Edición Impresa del 19 de Abril de 2009

La guerra en el VRAE

Por Luis Jaime Cisneros

Entre las graves noticias surgidas del episodio reciente en el VRAE, me ha convocado a reflexión (y a honda preocupación) el dato de que la jefa del equipo responsable era una profesora. Un largo escalofrío me ha recorrido. Los muertos no han sido pocos, ciertamente. No puedo pasar por alto este hecho, porque me obligó a reconstruir cuánta responsabilidad ha cabido a los maestros en los veinte largos años de terror que hemos sufrido. No me interesa discutir ahora si se trata de rebrote esta situación, o si estamos ante ‘remanentes’.

¿Cuántos maestros siguen en su doble tarea en nuestras escuelas? ¿Cuando se afirma que el terrorismo ha sido derrotado, se alude a la tropa comprometida y armada, y se ignora a los encargados de mantener viva la llaga? Que estas cosas sucedan en zonas rurales obliga a pensar y repensar sobre nuestra realidad. Las FARC colombianas han redoblado su amenaza desde que se vieron ayudadas por el narcotráfico.

¿A qué me conducen estos hechos? A pensar si es que necesitamos reforzar la educación cívica en las escuelas. Esta lucha no es privativa de las fuerzas armadas sino de todos nosotros. Se lucha en el campo, es verdad. Y debe haber en el hogar clara certeza de que nuestros niños van a formarse en una escuela y no a recibir instrucción paramilitar ni apreciaciones ideológicas.

Y es que hay una responsabilidad que nos incumbe a todos como ciudadanos. En vez de discutir (con ánimo de descubrir y achacar responsabilidades) quién fue culpable de que muriera un soldado voluntario menor de edad, debemos reflexionar sobre el servicio militar. No me ha convencido esto en que quedó convertido el SMO. Debemos pensar quizás en dos tipos de servicios ciudadanos: el militar y el civil. El militar nos enrola en las fuerzas armadas a los 18 años, para servir y defender al país. El otro nos enrola para combatir al analfabetismo, especialmente en las zonas rurales y nos vincula con las dos grandes lenguas indígenas.

De este modo, el curso de Educación Cívica preparará a los estudiantes para servir al país y para explicarse así, con el ejemplo, por qué decimos que somos ‘soldados del porvenir’. Porque es verdad que debemos combatir al enemigo extranjero, si lo hubiere, con las armas. Y también es cierto que debemos combatir al analfabetismo, enemigo de la unidad nacional y de la democracia, con las aulas desde las cuales podamos entregar a cada ciudadano las armas del lenguaje y el conocimiento, que nos sirven para abrir caminos al porvenir.

Quiero insistir en el valor doblemente político de esta lucha. El lenguaje sirve para decir la verdad, y es verdad que es un instrumento del poder. Solo los alfabetos mandan. Y si es evidente que el lenguaje nos sirve para decir y propagar la verdad, cierto es también que el lenguaje no miente. Y cierto, asimismo, que hay otro lenguaje que quienes manejan el poder pueden usar para perder precisamente a quienes no han logrado alcanzar sus beneficios y para impedir que puedan usufructuarlo y alcanzar así el poder que el uso del propio lenguaje asegura.

La escuela tiene que alentarnos al respecto. No solo debe esmerarse en conseguir que el alumno fervorosamente viva el lenguaje dentro de su experiencia social, sino que esté alerta para impedir que lo asedien la calumnia y la mentira, a fin de que pueda comprobarlo como un instrumento de cohesión que permite la integración de los miembros de una comunidad.

Si las emboscadas se dan de preferencia en zonas rurales, bilingües, pues nunca mejor que ahora para hacer que los estudiantes descubran la fuerza cohesionadora del lenguaje cuando se trata de asegurar la unión, defender la justicia y amar la libertad.
Si alguien preguntase por qué enfatizamos esta virtud del lenguaje, bastará con recordarle que Sendero Luminoso utilizó el lenguaje para instruir a los muchachos en el camino de la subversión. No se trata de que las escuelas se conviertan en baluartes contra nadie. Se trata solamente de que ayuden a los estudiantes a descubrir la virtud del lenguaje como arma indispensable para garantizar la unidad de todos nosotros. Después de todo, como en el cuartel, también en la escuela se aprende a defender a la patria.

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