decidí por fin verla. Pero esta vez tampoco tuve suerte: como pude comprobar, es cierto que sus horarios son prohibitivos. ¿Cómo puede explicarse la abierta indiferencia ?cuando no maltrato? que han demostrado las salas de cine nacionales por esta oleada tan interesante y nueva de jóvenes directores, que incluye a Rosario García-Montero, Daniel y Diego Vega, Josué Méndez, Javier Fuentes-León y Claudia Llosa? ¿Por qué ni Las malas intenciones, ni Octubre, ni Días de Santiago ni Contracorriente recibieron un trato medianamente decoroso? ¿Por qué, en el colmo de la dejadez, La teta asustada no fue difundida ni se reestrenó cuando competía por el Oscar? ¿Es cierto que no son rentables, que al público no le interesan, que salvo Pantaleón y las visitadoras ninguna ha llenado salas comerciales? ¿Solo la lógica del mercado nos ha llevado a este callejón sin salida? Me temo que no. No dudo que blockbusters como Transformers o Gigantes de acero merecen un lugar privilegiado en nuestra cartelera: el público acude por miles a verlos, y los cines viven de los boletos vendidos. Sería absurdo pretender que las realizaciones peruanas compitan contra ellos, y no creo que ese sea un tema en discusión. Se trata más bien de no asfixiar a las películas producidas en nuestro país, de darles un espacio y un trato proporcional a su calidad, para que sean luego los espectadores quienes decidan. Hoy en día esto no ocurre, sea por prejuicio, por obligaciones con las empresas distribuidoras, o por mera indolencia, y han hecho bien Rosario García-Montero en levantar la voz y luego el Ministerio de Cultura en acoger su queja. Mientras escribo estas líneas veo que, luego del escándalo, los exhibidores han decido darle un tiempo más de vida a Las Malas Intenciones. Qué buena noticia: esta semana la veré de todas maneras.

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