Ellos No se van

La nueva Ley Universitaria estuvo a punto de cesarlos. Si se hubiera aplicado el artículo 84 de esta norma, la Universidad Mayor de San Marcos se hubiera quedado sin 535 profesores mayores de 70 años. Domingo buscó a los maestros más viejos de la Decana y los encontró bastante activos.

26 Jul 2014 | 23:30 h

Texto: Juana Gallegos
Fotografía: Juan Pablo Azabache.

El profesor de Urología, Isaías Yui, está enfermo. Un inesperado resfriado lo ha postrado en cama y no podrá dar la entrevista prometida. Esta semana no ha asistido a sus clases con los estudiantes residentes del Hospital Dos de Mayo. El doctor Yui, médico cirujano, tiene 91 años y el frío ha vencido su rutina de docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos. Es el primero, el más veterano de una lista que reúne a 535 catedráticos que pasan los 70 años y que la nueva Ley Universitaria estuvo a punto de cesar. Pero, tampoco es que quiera quedarse. Desde el otro lado del hilo telefónico, Yui se adelanta y dice: “Igual en diciembre presentaré mi carta de renuncia. Lo que me preocupa es que no hay personal que nos reemplace. O hay, pero no tienen experiencia”.


 El anuncio del cese cayó como una bomba entre el cuerpo de docentes de la universidad. Si se cumplía con la separación, como lo anunciaba una carta firmada por la vicerrectora Antonia Castro, de un día para otro y sin escalas, la facultad de Medicina, la que tiene a los maestros más veteranos, se hubiera quedado sin 212 docentes. Pero, claro, esas no son las únicas cabezas blancas que se pasean por la ciudad universitaria. 

EL biólogo irónico

“Yo estoy bien. Tengo buena salud. Me sometí a un examen general hace poco. La doctora me preguntó quién era el presidente del Perú y respondí bien. Recité bien los meses del año, de diciembre a enero. Tengo 12 de presión, colesterol controlado, mi azúcar está normal y, sobre todo, soy optimista”, dice con ironía Misael Guevara, catedrático de la Facultad de Ciencias Biológicas, pelo y bigotes canosos que peina a sus 84 años. Está sentado en su oficina, espacio que ocupa junto a sus libros sobre el origen de la vida y sus revistas Selecciones. “Hasta antes de estudiar Biología yo era un bohemio, mi máximo anhelo era dejar mi rutina de empleado de banco y ser profesor de secundaria, a lo mucho”, cuenta Guevara, doctor en genética graduado en la Universidad de Sao Paulo.

“Un amigo me dijo que si no era nada hasta los 30 años, me fregaba, así es que postulé a Biología. Impulsivamente escogí biología pura, impulsivamente me interesé por la genética”. Sin un mapa de vida, así es como Guevara se hizo de una profesión. Su padre era un hombre práctico, dice. “Un día me dijo que estudie pero lo dijo porque, no sé… creo que se acordó de esa palabra”. 

El profesor Guevara puede pasar por gruñón entre sus alumnos, quienes le hablan con el temor de los novatos. 

Lleva algo más de medio siglo, 52 años para ser exactos, enseñando sobre mutaciones y las leyes de la herencia de Mendel a los alumnos de pregrado. Enseña tres cursos desde 1962: genética, citogenética y estructura cromosómica. Su hoja de vida ocupa 28 carillas y se divide en fechas precisas: los años que fue becado por la Fundación Ford, sus cursos de posgrado, el periodo que fue director de la Escuela de Genética de la facultad, las veces que fue ponente en simposios de ciencia.

Fechas que solo tienen importancia para él y su círculo científico. Una vida construida a la medida de su carrera, su pasión, porque no hay otra forma de llamar a la ocupación a la que uno entrega tanto tiempo y energía. Su último artículo de divulgación lo entregó en marzo de este año. Está basado en una investigación realizada con sus alumnos sobre las propiedades medicinales de la Caesalpinia Spinosa o tara, una planta de los andes de Junín. Y en diciembre próximo entregará otra sobre las ocho variedades de la quinua.

Cuando le comunicaron lo del cese, se lo dijeron sin anestesia. “Nos pidieron que agarremos nuestras cosas porque mañana dejaríamos de ser profesores”, afirma Guevara. Se corrió la voz el jueves 10 de julio. El viernes, el rector Pedro Cotillo salía en la prensa dando las cifras de la baja si se aplicaba la ley: San Marcos se quedaba sin 270 profesores principales, 213 profesores asociados y 51 auxiliares.
Ese fin de semana fue de incertidumbre para Guevara. Pensó en el grupo de los “jóvenes de 50 años” y en su secreta satisfacción. “Es el grupo de profesores que siempre nos dice queya estamos viejos y que nos debemos ir”. Otros once profesores de la facultad debían irse con él. 

“Pero, por qué me iría, si yo estoy bien. Por ahora ‘esto’ –se toca la cabeza– me favorece”, dice el catedrático que oculta otra de sus facetas: su pasado como presidente de la liga de básquet de su natal Huaral y militante del PPC. 

¿Qué haría después el profesor Guevara? Han sido 52 años fieles a una rutina cumplida a pie juntillas.
Este plan de cese masivo tuvo un antecedente. En 1999, el rector de ese entonces también intentó poner un límite de edad a la carrera de los catedráticos, también los 70 años. Pero gracias a un rápido reflejo de un profesor de medicina, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional la orden. “La docencia universitaria no tiene límites, mientras el profesor tenga buena salud, no tenga juicios penales y tenga deseos de seguir, eso decía la sentencia”, recuerda Guevara.  

El amor de Dora 

Han sido 38 años de amor monógamo entre la profesora Dora Bazán y la Facultad de Química de la Universidad San Marcos. Casi cuatro décadas de relación que suman más, considerando que ella también estudió en San Marcos. Regresó a la facultad después de dictar clases de Ciencia Biológicas y Química en la Universidad de Lima y la PUCP. Ahora la vemos subir cincos pisos para llegar a su oficina.

Es una mujer de 85 años, bajita, de físico frágil, el pelo ralo sujetado por un gancho en la sien derecha. “Una biblioteca andante”, en palabras de un profesor joven de la facultad. “Pregúntale, dile qué reactivo debes utilizar para este experimento y si no lo tienes a la mano ella sabrá con cuál reemplazarlo”, agrega. La profesora Bazán realmente es fiel. La facultad de Química no es precisamente la más moderna ni la más equipada. La última vez que compraron instrumentos nuevos para los laboratorios fue hace catorce años. El laboratorio donde Bazán dicta su curso de Química Analítica no tiene lo último del avance científico. Pero ella cumple a rajatabla sus seis horas de clase, dos veces por semana. 

¿Cuántas mujeres de su edad tienen esta rutina? ¿Cuántas mujeres enseñan química analítica a los 85 años y responden con solvencia a las preguntas de sus alumnos? Quizá haya una explicación. La profesora Dora es tratada con engreimiento por sus colegas. Quizá de allí le vengan la energía. Esa que pone en evidencia cuando responde lúcida, por ejemplo, sobre los componentes que tiene un detergente. 

“Tampoco vamos a permitir maltratos, si creen que no estamos en la capacidad, pues me voy”, dice mientras entrega las notas de fin de ciclo. 

Quizás la facultad de Química esté a años luz de los intereses del común de la gente, pero las investigaciones que desarrollan pueden aportar al progreso del país. En los noventa, Bazán hizo una investigación sobre las playas de Bayóvar: arena blanca, rica en ácido fosfórico, un nutriente importante para las plantaciones. Pero su investigación no trascendió porque el ministerio que debía interesarse archivó el trabajo. “A veces las cosas no pasan de estas paredes”, dice Bazán, con reproche.

La aplicación del artículo 84 de la nueva ley será debatida en cada universidad. En el caso de San Marcos, será un comité el que discutirá  el nuevo Estatuto Universitario, y el que tendrá la última palabra. Ya ha bajado la marea. Los septuagenarios volverán a sus cátedras tras las vacaciones de julio, con las mismas canas, con las mismas ganas. 

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