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Camaleón con zapatillas


“Yo sufrí de lepra”: el castigo divino para Elizabeth Alegría

Posted on Octubre 20, 2009 by camaleon

Elizabeth me prometió no llorar, pero rompe la promesa. Son las cuatro de la tarde. Martes. Estamos sentados en el patio de su casa, por el cruce de las avenidas Caquetá con Túpac Amaru en San Martín de Porres. Ella vive en un hospital abandonado, lo que era el leprosorio de Portada de Guía. Elizabeth no cumple su palabra y las lágrimas caen otra vez al suelo. Los recuerdos la inundan. Ella tuvo lepra. PLAY.

Nací en Ramón castilla, departamento de Loreto, en el 1958. Somos seis hermanos. Todo era felicidad para mí hasta que tuve nueve años: me salió como tres lunares en la cara y empecé a sentirme mal. Me habrá picado un mosquito o algo no sé.

El médico le dijo que tiene que tomar Sulfona por siete meses. “Mira, hijita, es como si te hubiese picado una avispa. Imagínate eso. No te voy a decir más, porque eres chiquilla y te vas a acomplejar”. Elizabeth le dijo:”Doctor, dígame qué es lo que tengo. Soy bien madura”. Pero el doctor sonrió y no le dijo nada. Tomó la medicina y le bajó los granitos, pero su mano izquierda no se desarrolló en tamaño y sus dedos se quedaron pequeños.

La lepra, antiguamente era considerada un castigo divino que solo Dios era capaz curar. Pero con la mejora de las condiciones sanitarias se controló y desapareció en Europa, incluso muchos años antes de la aparición de los primeros antibióticos. En el Perú no existió este mal sino hasta que vinieron los españoles después del descubrimiento de América. Hasta 1980 la atención de los leprosos estaba confinada a los leprosorios de San Pablo en Loreto y el Hospital de Guía en Lima.

A los 15 años trabajé de boletera en el cine Rex en Pucallpa que ahora es una iglesia. Allí fue la primera vez que vi una película, porque en mi casa ni luz había. La primera película fue Convoy.  Un día me encuentro con una prima lejana. Ella me dice que vaya a trabajar a su casa, en Lima. Allá cocinaba, lavaba, cuidaba sus hijos, pero recaí. Me di cuenta que no me habían curado bien cuando era niña.

A  los tres días le dio una fiebre de 40 grados y su cuerpo se llenó de heridas rojas, como si fueran balazos. La llevaron al Loayza.  Elizabeth se decía: “No tengo esta enfermedad. No. No la debo tener”. Tenía esa ilusión. Era la paciente estrella porque no le podían diagnosticar lo que sufría y ella  no decía nada por temor a la discriminación. Pero una  mañana le asesinaron su ilusión: cuando estaban en su cama, rodeada de estudiantes de medicina, un doctor al ver el tumulto de estudiantes se acercó y dijo: “¿Qué hace esa paciente acá? Ella debe estar en medicina tropical”. Y la pesadilla se inició. Los estudiantes se alejaron porque sabían el significado de lo que dijo el doctor.

Me dijeron que no me deprima, que me voy a curar. Es que hay pacientes que no aguantan y  se suicidan. Me abrazó el doctor y me dijo que no tenga miedo, que el tratamiento va a ser largo, pero que me voy a sanar.

La familia donde trabajaba vino a verla. Cuando Elizabeth los vio, se dio cuenta que ella no estaba sola, que le iban a ayudar. Pero ellos le trajeron de regalo una bolsa con su ropa y la noticia que nunca más va a volvería a esa casa. No querían que vuelva porque sus hijos eran pequeños y otros pretextos. Cuando ellos se fueron recién pudo llorar a solas.

Ella misma se discriminó: no quería que su familia la vean enferma. Por su cabeza le rondaban las historias que pasaron otros enfermos, como a su amigo Arturo de Moyobamaba. Su familia le invitó a un almuerzo. Él estaba con su cuerpo como sarampión, con 40 grados de fiebre que usualmente dura de cinco a siete meses, su familia le sirvió la comida en platos plásticos. Después de comer, botaron los platos. Usó el baño y después echaron agua hirviendo.

Ahí estuve tres años, hasta que cumplí 21. Ese tiempo no fue nada bonito, porque te aislada del mundo. Desde ese momento mi familia fueron los mismos pacientes, los doctores, enfermeras. Pasamos juntos navidad, cumpleaños, comíamos juntos. Cuando estuve mejor ayudaba a los otros pacientes, como si fuera enfermera: les lavaba, les limpiaba las heridas, vendaba. Había casos extremos, como el de mi amiga Sumi que tenía heridas profundas que se le veía hasta el hueso.

Cuando le dieron de alta empezó a trabajar en una juguería, al frente del hospital Loayza, pero volvía para dormir, porque no tenía dónde vivir. Hasta que le ofrecieron un lugar, pero ella no quería porque su casa era el hospital y su familia, los médicos.

Ese lugar es el ex Leprosorio de Guía. Todos eran ex paciente, se sentían cómodos entre ellos. Nadie los iba a mirar raro, porque todos estaban unidos con la misma desdicha.

Vine a aquí donde antes era la enfermería. No había agua ni luz. No tenía adónde más ir. Vivía sola como en un pabellón. Un vecino me regaló una cama, antigua de hospital ¿Cuántos pacientes habrán muerto en esa cama?, me pregunté. La primera noche limpié todo el lugar lleno de telarañas, polvo y sombras.

Ya viviendo aquí conoció a su esposo. Él una vez vino a visitar a una monja que hacía trabajos con los pacientes. Él se le queda mirando y le pregunta la hora. Ella no le dio bola y se fue a su trabajo en una tienda donde vendía ropa. Así pasaron dos veces más, hasta que él se presentó. Jony Gutiérrez, mucho gusto.

Cuando nos hicimos enamorados le dije la verdad sobre mi enfermedad. Y no quería tener pareja, porque pensaba que me iban a rechazar. Pero él nunca se acomplejó de mí. Me dijo que era una chica diferente y acertó, porque he sido diferente. Ahora tenemos tres hijos que ya están en la universidad.

El hospital de Guía se fundó en 1918. Cuando el doctor Hugo Pesce estaba a cargo vino el “Che” Guevara. Estuvo varios meses viviendo en este hospital, curaba a los enfermos, comía con ellos. Y desde hace casi 50 años que ya no funciona como tal, ahora alberga a los ex pacientes de la lepra. 23 familias y alrededor de 110 personas.  Los ex pacientes que viven ahí al ser rechazados por la sociedad por no conseguir trabajo, se agruparon y formaron una empresa de guardería de carros.

Todos somos estrellas
Elizabeth ha participado en cuatro películas nacionales, todas ellas dirigidas por el incomprendido cineasta Leónidas Zegarra. En la película “Ángel o demonio”(1998) actúa como una bruja que tiene que contactarse con el alma de Díaz Baldín para preguntarle si Poggi lo mató o la policía. Por cinco minutos en celuloide le pagaron 50 dólares.

Recuerdo la “avan premier” en el cine Excelsior. Estaba emocionada dando autógrafos junto con los actores. Ya sentaba en la butaca me miré en la pantalla grande, la emoción se me salía en forma de lágrimas. Es que siempre quise actuar. Y me di cuenta que mi sueño se estaba haciendo realidad.

Aunque actuar en un filme de Leónidas Zegarra más parece una pesadilla. Después su carrera actoral creció al participar en “Una chica buena de la mala vida” (1999). Donde actuó como la mamá de Susy Diaz. Su nieta era florcita. Al final muere. Aunque no le gustó mucho el papel que le tocó. Es comprensible: debe ser difícil ser la mama de Susy Días. Actuó también  “En las garras de Lucifer” (2000) donde su esposo tiene el trascendental papel del Diablo. “Y Qué vida fue la mía “(2001).

La Otra Tigresa del Oriente
Como recuerdan Elizabeth fue una de Las Tigresas del Oriente. Después que se separaron Judith Bustos se quedó con el nombre original, Elizabeth se rebautizó como La Tigresa de la Amazonía  “Porque me siento más identificada con el lugar donde nací”, se miente y grabó con Tito Mauri- el esposo de Rosa Guerra, es decir, Rossy War-. Catorce canciones. La más conocida es “Sahlakay” y “Pinguita de mono”. Siguió como solista, se iba de girar, con circos, en restaurantes, todo bien. Pero no por mucho.

Una raya más a la tis-gresa
En febrero sentía dolor y sangrado, pensó que era una infección, algo simple. Pero  la enfermedad en forma de cangrejo la atacó en el colon. Entonces le dijeron la verdad. El doctor le dijo, sin anestesia: “Tienes cáncer y ya no hay nada más por hacer. Tienes poco tiempo de vida”. No. Elizabeth no quise creerle. Primero Hansen que le arruinó en los inicios de su vida y ahora cáncer. No lo quería creer. Los recuerdos le vinieron como ráfagas: agujas, camas frías, sangre, miradas de pena, mandiles, dolor, lágrimas. Morir. “¿Por qué a mí? ¿Por qué?”. Muchas preguntas sin respuestas. Así es la vida. El mundo parece que odiara a Elizabeth

No creyendo lo que me dijeron, fui al Cayetano, sabían que ahí me iban a decir lo que realmente tengo. Me hicieron varios  exámenes y a los tres días regresé por los resultados. La doctora Rosa García me dio la noticia. Cáncer al colon.

La lucidez fue poco a poco fue cayendo y los recuerdos volvieron brotar. La doctora la abrazó, le dio valor, fuerzas. “Si pudiste salir de lo de Hansen también podrás salir del cáncer, Elizabeth escúchame: Te vas a sanar”. Cáncer y Hansen. Hasta suena casi igual. Maldita casualidad.

Le dije a mi hija: “Con el Hansen pensé que había sufrido lo peor del mundo y ahora tengo cáncer… Siempre hay algo y me pregunto por qué… Siempre me pregunto, pero Dios sabe por qué lo hará.  Seguiré luchando. Las garras la llevo por dentro, porque soy una tigresa.

Afuera de la casa de Elizabeth hay un estrado de madera de tres metros por dos, donde hacía presentaciones para los amigos. Ahora está sucio, abandonado. Está oscureciendo en la ciudad.  Las bancas están vacías. Hoy no hay concierto. La tigresa está enferma.*


3 Comentarios

  1. Da igual

    La otra, Judith Bustos, puede que muy Tigresa del oriente, con nombresito comprado y patentado; pero ésta, Elizabeth Alegría- que no debe estár muy alegre, por lo de su colon, por cierto - Sí es tigresa, de alma… Y a que le seguirá mostrando las garras, a la muerte, para asustarla.

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  2. Giovana

    me gusta como has escrito la historia de la señora, no es de una perspectiva lejana sino es algo mas familiar y no es empalagosa sino tiene sentimiento y razonamiento.
    Al final la tomaste como persona humana y no como la tigresa, la humanizaste y eso esta bien.

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  3. AHuayhuas

    En verdad que Elizabeth Alegria es una persona maravillosa, fuerte realmente una tigresa. Y que lindo lo que le dijo la doctora.

    fuerzas a Elizabeth!

    Y a ti, camaleon con zapatillas. Felicitaciones y exitos.

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