La Rosa, el último grito de felicidad

El 22 de junio de 1982, Guillermo ‘El tanque’ La Rosa, frente a Polonia, metió un gol histórico que aún permanece en el imaginario colectivo de los peruanos. Fue el último tanto conseguido por la bicolor en un mundial.

8 Jun 2014 | 5:53 h

Texto: Nilton Torres Varillas.
Fotografía: Paola Paredes.

 

“¡Ya! ¡Cuatro allí y cuatro acá!”.

Los ocho muchachitos forman dos hileras. Cada uno con una pelota bajo sus pies.

“A ver… Patean la pelota, la alcanzan, la paran y vuelven a patear… ¡Vamos!”

Los chiquillos corren. Se aplican por seguir las instrucciones de ese hombre de más de un metro ochenta de estatura que les habla con dureza y cariño a la vez.

Venga… ¡Vamos!  

¡Mirando al frente!

¡Ya! Vamos, vamos, trabajen. 

—Profe, mi pelota no está tan inflada—, le dice un chiquillo de cabello castaño y uniforme negro.
—Oye, yo jugaba con pelota de papel y me fui a dos mundiales… Sigue nomás—, le responde el profesor Guillermo La Rosa.


La Rosa. El tanque. Apodado así por los poderosos cañonazos que lanzaba desde su posición de centro delantero.

La Rosa. El último de los seleccionados nacionales que metió gol en un mundial de fútbol. Un gol histórico que ahora, en el umbral de una nueva copa del mundo, cobra vigencia muy a su pesar.
“Yo quiero que mi selección vaya a un mundial otra vez. Han pasado 32 años –desde España 82– y se sigue hablando de mi gol, pero ya quiero que hayan otros goles del Perú en un mundial”.


Los chiquillos a los que ahora entrena saben muy bien quién es ese señor de 62 años que les inculca sus primeras lecciones sobre el gramado. 

—Profe, usted ha salido en las figuritas de los álbumes.


—Profe, usted metía unos golazos. Lo hemos visto en internet.

“Los padres nos traen a sus hijos para que los instruyamos en el ABC del fútbol. Y nosotros les enseñamos la psicomotricidad, la técnica”, dice. 

Hace veinte años que el mítico deportista dirige una academia de fútbol, en dupla con otra gloria del deporte: César Cueto. Y en esa academia, cuya oficina principal luce abarrotada de diplomas, trofeos y medallas ganadas por los chicos que se han formado bajo su tutela, La Rosa ha descubierto una vocación que lo hace feliz.

SUEÑOS DE BALÓN

Después de media hora de entrenamiento y ejercicios, los jóvenes pupilos del profe se apresuran a jugar un partidito en un rincón de una de las tres canchas de fútbol que la Universidad Agraria de La Molina les ha cedido, hace ya varios años, y a las que se accede por la puerta cuatro del colosal campus universitario. 

La Rosa se sienta en las gradas de una de las tribunas que están al costado del césped  sin quitarles los ojos de encima a sus discípulos.

“Allí hay futuro. Hay muchos chicos con condiciones. Hay otros que no tanto, pero igual el fútbol les dará la disciplina para desarrollarse en la profesión que elijan”.

Disciplina. Una palabra que aprendió de su padre, don José La Rosa Aguilar, futbolista amateur e hincha de Alianza Lima. “Mi papá me levantaba tempranito para ir a correr. Él vio que tenía condiciones para el fútbol y me enseñó que todo se puede conseguir con esfuerzo”. 


Guillermo creció en Puente Piedra junto con sus diez hermanos y su historia tiene los ingredientes del self-made man: Jugaba sin zapatos y con pelota de trapo. Lo ficharon en clubes de su barrio pero no dejó de ir al colegio ni tampoco de trabajar en el campo, sembrando camote y algodón. “Éramos once hermanos. Había que ayudar en la casa”.

Su primer club fue uno pequeño de la liga de Puente Piedra. Luego pasó al Club Miraflores y después al Defensor Lima. Allí coincidió con Roberto Challe y José Fernández. Eran comienzos de los años setenta y La Rosa dejaba de ser una promesa para convertirse en una realidad en el fútbol nacional.

Por aquel tiempo viajó también a España para probarse en un club de Cádiz, pero no pasó nada. 
El Sport Boys lo fichó y llegó a ser uno de sus grandes goleadores durante los campeonatos de 1976 y 1977, año en que se casó con María Elena Pérez, la madre de sus cinco hijos.

Al año siguiente firmó por Alianza Lima y fue uno de los goleadores de la Libertadores de 1978. En el vestuario blanquiazul conoció a los que serían meses después sus compañeros en la selección: Teófilo Cubillas, Hugo Sotil, José Velásquez, Jaime Duarte. Con ellos fue a su primer mundial, Argentina 78. La Rosa tenía 25 años.

“El primer partido que jugué me puse a llorar. Me acordé de mi papá. Él murió cuando tenía 13 años. Lástima que no pudo ver hasta dónde había llegado”.

Comandado por Marcos Calderón, el equipo nacional hizo una buena primera fase pero las cosas se torcieron. El  6-0 frente a la selección anfitriona fue el colofón de aquella carrera mundialista. Un partido que La Rosa no jugó. Estaba en la banca, junto con el cholo Sotil.

Cuatro años después, cuando clasifican para ir a España 82, La Rosa sentía el deber de reivindicarse y entonces le viene a la memoria aquel tercer y último partido que jugó una selección peruana en un mundial. Ese match frente a la escuadra polaca que se jugó el 22 de junio, en el estadio Riazor de La Coruña, en Galicia.

Guillermo La Rosa recuerda que en el camerino había tensión.

“El primer tiempo quedamos cero a cero y nos fuimos animados al descanso, pero al empezar la segunda parte Polonia aprovechó nuestras fallas y llegaron los cinco goles”.


Hacia el minuto 83, pase de Germán Leguía y La Rosa pateó un balón que el arquero no pudo detener.
“Tenía dos sensaciones. Estaba alegre por el gol y triste porque perdíamos. La verdad es que jugamos muy mal”.

Los primeros días luego del retorno al país, La Rosa no salió a la calle. Se deprimió, pero la vida debía continuar. Su carrera continuó en Colombia, donde lo apodaron “El tanque”, ya que su fuerza a la hora de patear el balón le recordaba a los colombianos a otro peruano que jugó en esas tierras: Valeriano López, figura cumbre del Sport Boys. En el fútbol colombiano pasó por el Pereyra, el América de Cali, el Pereda, el Cúcuta. También jugó en Ecuador. En 1989 regresó al país para reintegrarse a Alianza Lima y ese mismo año se retiró del fútbol profesional.

“Me obligó una lesión en la rodilla y la operación a los meniscos que me hicieron. Ya no quedé igual. Cuando te retiras extrañas los entrenamientos, que la gente te aplauda, oler el pasto, regresar a la cancha, todo eso”. 

Y La Rosa regresó, pero no para jugar sino para entrenar, primero a un equipo de segunda división de San Borja, y después a los casi quince mil muchachos que han pasado por su academia de Fútbol desde 1994.

"VOLVEREMOS, LO SÉ"

“¿Yo entrenar a la selección? Nunca me lo he propuesto ni me lo han propuesto. Ni siquiera he sido asistente. A mí me gusta entrenar a los pequeños porque me recuerdan a mí cuando empezaba”.

Guillermo la Rosa tiene su particular opinión acerca de por qué no hemos ido a un mundial desde hace más de tres décadas. Para él todo se remite a la presión que hay sobre los jugadores, el nulo nivel que se tiene como equipo a pesar de contar con hombres que triunfan en el extranjero, y la falta de jugadores de nivel para el reemplazo.

“Tenemos un Farfán, un Pizarro, un Guerrero. Pero cuando miras a la banca no hay otros” 
Entonces pone los ojos sobre esas criaturas que están corriendo la cancha frente a él y señalándolos con la cabeza dice que quizá allí está la esperanza. 

Son casi las seis de la tarde y es prácticamente de noche. Los chicos han terminado  su partidito, pero siguen dándole a la pelota. 

“Muchachos, es todo por hoy”, dice el profesor.

El final del día, en la academia de fútbol de Guillermo La Rosa termina con una oración grupal. El tanque es catequista, neo catecúmeno, y su fe no desentona en el campo.

Al despedirse, Guillermo parece que se ha quedado pensando en la selección y dice que el fútbol peruano ha tenido buenos momentos, que lo de ahora es solo una crisis y que toca seguir apoyando al equipo.

“Me acuerdo siempre de un amigo colombiano que cuando el fútbol de su país aún no tenía el nivel de ahora me dijo 'Algún día iremos a un mundial'. Y fueron”.


Guillermo La Rosa dice que con nosotros pasará lo mismo. “Algún día iremos  –volveremos– a un mundial. Yo lo sé”.

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