Donación en rojo

El Perú es uno de los países de Latinoamérica que tiene el menor índice de donación voluntaria de sangre, pero se da el lujo de rechazar la ayuda desinteresada. Dos extranjeras cuentan las trabas que les pusieron para dar su sangre.

28 Jun 2014 | 23:30 h

Texto: Juana Gallegos
Fotografía: Gabriela Morales

 

En uno de los sótanos de la clínica Ricardo Palma, en frigoríficos que se mantienen a temperaturas que oscilan entre los dos y seis grados centígrados se almacenan las bolsas de unidades de sangre. Sólo el personal autorizado tiene ingreso libre a esta pequeña habitación, a este lugar que tiene los insumos necesarios para salvar vidas. 

La sangre debe ser usada dentro de los 42 días posteriores a su extracción, ese es su tiempo de vida útil. En el caso de una operación al corazón, ese tiempo se reduce a 12 días.  Ni un solo minuto más. 

El doctor Ernesto Manrique, patólogo de la clínica, muestra alrededor de ochenta unidades clasificadas de sangre, según su grupo: O, A, B y AB, positivos y negativos. Al lado, otra refrigeradora contiene unidades en cuarentena. Es decir, sangre que no ha pasado por los exámenes que se necesitan antes de ser totalmente apta para su transfusión a un cuerpo. Estas pruebas incluyen el descarte de enfermedades como sífilis, VIH, chagas, hepatitis B y C,  entre otras. Al día, esta clínica recibe entre quince a veinte posibles donantes, pero no todos lo hacen de forma voluntaria.  
Nuestra visita a esta clínica es circunstancial. 

En la Sala de Donación, Claudio Crovetto, de 63 años, lleva cinco minutos echado en una camilla. La bolsa de 450 mililitros se infla con la sangre del italiano. Su nacionalidad llama la atención porque Claudio es vicepresidente de una sociedad peculiar, el Club RH Negativo, un conjunto de personas que tienen el grupo sanguíneo menos común del planeta. Sólo el 1.8% de la población mundial posee este tipo de sangre. Para quien la necesite en una emergencia, encontrarla sería como hallar un isla después de un naufragio. 

'RH Negativo' es una asociación sin fines de lucro y tiene catorce años en el Perú y tres mil inscritos hasta la fecha. Está integrada por donantes voluntarios y por posibles usuarios. Cada socio abona 60 soles al año, lo equivalente a 5 soles mensuales para costear las llamadas de emergencia y los gastos de movilidad de los voluntarios, indica Crovetto.  


Son 180 los donantes activos, los que están listos para depositar su sangre en cualquier clínica u hospital de Lima y algunas provincias, según lo requiera la urgencia. Tres veces al año las mujeres, y cuatro veces los hombres. Este patrón se cumple para positivos y negativos.

Esta mañana, Crovetto donará una unidad de sangre a la familia de un hombre que será operado del corazón. Se necesitan cuatro. La familia no es miembro del club, pero llegó a él por aviso de los enfermeros de un hospital público. Crovetto muestra su carnet de afiliado. Tiene un sello por cada vez que fue pinchado para ceder voluntariamente su sangre. En los últimos doce años, este representante de una empresa italiana ha dado sangre unas 29 veces y nunca ha cobrado un sol por ello. Algo que difícilmente hace un peruano promedio. 


Piénselo. Si nos preguntamos cuándo fue la última vez que donamos sangre, nuestra probable respuesta será: Cuando tuvimos un familiar grave que lo requería.

Mientras se desabotona la manga de la camisa, Crovetto reflexiona: “Los europeos cobramos mucha conciencia de la donación debido a la Segunda Guerra Mundial. Si hubiera un terremoto en Lima, como el de Pisco, y dejara 175 mil heridos, se necesitarían 350 mil unidades de sangre, dos unidades por persona, en corto tiempo. No se abastecería a todos porque el Perú tiene un defícit de unidades. Cada diciembre se llega rozando a las 180 mil”, cuenta. 

Esta cifra es corroborada por el Programa Nacional de Hemoterapia y Banco de Sangre (Pronahebas) del Ministerio de Salud que reporta, además, que sólo el 0.5% de los peruanos dona sangre y de este grupo un mínimo lo hace de forma voluntaria. Comparémonos con los argentinos, donde el 35% de la sangre de su banco proviene de voluntarios, o con España, donde casi el 100% de su reserva es resultado de la donación, sin ninguna contraprestación, según la Organización Mundial de la Salud. 
Y a pesar de la baja tasa de voluntarios, a veces, estos son maltratados. 

La historia de Inés

Inés Agresott es una colombiana de 42 años que radica en Lima desde hace trece y es miembro de 'RH Negativo'. Su negocio es la cultura. Se dedica a promocionar cortometrajes y cada tanto es llamada por familiares desesperados para donar. Y cada vez que lo hace jura que no lo volverá a hacer por los maltratos que recibe en los hospitales.  

La semana pasada, a Inés la llamó Eliana Landeo, la hija de una mujer internada en el Hospital Guillermo Almenara de EsSalud.


Inés ha donado sangre más de una docena de veces. Sin embargo, esa mañana no consideraron su récord de voluntaria y el personal del hospital se dio el lujo de rechazarla. Le pusieron trabas: que no tenía el DNI (siendo ella extranjera), que para quién donaría la sangre (se lo preguntaron dos veces), que si era la primera vez que lo hacía. La retuvieron como sospechosa, y tras idas y venidas de los médicos  finalmente le dijeron que no era apta, sugiriendo por su insistencia que era una “vendedora de sangre”.

“Me pregunto ¿cómo llegaron a esa conclusión? –se queja Inés– ¿será porque no tienen costumbre de recibir donantes voluntarios? Sinceramente no entiendo para qué hacen campañas y se quejan de ser el país con menos cultura de donación de sangre en Latinoamérica, cuando realmente no tienen personal capacitado para atender”. 

El buen hábito de LAURA

Esas respuestas que vienen acompañadas de gestos de desconfianza, también las recibió otra extranjera. Se trata de la estadounidense de 22 años Laura Miske. Ella es una activista de la página de Facebook 'Donantes Voluntarios Perú'. Se dedica a atender las emergencias que a diario se reportan en el muro del grupo. Colocar el nombre de un paciente, el hospital o la clínica donde se encuentra y el número de teléfono de contacto es información valiosa para que Laura pueda buscar voluntarios. 

En Ohio, su tierra natal, a esta redactora web le enseñaron desde el colegio lo que en su adultez ha escrito en piedra: Ir tres veces al año a donar, ya que el banco de sangre necesita ser llenado continuamente. Trajo ese hábito al Perú, pero también se enteró que esta costumbre no existe en esta parte del mundo. 

Las veces que ha ido a donar se ha encontrado con respuestas como estas: "En una clínica me dijeron que no podía donar porque había tomado desayuno, en la otra porque no lo había hecho. No se ponen de acuerdo". Laura se ha enterado, además, que nuestro país no tiene un Banco de Sangre Central, ni una lista de requisitos única para donantes. Y mientras en su país es común ver a los vehículos de la Cruz Roja frente a las iglesias y a las universidades, a la espera de voluntarios, acá es común ver fuera de los hospitales a los llamados 'vampiros', gente que ofrece la sangre de otros o vende su propia sangre. 

A la salida del hospital San Bartolomé, por ejemplo, un hombre que trabaja como jalador para una botica cercana, ofrece traer en quince minutos a tres hombres dispuestos a vender su sangre por 150 soles cada uno. “Son sanos, son militares, ¿los traigo?”, insiste 'Angelo'. 

Para el peruano Jorge Quiñones, 48 años y O negativo, quien ha donado sangre 37 veces, romper con los tabúes y miedos que se tejen alrededor de la donación es el primer paso para lograr una cultura de voluntarios en el país.  Las noticias señalan que el Perú liderará el crecimiento económico de la región el 2018. ¿Haremos lo mismo como donantes?

 

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